por Garba

¡ Abortera vieja! Me gritó  el hombre desquiciado que porta pañuelo celeste, que enarbola el amor por duplicado, pero que insulta, agrede e intenta desintegrar  todo rastro de feminismo.

Me dejó pensando. Llegué a vivir a las sierras de Córdoba hace diez años, después de ir y venir y andar otros caminos, huyendo de una Buenos Aires que no supo ayudarme frente a la violencia más brutal y el terror al macho que algunas mujeres madres debemos atravesar para seguir vivas y libres. Allí estaba, presa de un rulo de moebius de juzgados y hombres que me veían desmoronar y que sabiéndome  en esa hendidura,  jamás traicionarían a uno de los suyos.

Hasta que una jueza, me escuchó, leyó la montaña de expedientes, me abrazó y me dijo: vaya, y tenga una vida.

Y así llegué, con mi hijo y mi perro,  mi oficio de juglar  y una mochila llena de nada.

Y al poco tiempo me sumé a un colectivo de artistas mujeres. Recuerdo que en ese entonces les dije: sobre el aborto no puedo, con ese tema yo no.

Y hoy este señor me grita ¡Abortera vieja! ¿qué pasó?

Para empezar, pasé yo. Me dejé transformar.

La soberanía de los cuerpos es muy honda. No reconoce idiomas, es más vieja que el mundo y más sabia que la Pacha. Pero hay que saber oírla. No habla a los gritos, gravita adentro, en cada menstruación, en cada orgasmo, en cada mimo, en cada aspereza, en cada gota, en cada astilla.

Para seguir, pasó la Patria Grande. Nos dio años y años de sembrar conquistas en derechos que ni soñábamos ni sabíamos que teníamos.

Mujer: tu cuerpo es tuyo.

No te lo dicen en la escuela, ni en tu casa, ni en tu trabajo, ni en la calle.

Porque no le conviene al hombre que lo sepas.

El día que lo sabés empieza la revolución. Y no la podés parar. Ni esconder, ni suavizar.

Si hombres y mujeres somos igualmente dueños de nuestros cuerpos, ¿por qué las mujeres debemos pedirle al santo patriarcado permiso para decidir sobre lo que nos pasa adentro?

Y frente a lo que pasa ¿debemos desatar nuestra catártica manera de opinar, juzgar y valorar o podemos tomar esta oportunidad histórica de hacernos cargo?

La discusión que hoy nos mantiene en vilo es muy clara: el aborto, que existe, que es, que ya sucede, es clandestino. Provoca desidia por parte del Estado, muerte, desigualdad y opresión. Nos pone a las mujeres en el lugar de un envase del hombre, que no puede ni debe objetar.

Las de pañuelo verde, esas mujeres de todas las profesiones y edades, las que salimos como agua a meternos en cada resquicio, queremos que deje de serlo. Queremos que el aborto sea legal, seguro y gratuito. Queremos que sea ley.

Las del pañuelo verde no llegamos para quedarnos, porque no nos habíamos ido a ninguna parte. Se nos despertó la conciencia. La hicimos prosperar. Le permitimos sacarnos de nuestras zonas de confort y dejarnos culo pal norte con todo dado vuelta.

La historia se mueve, como el tiempo, como la tierra, como la memoria.

Y ese movimiento nos va haciendo, día a día, nos ayuda a reconocernos en nuestras luchas.

¡Abortera vieja! ¿Yo? No. Antes no sabía y ahora sé. Ojalá en unos años, nos volvamos a cruzar señor y usted sea, por lo menos, más humano.

En la noche de la vigilia de la sanción de diputados, me reencontré con algunas de las feministas que hace diez años me bancaron cuando les dije: con el aborto no puedo.

Nos abrazamos largo. Sí, larga y sinceramente. Porque las del pañuelo verde nos seguimos despertando las unas a las otras sobre todo con mucho amor.