Por Rosana Herrera

 Loa argentinos empezamos a vivir este período bisagra en la vida de todos los seres humanos sin distingo de latitudes, climas, geografías, etnias, idiomas ni culturas, hace casi doscientos días (y doscientas noches, diría Joaquín Sabina).  Desde el principio- al menos en mi caso y en el de los que conforman mi universo personal- presentíamos que empezaban los tiempos de acercarnos y de unirnos en una preocupación global, aunque los primeros días empezamos a transitarla como algo muy lejano, algo que pasaba allende los mares. Luego los números y el paso del tiempo iban poniendo a este hemisferio en el mismo escenario de riesgo que el resto del mundo y finalmente nos uniformaban en la peligrosidad con el planeta entero.

El noroeste argentino es esa bellísima región de los veranos intensos y agobiantes y el de los inviernos fugaces y soleados y donde pareciera que la vida toda llega en diferido desde la gran orbe capitalina. Así que a nosotros la angustia nos empezó a estrangular de a poquito y recién a mediados de marzo, cuando se inician los otoños, –esa estación mágica que transforma las veredas en dorados y crujientes colchones a los que tanto amo-, que por nuestros pagos, se desperezan bastante tarde. Y nos damos cuenta que ya se despertaron porque empezamos a abandonar un poco el repelente con el que nos embadurnamos para poder salir a disfrutar de la brisa, para ir a buscar el saquito de media estación, como se les llama a esas prendas que apenas nos cubren del fresquito con texturas tan suaves como las nochecitas otoñales.

Vos no sos vieja, abuela, y vos no te vas a morir porque vos sólo estás gastada. Me parece ayer ese día de la Patria de 1983 cuando mi hija mayor la condenaba a mi mamá a una obsolescencia perpetua con tal de que la vejez no la rozara. Y esas imágenes tan remotas nos acosan durante este encierro prolongado, sobre todo a los más gastados, a los que ya debemos hacernos seguido la VTV y por eso, los que podemos, nos guardamos bajo cuatro llaves desde hace seis largos meses. Los tucumanos tuvimos algún recreíto, allá por junio, que nos permitió disfrutar de los que amamos aunque sea a los codazos. Con gusto a poco, eso sí, pero ¡qué bien nos hizo, carajo!

Pasaron (y nos pasaron) tantas cosas en este tiempo… pero recién tomé cabal consciencia hoy -en que el clima parece haberle puesto el epitafio al invierno- buscando en mi placar algo más liviano para ir a comprar el pan a la esquina, mi único paseo permitido. Y de pronto, casi sin darme cuenta, me hallé observando detenidamente las pantuflas que usé hasta ayer y las alpargatas que las remplazan desde ahora, regresado el calorcito: dos símbolos de hogar y de reposo. De esos que me esperaban siempre a que desensille de la armadura laboral para acariciarme y decirme que era bienvenida a casa. Y entonces me dio mucha culpa pensar que para que yo pudiera usarlas todo el tiempo, todos los días y estar siempre a salvo, hay miles de trabajadores esenciales – entre ellos mis dos hijas- que no pueden elegirlas como calzado, porque no pueden darse el lujo de poder quedarse en casa. Como tantos otros que, no siendo personal exceptuado, necesita llevar el sustento a su casa, extremando los cuidados y disimulando sus miedos.

Y mientras me cambiaba pensaba también que son ellas las que marcan el recorrido que hicieron mis pies -y los de muchos de nosotros- en este encierro obligatorio y responsable: de las alpargatas floreadas a las pantuflas azules y de nuevo las flores marcando el camino.

Este camino que seguimos transitando en primavera y que es uno solo: asumir que lo que nos pasa nos pasa a todos y a todas en todas las ciudades, de todas las provincias, de todos los países de todo el mundo.  Y que se llama pandemia y que mata, preferentemente a los mayores y a los enfermos.

Y que a “los hombres y mujeres de bien” -descripción presidencial que enajena a los odiadores- nos obliga definitivamente a denostar esa actitud temeraria, irracional y hasta obscena de viejos y viejas como nosotros, como es la de calzarse con los zapatos del odio para caminar las plazas del contagio.

Mientras los que los instigan, los miran por televisión mientras caminan descalzos en sus hogares, a salvo del virus, sobre alfombras tan mullidas como mis veredas tucumanas.