Por Silvio Randazzo

 (Ilustración Pawel Kuczynski)

Se me viene encima la fecha de cierre de la edición (¿o soy yo el que se le va encima?). Sea cual fuere el sentido de circulación, lo cierto es que sé de qué va ir la próxima nota, sólo que aún no he tipeado ni la s del comienzo.

Hace muy pocas horas, medios de alcance nacional acaban de dar por muertos a Cacho Fontana y a Carlos Timoteo Griguol. Y dale con que “la radio de luto” y con que “el fútbol despide a un grande” y “nuestras condolencias a sus familiares y amigos” y… Lo cierto es que –al menos hasta que me senté a escribir esta nota– locutor y entrenador de fútbol están vivos.

En el caso de Fontana, él mismo pudo desmentir su muerte de una manera que quizá no termine de convencer a los profesionales que lo habían liquidado, pero que es útil para desalentar su convencimiento: llamó por teléfono para decirles “Estoy muy bien”. Griguol, en tanto, tuvo en Gabriel Perrone al portavoz que desmintió su fallecimiento: “Les pedimos a los medios de comunicación, en este momento difícil, que sean respetuosos de la información que brindan”. ¡Qué ambición la del coordinador de fútbol del Club Gimnasia y Esgrima La Plata! Andar pidiendo respeto a los medios.

“Esto es una fábrica de hacer chorizos con moñito, pero es eso. No hay mucho tiempo para detenerse”. Lo dijo Fabián Polosecki en septiembre de 1994. Me apropio de las palabras de Polo (aquella conferencia se tituló Video y roles de trabajo) porque se aggiorna con justeza a la simiente de mis cavilaciones. La noticia –sin afán de novedad es que lo digo– es mercancía. No hay nicho mediático (casi) que –cada día– se resista a invocar la tormenta que aportará el relámpago que es la noticia: esa irrupción violenta, presuntamente inesperada que rasga el paño que ante nosotrxs se extiende. Relampaguea la noticia (suele llamársele “flash”). Fundamentalmente en televisión y en radio, el martillazo destella con su bendición. “¡Último momento!”, se escucha y el éxtasis se apodera de quien la evoca. Ríase del baboso perro de Pávlov.

La noticia: que puede escindirse o distinguirse de la información cuya elaboración, maceración, requiere de otros procedimientos y mayor cantidad de tiempo. En cambio, la noticia es el zarpazo, una estocada. Irrumpe, produce el cimbronazo y se retira hacia las profundidades de su pantano. No merece demasiada atención comprobar a quién afecta y en qué pliegues de su vida lo hace. Lo que de ella se espera es efectividad, desmesura y anticipación, como si de un cazador se tratara. La noticia debe saturar la Escala de Richter.

Zygmunt Bauman describió “las comunidades de guardarropas”, esas que “necesitan un espectáculo que atraiga el mismo interés latente de diferentes individuos, para reunirlos durante cierto tiempo en el que otros intereses –los que los separan en vez de unirlos– son temporariamente dejados de lado o silenciados”. Las usinas de noticias agotan lo mejor de sí en pos de sitiar voluntades ante esa invocación sumaria; necesitan de la convocatoria al unísono para que su espectáculo tenga, primero, palenque ande ir a rascarse y luego sea propulsado, viralizado, hacia quienes no tenían ningún interés en anoticiarse. Necesitan asestar el golpe en el mentón con tal rapidez que le haga considerar al televidente, a la radioescucha, al facebookero o a la twittera, que acaba de dar con el Santo Grial de los asuntos relevantes.

La noticia es casi corpórea: ocupa un lugar mayoritario, le baja el precio a los demás focos de atención y viste un traje de luces hipnótico. Te ciega para desactivarte como –de nuevo– un cazador en su furtiva faena. Una vez producido el impacto, sus consumidorxs van hasta el guardarropas, “vuelven a ponerse sus ropas de calle y retoman sus diferentes roles mundanos” (Bauman otra vez, en Modernidad Líquida, 2000).

¿Y nosotrxs? ¿Nuestra reacción? ¿O acaso la noticia es imbatible? Hablo de consumidorxs porque, en buena medida, en eso nos convertimos: yonquis que no soportan la abstinencia de ese martillazo, de ese relámpago, de esa sustancia. ¿Fontana? ¿Griguol? “¡Lo mismo da! Colocame con algo, me ne frega un cazzo con qué, yo necesito del efecto”, dirán lxs adictxs a ese shock con fondo rojo.   

La ingeniería de noticias es perversa, claro que sí. En 36 minutos corridos (durante la tarde del 26 de abril), Fantino y Ventura pendularon entre decir “ya debe estar con San Pedro pasando alguna publicidad” a “Cacho vive y está en su mejor momento”. En este caso, el contenido es Fontana (en otros medios fue Timoteo Griguol) y sus afectos todavía deben estar maldiciendo esa fake. Pero aquí lo importante es la lógica, la estructura común a todas esas “bombas”, y sus objetivos: desairar el trastorno que genera la veracidad, impactar, encubrir el núcleo vacuo, generar rating, trocarlo en dinero. Los chorizos enmoñados de Polo, mercancía barata y niebla psicotrópica. Y, por supuesto, violencia.

Ya no sólo el crimen es el que no paga.