Por Silvio Randazzo

Ilustración: Pawel Kuczynski

Pensé en Manal para musicalizar mi programa de radio. Pero en manos de otrxs. En la arrebatada ramificación de posibilidades para dar con las canciones del trío, decanté en Adriana Varela y su versión de Avellaneda Blues. A las 7 de la mañana del día siguiente la Varela (sobre un blues que se negó a ceder al forzado molde tanguero) canta lo que escribió Javier Martínez como corolario de un paseo de Claudio Gabis: “El humo y el hollín están por todos lados. Hoy llovió y todavía está nublado”, “Luz que muere, la fábrica parece un duende de hormigón. Y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el Dock”, “Amanece, la avenida desierta, pronto se agitará […] Sur, un trozo de este siglo”.

Más que la literalidad de la letra, fueron las sensaciones de las que me impregné con cada verso (una impronta podría decirse) y la escenografía sonora las que me llevaron a creer que el clásico de Manal es una banda de sonido más que adecuada para la emocionalidad imperante. Y al considerar mis emociones y las ajenas, es que surgió el maridaje textual que ahora comienza.

Puede que no quede remanente de adjetivos para intentar aproximar el discurso a lo que es vivir en pandemia. Adjetivos que caracterizan todo este tiempo de manera negativa. Deshojamos la margarita de sensaciones y los pétalos no se agotan: la que atravesamos es una época mala, enferma, asfixiante, apremiante, ominosa, desnaturalizada, inédita, mortal. Pétalos sobran. Es casi imposible no impregnarse de ese ánimo masivo, como también es –impregnados e impregnadas– no replicarlo, convidar con esa resaca como si se tratase del elixir de la empatía.

Repentinamente, un temor inusitado es el cordel sobre el que hacemos pender cada ropaje cotidiano: la vocación, el trabajo, la educación, la recreación, la diversión, el afecto. No hay territorio personal que –al proyectarlo– no sea lanceado por el miedo. Un estornudo es el cosquilleo de la muerte, sea propio o ajeno; preferimos que nos vacíen un seis luces antes que una balacera salival.

Si –sorna mediante– el escenario es tal, la espada de Damocles nos asesta: nuestra especie es esa pequeñez larvaria que el universo puede rascarse con relativa facilidad, el futuro es una lotería y pareciera ser que en los bondis que van a llevarnos a las terminales más cercanas en el tiempo, no hay asientos para todos y todas. ¡Horror! Y preguntas: ¿Quién tiene la culpa? ¿Y el Estado dónde está? ¿La vacuna rusa es comunista? ¿Cuándo mierda van a traer más vacunas? ¿Yo soy esencial?

Cuando la clase media y sus pisos superiores se asustan, cuando algo en su conservada estantería tambalea y el suelo donde hacerse añicos pareciera no estar lejos, la expresión de su pánico (expresión histriónica si las hay) se masifica como conciencia social, es la medida del sentido común. Y sus demandas, sus vacíos y su ristra de supersticiones terminan por empaparlo todo. Claro que de la clase media y sus terrazas emerge –mayoritariamente– la construcción de sentido social. Esos tipos y esas tipas, básicamente, acaban de descubrir que la vida puede no valer una mierda; que en pos del bienestar imperioso de muchxs, quizá deban resignar algo de lo suyo y, también (y me parece algo fundamental), que esta vez en la cola comunitaria, su lugar de acceso a,–por ejemplo, las vacunas–, puede que se mantenga muy relegado. ¡Faraónica revelación para su sensibilidad! “¿Y esto cuándo pasó?”, se preguntan, arreciada su matriz lógica de división de tareas emocionales en la sociedad. Ahí es cuando la novedad revelada debe instalarse como novedad de todos y todas.

No es así, groseramente no es así; conviven a su lado tantas y tantos que se han sentido así por décadas. Y que no lo vean, habla del varietal del que proviene su sensibilidad.

Si de futuro ominoso, si de perder, si de desamparo, si de no asir nunca la sortija de la prioridad se trata, entonces la Argentina (para circunscribir, pero el daño es planetario) vive en pandemia hace…siempre. Sucede que, si miramos con los ojos de esta perspectiva, se suman otras preguntas: ¿quiénes encarnan ese desamparo? ¿Qué pesares sobrellevan? ¿En qué medida su malestar perjudica la relación de engranajes que moviliza a este sistema? ¿No son, ellas y ellos, el lubricante del macroengranaje?

Esta otra pandemia, más antigua, es la pobreza y su jurisprudencia. Es la imposibilidad cabal de dignificar tu vida con las condiciones materiales e intelectuales que hagan a los derechos básicos. ¿Acaso no vive confinado quien no puede alimentarse, arroparse, educarse, sostener en sana estabilidad su cuerpo, sentirse parte igual en un colectivo ciudadano, ser actor fundamental en la provisión del sustento, de su dinero, aliviar su cabeza de la fragilidad que provoca una vida signada por estas condiciones? Ese encierro es claustrofóbico no en una dimensión física, dado que atosiga y ahoga con las manos de una pregunta básica: ¿para qué vivo?

Estos hombres y mujeres están infectados por el veneno del capitalismo y su cepa más insidiosa: el neoliberalismo. Y a su alrededor ven –cada minuto de su vida es así– cómo se le adelantan quienes detentan (muchas veces con obscenidad) dosis de privilegio, dinero y poder.  Una salud de fierro. Estas personas en confinamiento permanente saben mucho y mejor del miedo, esa voz cavernosa que cada noche les arrulla con el Arrorró de la desilusión. Porque izar fuerza y tesón no es lo mismo que ver flamear una ilusión.

Quisieran –ellas y ellos– poder vociferar “lo merezco porque pago mis impuestos”, pero si hasta les ha sido vedada la posibilidad de pagar impuestos. Desearían (pura presunción mía) poder rebasar de contenido ese canasto vacío y desfondado que es el futuro, pero éste se parece a una estación de trenes donde, por alguna razón hiriente, no querés llegar. Quizá porque sabés que es una emulación de la que te vio partir, y encima nadie espera por vos.

Quienes sufren de esa pandemia no tienen poder institucional, no tienen influencia ni dinero, no disponen de los mass media. No echan leños a la fragua del sentido común. Más bien son la leña de esa hoguera, a cuya lumbre y calor se mantienen aquellos y aquellas que piden libertad entre redobles de Essen.