Por Eugenia Douek

 Dicen que “el sol sale para todos” pero también escuché decir alguna vez que “para algunos, nunca sale el sol” o pienso que, tal vez, sale con mezquindad o que queda escondido tras una nube de tristeza, o a los codazos se hace lugar entre el cemento que se impone queriendo rascar el cielo. Es de día en el centro de la capital, gente que viene y que va, caminan ensimismados, oculto cada uno en su propio mundo. Están, pero no se miran, cada cual en la soledad de su cometido. Un centenar de estímulos para los ramilletes de niños solos que recorren calles que no saben dónde comienzan ni donde terminan, y que por eso ellos mismos colocan el inicio y el final, y van y vienen siempre por la misma ruta. Ir subiendo sin boleto en los vagones del tren, o del subte, cantar una canción, pedir un aplauso, repartir papelitos con la leyenda que escribe algún manda más “tengo cinco hermanitos, mi papá está internado… etc.”. El ruido del tránsito, los vendedores ambulantes, las bocinas, llenan el silencio y la ausencia de los afectos que no están o que nunca estuvieron. Muchas estrategias para poder sobrevivir en la soledad de las calles, limpiar vidrios, pedir un sándwich, hacer malabares en el semáforo, o simplemente pedir una moneda y, sobre todo, aprender los códigos de la ranchada. Un escenario muy diferente al que tenían antes de escapar de los golpes, la borrachera, el abuso y la miseria. De día todo parece más sencillo, pero la noche…, la noche es negra, gente yendo al cine, al teatro, a comer y entonces las entradas de esos lugares públicos se convierten en puntos claves para pedir. Las vidrieras iluminadas se vuelven sumamente atractivas, separan la realidad de lo aparentemente inalcanzable. Y entonces la nariz se va pegando cada vez más fuertemente al vidrio para ver las aves girando en el espiedo, tratando que el olor a pollo asado penetre en la memoria para poder soñar después con que comen pollo. Y así también las empanadas, las tortas. Y más adelante, la madrugada, cuando todo duerme. El miedo a la oscuridad comienza a avanzar sobre su niñez desnuda. La pobreza con su disfraz de infancia aún transita las calles. La transparencia de las vidrieras parece gritar “¡se mira y no se toca!!!”. En una un muestrario de zapatillas todas diferentes; para patear, para caminar, para ir a la escuela, negras, blancas, de colores. Elegir un par e imaginar que los pies están adentro. Pegar la cara, las manitos con los dedos bien abiertos, todo el cuerpo como para dejar la silueta dibujada en el vidrio vigilando esa ropa tan linda que vestirán otros cuerpos, otros niños. Y luego la más mágica de las vidrieras, del otro lado… ¿del mundo?, y sí es otro mundo, muchos juguetes aburridos, esperando que alguien los invite a jugar. Mirarlos fijos, imaginar que la fuerza de la mirada logra hacer andar a los autos, girar la pelota, sonar el tambor. Y así después bajo el techo de un puente podrán dormir y soñar que juegan. Y allí estaba ella, bien redonda, robusta, toda de cuero, bien cocida, esperando que alguien patee y haga el gol. ¿Y por qué No? Una piedra, como una ráfaga hace estallar el vidrio y goooolll !. Y la pelota se pone en juego entre los tres pares de piecitos, allí mismo, ¡en la vereda del local y se suceden muchos goles más!  y un penal !!! y un tiro libre. Era como soñar despierto. Pero los sueños, sueños son, no tardó en llegar el referí con su silbato y en un santiamén los tres estaban dentro de un patrullero que bajo la carátula “ROBO EN POBLADO Y EN BANDA” depositó sus escasos seis añitos en un instituto de menores. Pero para ellos todo formaba parte de una gran aventura. Como estar dentro de una película. Sus rostros sonrientes, plácidos, sus ojos agigantados por la sorpresa, hasta la pelota parecía desconcertada en manos del oficial. La picardía en todo su esplendor. El relato sabía a ternura y bondad “nosotros queríamos jugar” “la pelota estaba ahí y la agarramos”, “yo fui el que hizo el primer gol”, “nooo fui yo” “el vidrio se rompió”. Ahí estaban los tres pequeños delincuentes, imputados por robo. El colmo del absurdo, el mundo del revés, la realidad de cabeza, no me alcanzan las palabras para describir este grito de libertad que estos niños lanzaron, llevados por su sentimiento de LIBERTAD y su deseo de IGUALDAD, aunque más no fuera en un pedacito de vida.