Por Silvio Randazzo

¿Podremos de una vez por todas sensibilizarnos? Y si nos descubrimos sensibles, ¿será el escozor pasivo lo único capaz de colmar nuestra expectativa? Ahora que las clases un tanto más acomodadas –no por primera vez, pero sí de un modo tan atípico– experimentan el miedo, las restricciones, algunas imposibilidades, destemplanzas económicas, ahora que “no sabemos cómo hacer, esto es una locura”, ahora… ¿podrán empatizar? Ahora que algunos sectores comerciales han amenazado con abrir sus locales pese a las restricciones y los DNU, porque “además de cansados estamos sin plata y con deudas”, ahora que el Estado –al que, porque interviene, se le acusa de cercenar la libertad– tiene que intervenir (“al no tener ninguna ayuda es muy difícil sostenerse”), ¿obrará el milagro de comprender lo que implica vivir en el desamparo y la ausencia de mejores perspectivas?

Hablo de sensibilidad hacia las y los desposeídos seriales, las y los postergados transgeneracionales, esas minas y esos tipos que del miedo por un futuro que se parece a una despoblada bodega ruinosa saben mucho. Una despoblada bodega ruinosa que es el futuro de un presente que es una despoblada bodega ruinosa. ¿De qué miedo, desolación, postergación y desamparo les van a venir a hablar quienes están estrenando un temblor bajo sus pies?

Pero más que entender lo que es vivir en la miseria (material y emocional), la pandemia y los sinsabores comerciales ofrecen una oportunidad –a la que no puedo insuflar con optimismo– para comprender las reacciones a la que esa descalidad de vida puede llegar a empujarte. Conductas que consiguen descalzarse con ligereza del corsé de “lo que está bien”.

Las clases que han podido vivir con relativa holgura, ¿abrirán las compuertas sensibles a las aguas que siempre han denostado por presumirlas contaminadas? ¿Se agrietará el dique burgués para filtrar, cuanto menos, la humedad de la correntada condenada a nadar contra los salmones?

Si algo por el estilo aconteciera, entonces sí sería dado atisbar un pliego de mejoría ofrecido por la experiencia pandemia. Será necesario que la lumbre de la postergación enquistada logre encandilar las pupilas de quienes ahora descubrieron los abismos (algunos de todos los que hay) para así dimensionar por qué –de pie junto al borde– las conductas pueden ser desmesuradas, hirientes para con lxs demás y extrañas a la moral que arrulla a lxs bienvivientes.

No parece descabellado advertir un punto de contacto: tanto quienes acarrean décadas de desamparo, miseria, postergación y falta de oportunidades reales para un cambio de vida como quienes sienten que su mundo de inversiones y trabajo se desmorona en pandemia, reaccionan, puede que no masivamente, mediante desafíos a lo normado. Claro que cada cual lo hace desde una “base” diferente, con una historia diferente, con diferente tolerancia a lo humillante, con un peso social diferente, con relaciones sociales diferentes, con instrumentos diferentes. Pero la reacción común al temor por el futuro, a la desdicha económica, a la desesperación, es desoír lo establecido, aunque en el caso de la clase media/media alta se recurra al eufemismo de la necesidad de no perder lo mucho que se consiguió. Sus fundamentos se expresan, aproximadamente, de la siguiente forma: “Sabemos que es grave lo que pasa, sabemos que las terapias intensivas están saturadas, que los médicos no dan abasto. Pero lo nuestro es importante y ya no aguantamos más”.

Pero si la justificación transversal de comerciantes y emprendedores es “no aguantamos más”, si ese hastío promueve determinadas conductas que boicotean las medidas sanitarias (ergo, boicotean la protección de la salud colectiva en momentos de pandemia), si consideran que la demagogia de algún gobernante opositor –que dice “nosotros estamos con ustedes, pero Nación y Provincia nos atan de pies y manos”– es la truca que legitima su desatino, ¿qué distingue a sus razones de las que detentan quienes, durante toda su vida, fueron invisibilizados en el suelo que pisa la sociedad del consumismo y el entretenimiento? 

Porque si de correr a la deriva se trata –y ahora sí me permito una distinción– la miseria estructural, la pobreza de la que se vale el sistema para alimentar su maquinaria, no se cura con vacunas, aislamiento y Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción.

Vuelvo al punto: por nimio que parezca escrito aquí, una mejora que la experiencia pandémica aportaría a la especie es que quienes han descubierto que convertirse en caspa del sistema es cuestión de una tropelía en algún laboratorio, pudieran comprender que la razón y la moral suelen barrerse debajo de la alfombra cuando la desesperación y la indiferencia son autoras del pronóstico diario. Y comprender también que la desesperación no es una elección y que, en soledad, casi nadie puede salvarse.