La escuela y la tribu

Por: Dra. Georgina Di Gennaro

Médica pediatra, MN. 117.241

 El ser humano es, ante todo, un ser social. Desde que nacemos nos construimos como espejo de otros y en red con otros. Así, sobrevivimos los primeros años de vida en el seno de una familia que permite nuestra subsistencia y nos dota de herramientas para la vida en sociedad. La escuela es en ese marco el segundo organizador social, el que engloba al primero y nos abre las puertas de todas las demás relaciones. Tal es la importancia de la escuela en nuestra civilización occidental, que el sentido común nos dicta que es la primera actividad a preservar —de ser posible— aún en contexto de catástrofe global. Pues no solo es el organizador de las infancias, sino además, de la vida productiva de los adultos, de los horarios y la organización familiar, y también, en nuestro país, como contención emocional y hasta alimentaria de un número muy significativo de niños y jóvenes. Desde ya, en un país con 42% de pobres, la función de los comedores escolares es irremplazable e imprescindible. En ese sentido, padres y madres, docentes, colegas pediatras, neurólogos, psiquiatras y hasta sociedades médicas de nuestro país han alzado su voz para preservar la presencialidad escolar durante esta pandemia.

Sin embargo, es inútil negar que la vida en sociedad, tal cual la conocíamos, ya no existe y no regresará hasta tanto eliminemos el riesgo de supervivencia al que nos enfrentamos. Un virus respiratorio de relativamente baja mortalidad y alta contagiosidad ha puesto en jaque los mejores y más robustos sistemas de salud del mundo al punto de acumular muertos en las casas, obligar a los médicos a decidir a quién tratar o dejar de hacerlo, cavar fosas comunes en cementerios o habilitar camiones frigoríficos para apilar cadáveres.

Suelo conversar con colegas sobre la hipótesis de una humanidad organizada y encerrada en el hogar por un periodo de 20 días, al unísono, para erradicar el germen. En teoría, no haría falta más que posponer nuestras actividades sociales por un período de tiempo igual al de la incubación viral y brindar atención a quienes lo requieran, para liberarnos del microscópico mal.

Demasiadas naciones, demasiados mercados, demasiadas corporaciones y clases sociales, demasiados intereses nos separan como humanidad para imaginar siquiera que un acto de tal sincronicidad fuera posible en pos del un bien común. Basta con observar la lucha geopolítica de intereses corporativos y de naciones ricas por el acceso a las vacunas, que empujan al borde del fracaso los enormes avances científicos, impensados hace apenas unos meses. Pues a ningún país le sirve vacunar a toda su población si el virus sigue transmitiéndose (con posibilidad de mutar) por el resto del mundo que no fue alcanzado por las vacunas. Tarde o temprano aparecerán cepas resistentes a esas vacunas que llegarán desde el exterior e invalidarán la protección alcanzada. Las vacunas solo sirven como estrategia colectiva, lejos estamos de aprender a aplicarla con éxito.

Así, mientras no consigamos alcanzar un tratamiento efectivo, o vacunas para inmunizar al 70% de la población, debemos comprender que es al corazón de nuestra vida social donde apunta este virus para sobrevivir, reproducirse y cumplir su ciclo de vida y supervivencia en detrimento de la nuestra. Los niños no son la excepción, se contagian y contagian a otros, pueden ser asintomáticos, cursar un cuadro leve e incluso en baja proporción enfermar gravemente y hasta morir. Por eso el delicado equilibrio entre nuestras actividades y la posibilidad de contagio pone en jaque toda nuestra organización social y por lo tanto la vida tal como la conocíamos.

El hemisferio norte nos aventajó —vaya ironía— sólo temporalmente en el avance de la catástrofe. Hasta ahora hemos contado con el diario del lunes para tomar decisiones que siempre debieron adaptarse a la situación de vulnerabilidad de nuestros sistemas de salud y económico. En tal sentido, todos los modelos de apertura de actividades (incluidas las escolares) previos a la vacunación masiva se han demostrado fallidos. Reino Unido enfrentó 2020 con la premisa de no cerrar actividades y vio colapsar su robusto sistema de salud. No sólo eso, sino que además pasaron de internar 30 niños por mes en abril de 2020 a 100 por semana en diciembre del mismo año. Fue luego de tres meses de aislamiento estricto combinado con la vacunación masiva de su población adulta (70% de ellos con 1 dosis) que logró reducir la mortalidad y la circulación viral, retomando en estos días la actividad en forma paulatina.  

Israel decidió la apertura de escuelas antes de contar con vacunas, intento del que en semanas retrocedió a la virtualidad por el aumento vertiginoso de la curva de contagios. Recién luego de vacunar al 70 % de su población adulta lograron retomar actividades y abrir escuelas sin riesgo de colapso. Las naciones que no consiguieron vacunar en forma masiva a su población como Francia, Italia, Alemania, Canadá, Uruguay, Chile, aún apelan al cierre de actividades y escuelas como único medio de control de contagios.

Argentina mantuvo una modalidad virtual de educación durante el ciclo escolar 2020 lo que, combinado con medidas de aislamiento social, teletrabajo y de ampliación de las capacidades sanitarias disponibles, permitió que el sistema de salud pudiese dar respuesta a la primera ola de coronavirus sin colapsar. No hubo muertos en las casas ni en las calles, cada enfermo contó con una cama en el sistema de salud público y/o privado. Los médicos no se enfrentaron a la disyuntiva moral de decidir a quién tratar y a quien dejar morir. Como toda estrategia preventiva, los resultados de su éxito suelen gozar de poca fama o incluso ser subestimados por quienes se vieron beneficiados y, paradójicamente, no se enteraron. Desde el punto de vista epidemiológico durante el verano sostuvimos niveles de actividad que prácticamente retornaron a la normalidad salvo por la presencialidad escolar. Las actividades turísticas, las fiestas clandestinas, las reuniones sociales, los bares y restaurantes sostuvieron una meseta de 4000 casos positivos diarios. La excepción fueron las fiestas de fin de año que movilizaron aproximadamente 3 millones de personas y se reflejaron a mediados de enero en un pico de 8.000 casos positivos (las variables que modifican las curvas de contagio aparecen reflejadas en la curva de positivos entre 15 y 20 días posteriores a su aparición), retornando luego a los niveles basales de 4000 casos.

En ese contexto de alta circulación viral, con un plan de vacunación en marcha, pero aún insuficiente, el 1 de marzo se produjo la introducción de una variable que moviliza 10 millones de personas por día en todo el país, la mayor parte en transporte público.  Se explica entonces que desde el 20 de marzo se elevara en forma sostenida la cantidad de casos positivos, no existiendo otra variable epidemiológica que justificase tal escalada de contagios (sostenida en el tiempo y pareja en todo el país). En pocos días se sumarán la prevalencia de cepas más contagiosas que aún representan un porcentaje menor de los casos totales y el comienzo del frio. De ahí lo que se pronostica como un tsunami.

Todos los días miles de niños viajan con sus padres en transportes públicos atestados, hay abuelos que aún sin estar vacunados se ven obligados a retirar niños del colegio o a ser sus cuidadores hasta que los padres regresan del trabajo, madres embarazadas deciden enviar a sus niños a jardín maternal donde ningún protocolo de aislamiento es aplicable. El riesgo se multiplica exponencialmente sin que podamos hacer nada al respecto.

Al momento de escribir estas líneas el sistema privado de salud de Ciudad Autónoma de Buenos Aires informa una ocupación de 100% de camas de terapia intensiva, el sistema público/privado en AMBA un promedio de 80%, los principales responsables del sistema hospitalario han advertido que es inminente el colapso del sistema. Esto sólo en el AMBA, con perspectiva similar en los grandes conglomerados urbanos de todo el país.  Cabe recordar en este punto que un sistema sanitario colapsado implica la imposibilidad de atención de toda la patología, a cualquier edad, mientras no logremos controlarlo.

¨Para educar a un niño hace falta una tribu entera¨, reza un proverbio africano.

Pues bien, no hay escuela sin tribu, ni habrá niño que educar si no aprende primero que es ante todo un ser social y que es la vida del otro el primer valor a cuidar para asegurar su propia subsistencia y bienestar.

Es imperioso entender que la presencialidad escolar debe quedar supeditada al derecho de toda la población a la salud. Solo cuando logremos disminuir la circulación viral e inmunizar a la mayor parte de la población podremos garantizar que sea seguro para el niño y su familia asistir a clases.