Por Alejandro Mosquera

Se ha escrito mucho sobre el Eternauta de Oesterheld, sobre que el héroe real es el héroe en grupo, el héroe colectivo. También sobre que los Ellos- los enemigos invasores que dominan a los Manos – son el odio cósmico y muestran una visión del poder real concentrado que muta, pero se mueve siempre buscando el poder total y que implica la destrucción, tanto de las especies como de la tierra como casa común.

También se analizó con mucho realismo que el mecanismo de dominación de los Ellos sobre sus subordinados y de estos con los instrumentos menores de la cadena de agresión sobre la tierra, es una metáfora del sistema de dominación cultural. Que la glándula del miedo que los Ellos insertan en sus subordinados para dominarlos es de una actualidad gigantesca.

La metáfora expresa e implícita en la historia del Juan Salvo y su grupo de amigos, gana fuerza cuando el poder ejerce su violencia disciplinadora planetaria utilizando diversos caminos, pero centralmente la batalla cultural, donde parte clave de la visión de los Ellos se encuentra en nosotros mismos.

Tan es así que en el país las fuerzas transformadoras son jaqueadas por la banalidad del debate, y lo que algunos creen aciertos modernizadores o pragmatismo inteligente, en realidad es la trama donde el poder real ejerce su capacidad de colonizar el pensamiento y atacar la subjetividad transformadora de nuestro pueblo.

La capacidad colonizadora del poder real ha ido llevando a un corrimiento a la derecha a casi todo el sistema político. La derecha política neoliberal confluye en sus variantes más violentas o de buenos modales con una causa que los une: derrotar al movimiento nacional y terminar con el empate estratégico a favor de los intereses que representan.

El movimiento nacional y popular está transitando un debate no saldado entre una idea de gobernabilidad basada en pactos con el poder real y por lo tanto que debilitan las razones de fondo que dieron nacimiento y objetivo al FdT, y otra de gobernabilidad garantizada por la construcción de poder democrático, de protagonismo popular que rompa el modelo de teatro político que el poder nos ofrece.

La primera gobernabilidad que señalamos aleja al frente de su base social, le hace perder la noción de realidad sobre los conflictos reales que sufre la mayoría de nuestro pueblo. El modelo político es de partidos de candidatos, los estrategas son los consultores y la estrategia es la mera táctica electoral. La causa nacional se desdibuja y la fuerza que vive en el corazón de nuestro pueblo no se siente convocada.

Sin embargo, si el proyecto se basa en el protagonismo ciudadano, en las organizaciones de trabajadores, en los movimientos y organizaciones libres del pueblo, el modelo político será de partidos enraizados en su base, desburocratizados, la diversidad y la discusión serán fuerza militante de una causa en movimiento por la justicia social, la igualdad, la soberanía.

Desde esta perspectiva y práctica el mundo se ve diferente y recomienza la descolonización del pensamiento y la acción. Ya no se ve américa latina sitiada por la derecha y la ultraderecha, por el contrario, se valora la rebelión chilena logrando romper la constitución fascista de Pinochet, a los bolivianos venciendo el golpe de estado y abriendo las puertas para transformar y defender las conquistas, nos hermanamos con las luchas de pueblos peruanos, colombianos, venezolano, cubano, brasileño. La mirada se transforma, ya no somos los sitiados, somos los sitiadores. De disimular banderas a levantarlas bien alto para ordenar y convocar al tiempo que nos toca.

                                                          Héctor Germán Oesterheld compañero detenido-desaparecido

La agresividad golpista de Bolsonaro con, lo peligroso que es para Brasil y toda la región, es también un signo del fracaso del proyecto neoliberal y del crecimiento de la alternativa democrática de Lula y el PT. Por supuesto que el poder concentrado en el país, que le dio vida al fascista, trabaja para encorsetar a las variantes populares que lo pueden reemplazar democráticamente. La batalla del pueblo contra el fascismo en Brasil es nuestra lucha, nuestra suerte también se juega allí.

Nuestros Bolsonaristas como Macri, Bullrich, Milei y tantos otros son el pasado a derrotar. El pacto democrático nacido del rechazo mayoritario al genocidio y del proceso de memoria, verdad y justicia son una trama que no podrán derrotar.

Apoyados en ese umbral común que construimos los argentinos hay que desarrollar ahora la causa de un pueblo para terminar con la falta de trabajo, con los sueldos y las jubilaciones que no alcanzan para llegar a fin de mes, con una inflación que es la expropiación  del 1% de mega-ricos a los productores, comerciantes, trabajadores.

Volvamos al Eternauta cuando Oesterheld le hace decir a Juan Salvo: «Ahora no es tiempo de odiar, es tiempo de luchar».

Luchar por derrotarlos el domingo y en noviembre. Y Luchar por la soberanía y que no se privatice ni el Paraná, ni la plataforma submarina, ni la Patagonia. Por la recuperación de nuestros recursos naturales. Luchar por la igualdad social, económica, del conocimiento y el poder. Luchar contra el fascismo, acá y allá.

No elegimos la época que nos toca vivir, sí elegimos las batallas que queremos dar.

Es tiempo de darlas. Estamos a tiempo.

Y para cerrar la columna vale la pena recordar a Evita en un párrafo de su último texto que llamó Mi Mensaje:

“A Perón y a nuestro pueblo les ha tocado la desgracia del imperialismo capitalista.

Yo lo he visto de cerca en sus miserias y en sus crímenes.

Se dice defensor de la justicia mientras extiende las garras de su rapiña sobre los bienes de todos los pueblos sometidos a su omnipotencia.

Se proclama defensor de la libertad mientras va encadenando a todos los pueblos que de buena o de mala fe tienen que aceptar sus inapelables exigencias.

Pero más abominable aún que los imperialistas son los hombres de las oligarquías nacionales que se entregan vendiendo y a veces regalando por monedas o por sonrisas la felicidad de sus pueblos.”

Hay algunos compañeros que olvidan. Yo creo que millones recuerdan.