Por Rosana Herrera

Durante la cuarentena se aumentó la oferta de juegos con la palabra. Propuestas realmente interesantes algunas, imprescindibles otras, para el olvido varias…el hecho es que prenderte con unas cuantas de ellas fue ya, per se, una experiencia lúdica muy entretenida. Porque nos permitió bucear en otros espacios y reencontrarnos con estilos de escritura diferentes a los nuestros. Ese estilo -o falta total de él- que tenemos los corajudos que nos sentamos y le metemos nomás, pechando la timidez de tantos talentosos que se nos cruzan en el camino.

Nosotros, «los ventajitas aporreadores de teclado» categoría en la cual me incluyo cuando me saco una selfie. Los que sin tener nada más que indomables ganas de contar historias nos animamos a compartirlas y disfrutamos cuando sentimos que no sólo las leen, sino que las disfrutan con nosotros.  En este largo tour virtual pandémico-literario, pude descubrir muchos tesoros escondidos en los textos ajenos.

Riquezas que me hacen afirmar que esta cosa que algunos llaman la vida, se trata de un viaje sólo de ida. El encierro, los miedos, la higiene exagerada, los deliverys inesperados, el tanque de nafta siempre lleno, los jogging descoloridos que se confabularon con los despertadores apagados, las veladas prolongadas y el insomnio para hacernos vivir en pausa. Y en el afuera, la responsabilidad social, la madurez cívica y el respeto por el otro, lograron finalmente ponernos en una suerte de feroz encrucijada.

O decidimos exprimirnos y sacar de nosotros nuestra mejor esencia para emerger con las dosis justas como un elixir muy tentador, o elegimos lamentarnos por lo que nos tocó en suerte y hacemos puré con las ilusiones nuestras y las de los otros. Siempre se puede elegir en este universo de privilegio en el que vivimos unos pocos. El que creía que estos tiempos de espanto compartido nos iban a transformar, se equivocaron fiero. Los que no estuvimos errados éramos los que sabíamos que las situaciones límites sólo nos delatan. Y ésta es una de las veces en que una lamenta tener razón.

Porque de verdad, no hay nada más buchón que un escrito en las redes. Un comentario, una publicación que se convida, un silencio que aturde, un sticker. Los que respetamos el peligro que esconde cada palabra; los que tememos sus consecuencias; los que buscamos que ellas cumplan el efecto terapéutico deseado; los que no queremos que sirvan para herir sino para pensar, nos sentimos a nuestras anchas dentro de este claustro gigante en el que entramos en marzo. Porque leímos todo lo que necesitábamos y nos privamos de leer todo lo que habríamos deseado. Porque entre nuestras gentes, las hay quienes empuñan la palabra en defensa propia y quienes lo hacen para hacer justicia por letra propia. Porque qué hacer con ella, siempre es una elección. Porque es el sello que nos distingue mostrándole al mundo de qué somos capaces… o incapaces.