Colaboración: Oliverio Jitrik.

No es ninguna falsedad afirmar que en el recuento de daños, este régimen es/fue claramente peor que cualquiera anterior -invoco desde luego el consabido “sacando la Dictadura”-.  Las varas de medición de referencia cambiaron desde el 2015. Hubo que traer varas más largas, como la cinta métrica para medir el salto de 8,90 metros de Bob Beamon en México 1968. Reventaron el país en tiempo record y tenemos cada vez menos soberanía sobre el mar argentino. No puedo enunciar los desastres completos pero intentaré hacer algunas digresiones en torno a los ladrillos del macrismo: sus votantes, sus militantes y difusores.

Cuando por deporte se le pregunta a un macrista (no conozco en realidad ninguno capaz de polemizar sin violar la lógica más elemental) otorgándole por válida la hipótesis del “se robaron todo”,  ¿esto significa que si no se hubieran “robado todo”, el gobierno de Cristina habría sido impecable?  Ahí te dirían que no, “no solamente se robaron todo, también violaron la libertad de prensa, fueron clientelares, nos alejaron del mundo las medidas populistas, lo que está probado por las interminables cadenas nacionales, ¿no es así?” O sea, que, en realidad era esto, lo segundo, lo simbólico, lo ideológico, y no los pretendidos robos lo que les molesta más, pero que les cuesta más enunciar. Esto explica que el saqueo de Macri y amigos no sea -simétricamente- enunciado, para no contaminar toda ideología fiel al macrismo. El macrista más cínico dirá que es completamente legal fugar capitales y meterlos en offshores, otros dirán que sí, que también Macri se robó todo, pero que eso no justifica que no se juzgue a Cristina -aunque uno les aclare que no lograron probarle ni un centavo robado-. Vaya a saber si serán tan morales y principistas cuando se trate de juzgar a la banda de MM.

Si les pareció importante señalar los zapatos de Cristina,  ¿cómo lograremos algún día sacarnos del cerebro el ponchito de Heidi, el disfraz de Pato Bullrich, las camisitas azules sin corbata, y ése rictus de Macri en el que aleja las comisuras de la boca en su pronunciación de cheto mal habido?

Los macristas están genuinamente preocupados por las posibles venganzas (sic), si gana Alberto. De algún modo, al instalar esa palabra, ¿estarían reconociendo que las merecen? Otro tiro por la culata es la cacareada grieta -lo digo sinceramente- de cuya existencia me congratulo porque, ¿qué mejor que separar a esta ralea del resto de la sociedad, diferenciándose de la que quiere de un modo u otro preservar lo que queda de la Nación? A las buenas conciencias les preocupa más la grieta que discutir lo que la causa y cómo podría desaparecer. No se entiende la liviandad con la que se trata lo que los comunicadores califican como, a la manera en que Esteban Bullrich consideró en Amsterdam al nazismo, meras “diferencias de opinión”.

Hace un par de semanas, en medio de la barahúnda electoralista, se hizo otro refrendo del no-discurso infinito de Macri en el acto en Belgrano, en la que se reunieron señoras que alguna vez fueron rubias, carcamanes, y… Casero. Macri en su esplendor, el “no se inunda más”, el “sí se puede”, era, como acostumbra, la vaciedad absoluta o, mejor, el culto a la estupidez universal, consignas subnormales que parecen ser la única retórica para torcer el destino de octubre. ¿Será Peña el que le sugiere a Macri “acá metele un sísepuede, acá resulta más un enojado “no se inunda más”, venga un “juntos los adgentinodsomodimpadaaaabledds”, o ahora el propio recientemente sanmartiniano Presidente que toma las iniciativas? ¿Sería entonces Alejandro Rozitchner con sus emulsiones de felicidad ya completamente decorativo? Menos mal.

Desde luego, hay que darle crédito personal al Presidente que, si bien en lo político es un mentiroso compulsivo, ha conseguido  mostrarse muchas veces tal como es,  por ejemplo al hablar de lo halagador que debe ser para una mujer los piropos que ensalzan su lindo trasero o el insólito sentarse en las piernas a una niña de doce años. Sin contar con el interminable ridículo de sus sentencias, tweets, papelones internacionales y bailecitos.

Las consignas macristas sirvieron para encubrir un modelo de acción que consistió en declarar, como los chorros de colectivo que se quedan con la cartera del incauto mientras gritan “ahí se va el ladrón”, que los otros se “habían robado todo” justamente para robarse todo, mientras que ahora, con ellos, tan transparentes como los charcos después de la inundación, se respeta la República pero para comenzar a violarla tumultuariamente (¿no se acordó el votante globezno que Vidal tuvo un 90% de inasistencias cuando era diputada del PRO?); clamaban que “6,7,8” era lo más clientelar e indigno que había existido en la faz de la tierra y, a la vez, el vómito verbal permanente a favor de Cambiemos era más que justificable; indignados por los bolsitos de López pero concretando un saqueo al despoblado. 

A pesar de todo lo que (no) hizo el macrismo, o por eso, en las PASO pudo advertirse que pueden tener todavía entre un 20% y 30% de votos en octubre. Sin contar con la intención muy probable de hacer fraude vía Smartmatic. ¿Quiénes son estos votantes? El  macrista pobre parece ya una especie en extinción. Entonces, ¿quiénes son los que realmente configuran ése 30%? No son todos trolls. Existen y son en parte responsables de las consecuencias irreversibles que tendrá este periodo que termina, lánguido y anémico. Son así. Piensan así. Desde luego, la prensa y los medios audiovisuales -ya es archisabido- los azuzaron sin cuartel desde antes del 2015, Cristina y su gobierno no supo pararlos a tiempo. 

El macrista típico, el duro, afecta amor a la Rural y “al campo”, detesta a “los negros” y, sobre todo, a “los negros planeros” que “no quieren trabajar” mientras él sí, ¡cómo trabaja!  Se enoja si le dicen “ponéle que Cristina robó, pero el macrismo roba mucho más”, con poner cara de idiota resuelve tamaña cuestión. Compró a ojos cerrados el estribillo de la “herencia recibida” y se cree que lo que no hizo en el primer período, Macri lo hará en un segundo mandato y todo va a mejorar: ¿ilusión, cerebro de plomo? Creyó que Maldonado era un hippie que se escapó a Chile o que la estaba pasando bárbaro en San Tropez. No le molesta el fraude del Correo de los Macri pero machaca por cifras irrisorias, por comparación, de las contenidas en los bolsos de López. Si uno le señala esta curiosa inconsistencia discursiva, contraataca afirmando que robar es robar sin que importe el valor de lo robado: ¡qué sensible es al robo! Como si fuera un argumento para sostener todo ese aparato, declara que está afiliado a la UCR, no es PRO es UCR, como si ser UCR no tuviera nada que ver. Se pone muy serio y republicano con la figura del helicóptero pero no le quita el sueño que Macri viva de vacaciones ni que estos delincuentes hayan sacado miles de millones de dólares del país, con ingeniosos métodos. Está seguro de que a Nisman lo mató Cristina casi con sus propias manos, y no hay forma de convencerlo de que ser un K homicida no permite violar las leyes de la Física.  En resumidas cuentas, estamos frente a un pavote que se comporta como un verdadero fanático, calificativo que el otro lado de la Grieta se apuró en atribuírselo al de La Cámpora, a Hebe o a Víctor Hugo.

Por ejemplo, un fanático importante es Luis Brandoni. Se dice radical y entra en trance religioso cuando menciona a Ilia o Alfonsín. Compartimos con él un primer exilio en México junto con Héctor J. Campora, Righi y otros tantos pero no aguantó la nostalgia y decidió volver en 1975. Se comió la dictadura viviendo a salto de mata. Como en las películas -“Algunas décadas después, en el presente”-, aparece con la camiseta de Cambiemos pegada al cuerpo y asume el valiente papel de ladrar en un vuelo de cabotaje de Aerolíneas por un anuncio de protesta de la tripulación. Le dice fascistas a quienes lo increpan pero evidentemente no le llama la atención que Macri y Bolsonaro andan por ahí. Qué vergüenza para el gremio teatral argentino que, salvo algún par de zopencos, no es macrista así como pocos en el arte, la ciencia, la literatura o cualquier rubro que hace a los países más o menos interesantes.

He notado que de este lado de la grieta es frecuente que haya desavenencias entre sectores, al grado de que una de las jugadas de Alberto hoy en día sea “reconocer” errores en la era K, declarar inclusive que, por ejemplo, la “Conadep” del periodismo es una tontería o relegar a personajes como Aníbal Fernández o Luis D’Elía, entendidos como “piantavotos”.  A Aníbal lo llegó a fustigar una joven candidata a diputada por las declaraciones sobre Barrera y muchos periodistas semiprogres son capaces de atacar a Horacio González. Los del lado de enfrente, en cambio, se muestran como una cofradía de hermandad franciscana. Uno debería suponer que a Brandoni le encanta lo que dice Fernando Iglesias, que a Alejandro Rozitchner le debe parecer que las regurgitaciones de Etchecopar son parte de Batman en la Revolución de la Alegría o a Monzó le gusta leer a Fernández Díaz en La Nación. La conclusión es que no se trata de un noble “esprit de corps” sino puro gusto del bueno. Los radicales que se aliaron al PRO para subsistir adquirieron el gustito. A veces, parecen más macristas que el propio Macri.

No es la primera vez que un régimen se apoye únicamente en el fanatismo de las masas. Debe quedar claro que si el régimen macrista hubiera podido perpetrar sólo la mitad de sus “desaciertos” económicos, tendríamos un reich de mil años. ¿Significará esto que la ideología que encarna el macrismo es esencialmente atractiva para una gran parte de la sociedad argentina? ¡Aterrador!

Ignoro la razón de por qué se preserva -probablemente de manera inconsciente- a estos personajes. ¿Por qué no se los confronta en el terreno de la ideología? No se trataría únicamente de preguntarle a la gente de Barrio Norte, como lo hace el periodista Ezequiel Guazzora, si creen que estaban mejor o peor en los gobiernos de Cristina o por quien votarían en el caso de presentarse una segunda vuelta. A riesgo de que decidan no contestar, habría que enfrentarlos con preguntas tales como “¿qué le parece la declaración de Pichetto sobre que hay que dinamitar las villas?”, o “¿Qué opinión le merece que Vidal, cuando era diputada, faltó al 80% de  las sesiones?” “¿Si se ha perseguido judicialmente a Cristina, le parece bien hacerlo con Macri que le debe …millones al estado por la venta del correo Argentino, o no?”; “¿le parece buena idea que se concesione el puerto de Buenos Aires a un Caputo?” “¿Cree realmente que los 4 millones más de pobres son producto de la herencia recibida?”; “¿Le parece normal votar por un presidente amigo de Bolsonaro, que se pasa por los huevos pertenecer o no al mundo y no es recibido en NY? ¿Realmente le parece que hay que creerle más a Macri que al Papa porque este es “populista”?; “¿Por qué,de ganar Macri, nos alejaríamos de la posibilidad de convertirnos en Venezuela?”

¡Oh Venezuela! El otro gran comodín del macrismo. Gran causa de Bolsonaro como de Mario Vargas Llosa y también de Andrés Oppenheimer, otro operador fanático de la gusaniza de Coconut Grove, quien en su nota “Argenzuela” en La Nación (ay, ¿dónde sino?) tuvo el descaro de declarar que “los Kirchner dilapidaron la bonanza en subsidios populistas y una corrupción masiva” (el error de redacción es de Andrés, pero se entiende lo que quiso decir). Nunca explica este buen hombre por qué los subsidios pueden ser o no “populistas”, debe haber algunos, buenísimos, que no lo son, sobre todo si se trata de subsidiar a los amigos del domador de reposeras. Tampoco se logra que devele el Gran Misterio: si hubo corrupción masiva en los años K, ¿bajo qué categoría coloca el choreo de estos 4 años? ¿Lo llamaría “Intento liberal de hacer un patria más afín a los intereses hemisféricos de Washington, sin amenazas populistas a los mercados internacionales y a los emprendedores argentinos dueños de offshores”?

Así es, los simpatizantes del macrismo, tales como Andy o Mario adolecen -además de su pensamiento explícito- de otra tara global y atemporal: creerse inteligentes. Suponen que las barrabasadas conceptuales que promueven adquieren mayor veracidad si son dichas de cierta manera y, generalmente, con chicanas que creen ingeniosas. Uno de sus ejemplares más terrenales es quien alguna vez fue amigo mío, hasta que la grieta lo hizo borrarme de las redes sociales; conservaba hasta entonces una pseudo corrección política y, por ejemplo, hablaba de manera afectada de “la dictadura” pero sostenía, al mismo tiempo, que Maldonado era un malhechor  que se ahogó, aunque su cuerpo se depositara espontáneamente río arriba. Como otros, estaba indignadísimo porque se tiraron piedras en el Congreso y cuando apareció el primer MMLPQTP –numerisromanis-. En ambos casos, abundaron los “se ve quienes son los violentos”, “La Cámpora está azuzando a estos descontrolados”, “no tienen la menor cultura ciudadana, esto es el peronismo que dejó entrar a los nazis a la Argentina”, entre lugares comunes por el estilo. Sí, ya sé que a mi amigo no lo conoce nadie, pero es un buen ejemplo del macrista “culto”, que ha leído varios libros y tiene un posgrado en Yale, lo podríamos ver en una sobremesa con Prat Gay y no desentonaría.

Los que no estamos en la UCR podemos, al menos, expresarnos y sacar la tensión yendo a marchas, escribiendo sonetos “satíricos” sobre personajes macristas o notas como ésta. Pero, ¿Cómo podrá tragarse Ricardito Alfonsín, un buen tipo, las arengas de Pichetto, Andahazi, Baby, o al insoportable diputado ultrarecontramacrista Fernando Iglesias que no sabe hacer otra cosa que invocar “al INDEC” cuando les miente en la cara a otros e irritados panelistas invitados en un programa de televisión? La verdad, nosotros tampoco podemos, aunque podamos reírnos una vez más -por no llorar- de Lombardi cantando “Sí se puede” con la melodía de “It’s a heartache”, de tan felices como setentistas recuerdos.