Por Yanina del Milagro Quinteros

 

No pidas permiso, las alas son tuyas y el cielo de nadie y de todos…

L.H

 

Primero me presento, soy una tucumana de 28 años con el título de farmacéutica que además hizo un posgrado y se graduó como Educadora Superior y Diplomada en Diabetes. 

Y esta es mi historia.

Desde los 20 años padecía un migrañoso dolor de cabeza 29 de los 30 días del mes, eso me llevaba a hacer tours frecuentes por médicos que insistían con que era estrés. Me vi obligada a tomar pastillas, muchas pastillas (paradójicamente odio medicarme, pero no tenía más remedio puesto que, a pesar de tener el umbral del dolor bastante alto, éste se volvía insoportable). Una madrugada (cuando tenía 26 años) y me preparaba para ir a trabajar, explotó el dolor, mi cabeza parecía estallar y debieron actuar en la emergencia, hospitalizarme y operarme de urgencia de la cabeza, puesto que llegué a la guardia de una clínica desmayada. Tenía un aneurisma causado por una malformación congénita en la arteria que une el cerebelo con el cerebro y no lo sabía nadie. A los médicos que me operaron, al hacerlo a ciegas, les fue muy difícil encontrar el motivo del sangrado que me causó el ACV, pero luego de permanecer en coma durante 71 días, gracias a Dios, a la ciencia, al afecto de mi familia, a las posibilidades que me brinda contar con una obra social y tal vez al destino, me salvé.

Poco más de 2 meses después de la operación me trasladaron a FLENI de Escobar donde empecé la rehabilitación y a tener sentimientos encontrados. Por un lado, el estar en la condición en que estaba, lejos de mi Tucumán querido, pero en uno de los lugares más prestigiosos del mundo donde me encontré con gente maravillosa a quienes no voy a olvidar jamás 

Una vez que me sacaron la traqueotomía, decidí voluntariamente darme de alta para poder volver a Tucumán a reencontrarme con mi gente, con mis rincones, con mis olores y donde me seguí rehabilitando integralmente hasta que empezó la pandemia, teniendo que continuar desde entonces en casa con kinesiología y fonoaudiología.

Hasta el día de hoy, dos años después lucho con las secuelas que me quedaron como la voz, ya que estuve 9 meses entubada sin poder hacer ni un ruidito siquiera; como la motricidad fina y el no poder caminar –o manejarme- sola, independencia que aún no logré, pero en la que estoy muy avanzada al punto que yo misma me sorprendo. 

En la noche que me invitaron a contar mi historia, mi corazón estalló de felicidad (como en algún momento había estallado mi cabeza) porque no me lo esperaba en absoluto, pero la felicidad no invalida, la felicidad nos hace crecer alas, nos hace volar.

Siempre mis sueños volaron llevando mi necesidad de ayudar a las personas –desde el lugar que esté- y por eso lucho incansablemente para lograr mayores capacidades, porque quiero reinsertarme en el mercado laboral, porque quiero pensar que lo que viví individualmente seguido de los que le toca vivir al planeta entero, nos tiene que hacer reflexionar sobre qué mundo queremos, cómo hacemos del futuro un manantial de oportunidades para todos.

Si bien yo no conocía qué aspectos de mi vida pudieran resultar de interés para una revista de actualidad como La Barraca, sólo soy una ciudadana en situación de discapacidad, tampoco esperaba pasar por todo lo que pasé para llegar hoy hasta aquí, de pie y dando mis primeros nuevos pasos.

 Así que agradezco a este espacio que me permite gritarles (aunque mi voz sea aún muy chiquitita) a todos los que padecen alguna discapacidad, que no dejen que nadie les ponga techo a sus sueños, que los límites están en nuestra mente porque la rehabilitación no es fácil, no es entretenida, porque extenúa, porque aburre, porque a veces una siente que las fuerzas la abandonan, pero que piensen que una gota puede perforar una roca, no por su peso, sino por su perseverancia. No hay imposibles cuando nos proponemos algo por más difícil que sea cuando estamos contenidos por afectos incondicionales y ángeles de la guarda dispuestos a sostenernos.

Y sobre todo cuando estamos convencidos de que un mundo mejor está ahí nomás, cerquita nuestro, y que no podemos construirlo de otro tamaño que no sea el de nuestras propias ilusiones. Y soñar con que a esas ilusiones las acompañen las ilusiones de todos aquellos por quienes queremos luchar.

Soy Yanina del Milagro Quinteros. Y esta es mi historia.