Por Jaime Radusky*

Él, un argentino llegado a España cuando el 2000 ya casi terminaba, junto a su mujer y sus dos hijos era. (y sigue siendo) un “solitario que no sabe estar solo”, que con el fin del 2002 vio cómo se terminaba el trabajo que lo había traído a Europa, y también su matrimonio.

Vinieron tiempos turbulentos. Pensó, o quiso, que su soledad podría encontrar alivio en una relación que, vista en perspectiva, iba a ser imposible. Pero lo intentó, apostó fuerte. Y perdió. Llegaron los desánimos, las depresiones profundas, la desconexión, las noches sin dormir y el terror a los amaneceres.

Su afición por la cocina tuvo que transformarse en su oficio, en su profesión, y desde ese momento ya no cambió de actividad.

Cuando en setiembre de 2005 los silencios le aturdían y su único “placer” era pasarse muchas, demasiadas horas, trabajando seis días a la semana, porque en el séptimo tomaba un tren para ir a ver a sus hijos y compartir tiempo y abrazos con ellos, casi de casualidad, algo pasó.

Ella, una rumana llegada a España en la misma época que él, bajó un día de un bus en un país del que casi no sabía nada, sola, con una maleta y muchas ilusiones. Y tuvo que buscarse la vida como pudo, con entereza, fuerza y dignidad. Pasó muchas penurias, aciertos y desaciertos, también depresiones, hasta que pudo encontrar un trabajo que sería el que le permitiría desarrollarse y crecer en una profesión que nunca imaginó que tendría: la cocina.

Cuando él y ella se estaban en una de las cocinas del lugar en que trabajaban, ocurrió el encuentro. No te puedo decir si fue que se gustaron porque no se habían visto jamás. Quizás, digo quizás, la necesidad de compañía, o la necesidad de no estar solos, une a las personas. Al menos eso parecía, y así fue durante muchos años.

Cuando todo comenzó, él, con alegría, fue a casa de sus hijos (como cada semana) a contarles esta vez que “tenía novia”, que se sentía muy bien, que compartir sus días con ella le habían traído la paz interior que tanto necesitaba.

Brindaron, y todos mostraron su alegría por su bienestar, incluso la mamá de los hijos de él, gran mujer, que le hizo una pregunta:

– Y… culturalmente, ¿cómo se llevan, cómo te sentís?

Él ni lo pensó, la respuesta fue instantánea: muy bien, sin problemas.

Quienes tenemos algunos años, en nuestra adolescencia, veíamos por la tele un programa (ahora le llaman serie) que se emitía en nuestra tierra en blanco y negro: Kung Fu. David Carradine representaba a un chino que iba de pueblo en pueblo por el oeste norteamericano. Había en cada entrega dos escenas de peleas (artes marciales orientales contra bandidos del oeste) y una más que era la que a él, el protagonista de este texto, le fascinaba: el personaje recordaba su infancia, en China, cuando el maestro le iba entregando sus enseñanzas al “pequeño saltamontes. El niño hacía una pregunta, y el maestro respondía con sabiduría.

En uno de esos momentos el niño le pide respuestas al maestro, y el maestro le dice:

– “Más importante que tener todas las respuestas, es comprender todas las preguntas”.

Él jamás olvidó esa frase, y pensando en ella es que hoy, cada día, se le repite en su interior aquella pregunta, que ni pensó ni analizó hace años, pero sí respondió con liviandad.

– Y… culturalmente, ¿cómo se llevan, cómo te sentís?

Ha pasado mucho tiempo, y los silencios vuelven a aturdir. Las incomprensiones a dominar las pocas palabras que entre él y ella intercambian.

Él sabe, siente, que comparten techo y alguna que otra cuestión práctica de la vida cotidiana. Pero nada más.

La vida de él se hizo chiquita, desilusionada, deshabitada de lo que él fue, de lo que él hizo, de lo que él quiso, y de lo que él sigue queriendo ser.

Él no pone culpas en nadie, y mucho menos en ella.

Uno es lo que decide, sólo que él ahora, con muchos años encima, sabe que su apasionamiento, su forma de ser impulsiva, no le permitieron pensar.

Hizo lo que hizo y, hoy, él, es lo que es.

La diversidad cultural es fascinante. Hoy, él siente que las diferencias de origen, de formación, de experiencias de vida, de apetencias culturales, de objetivos de vida, son vallas que no siempre pueden ser salvadas con un simple saltito, mirando al costado y pensando que sólo hay que mirar para adelante.

También, él sabe que nada es absoluto, y sigue dando batallas cada día para que la convivencia no llegue al punto de ser insoportable.

Esperar no fue, para él, nunca un camino. Hoy siente que sólo le queda esperar…

*Tucumano viviendo en valencia, diseñador gráfico y trabajador de la cocina. un buscador de emociones.