Por Rosana Forgas

(16/22 de mayo: Semana Mundial del paro respetado)

Como el año pasado alguien me tentó -y conmovió- contando su traumática experiencia, me animo yo con la mía que empieza un imborrable 3 de noviembre de 1979 cuando parí a mi hija mayor, Camila.

Yo fui la primera embarazada de la familia, así que mi extrema juventud y mi ignorancia en el tema, eran tan grandes como la felicidad que representó mi tránsito por las nueve lunas. Nunca un vómito, nunca una molestia ni una complicación. Dentro de la fecha estimada, estábamos bailando y cantando en el departamento de unos queridos amigos cuando se largó -como anunciando el sábado- una feroz tormenta, debimos alargar las chacareras para que no se notara que empezaban mis contracciones. El diluvio era tal, que en ese noveno piso se empezó a notar cierto nerviosismo. Al fin, muy entrada la madrugada, menguó el agua y pudimos pasar por casa a buscar el bolso y de ahí, derecho al Sanatorio Rivadavia a inaugurar el piso exclusivo de maternidad, un lujo para aquellos años porque el mío, era el primer parto que se realizaba.

Los espasmos no eran insoportables, yo estaba espléndida y en menos que canta un gallo tuve a mi hija en mi pecho apenas a los 30′ de entrar a la sala de partos. Tanto fue así que su papá alcanzó a llegar a la facultad a rendir su último parcial de Costos porque ella quedó radiante en brazos de sus abuelas.

La que no estaba bien era yo, pero no sabía que me sentía mal. A mis 22 años no distinguía muy bien si ese malestar espantoso era o no normal. Sólo recuerdo que yo seguía en la camilla del quirófano, que la médica se había retirado y que la partera y dos enfermeras me levantaron del piso cuando caí desplomada en el intento de sentarme en la silla de ruedas para ir a la habitación. Que varias voces gritaban llamando a la ginecóloga. Que ella volvió a entrar muy enojada y me dijo: ¿qué te pasa, chiquita quilombera?. Que la partera le decía: doctorita a esta joven no se le contrae el útero. Que ella me abrió las piernas torpemente y que me hizo tacto y otra episiotiomía y que yo sentía mucha vergüenza y muchísimo dolor. Que ella les decía a las tres: aquí no hay nada. Y que se iba muy apurada porque la llamaba su hija. Que yo quedé sola con las tres, que me dieron Effortil endovenoso, que finalmente me llevaron en la misma camilla y que me dijeron que debería quedarme tres noches. Que entraban a cada rato y me decían que me masajee todo el tiempo el ombligo, que me decían en el oído que todo estaría bien, que me trajeron bolsas de arena para que me pusiera en el vientre. Que nunca pude sostener a mí hija para amamantarla -porque se me caía de los brazos y yo me desmayaba- que mi compañero y mis padres estaban muy asustados y que finalmente un médico de guardia me dio el alta, a pesar de la profusa hemorragia.

Que nunca volví a ver a esa mujer hasta tres días después en casa, cuando mi esposo la trajo, casi amenazándola ante su negativa y mi grave estado de salud. Que ella se encerró conmigo y me zamarreó y me insultó: sos una mocosa insufrible, malcriada, déjate de joder a tu familia y que metió su mano en el bolsillo de la chaqueta y puso un puñado de caramelos -Arcor ácidos cristal- en mi mesa de luz y que me indicó que los chupara cada vez que me sintiera mal. Y que después mi familia me contó que el diagnóstico que les dio era: esta chica tiene una hipoglucemia histérica. Es todo lo que me acuerdo de esa semana.

Hasta que llegó el domingo 11 de noviembre a la tarde en que estaba de visita un matrimonio de médicos amigos de mis padres. Fue cuando yo empecé a sentir de nuevo contracciones insoportables y cuando por indicaciones de ella, me fui al baño y ella se quedó conmigo. Elena cerró la puerta, me sentó en el inodoro, me agarró de los codos y me ordenó: pujá, pujá, pujá. De repente yo expulsé algo muy pesado y me empecé a sentir fantástica por primera vez en ocho días. Ella metió la mano en el sanitario y me dijo que recién había terminado mi trabajo de parto mientras me mostraba una especie de pesceto y me explicaba que eso era la placenta que sale después del bebé y que a mí me había quedado retenida tiempo de más y que por eso yo ya debía tener una infección y que seguramente, como amamantaba, le había pasado a la beba.

Lo que vino después, lo que vivimos durante un larguísimo año más, ya no es para este relato. Sólo diré que casi me muero de una septicemia, que estuve internada con hemorragias -y por ende muy anémica- mucho tiempo y luego en reposo absoluto en casa y con el vientre abultado 11 meses más; que Camila se contagió la infección y tuvo que empezar a usar mamadera a los pocos días y que…no cuento más porque nunca supe -hasta el año pasado- que yo había sido víctima de violencia obstétrica.

Mi segunda hija, Sol, nació siete años después, luego de yo someterme a todos los tratamientos de fertilidad disponibles por entonces. Absolutamente todos inútiles porque Sol llegó gracias a la terapia psicológica y años más tarde -sin anunciarse siquiera- sus dos hermanos varones.

Ahora… la parte más curiosa de la historia: Camila es médica obstetra así que su famoso cuando sea grande yo quiero hacer nacer bebés de toda su infancia, se hizo realidad y Sol -que sin mi terapeuta no existiría- es sicóloga. Esa es la nota de color en esta historia que viví en blanco y negro y que por esas cosas del destino tuvo final feliz. Así que la termino aquí sintiendo que, alumbrando este relato también me desprendo de una placenta que tuve adherida por casi 42 años.

Ojalá hayan llegado hasta el final y ojalá le sirva a alguna mujer para conocer y defender sus derechos