Por Julieta Gerez

Y vivía sin creerme que el equilibrio estaba en el oído, entonces me dijiste “te quiero, tía” y tambaleaste mis cimientos con dos palabras homicidas.

R.H.F.

Cuando Anita nació prematuramente por parto normal, no estuve para escuchar su primer llanto ni su mirada de principiante a este mundo ajetreado, pero me atrevo a decir que no fue deseada pero sí muy bienvenida. Tanto que fueron esos 2,500 Kg que latían y respiraban con normalidad, los que nos cambiaron la vida para siempre.

Los primeros tres años transcurrieron en medio de una crianza ambivalente, los sábados visitaba la casa de su abuela paterna y allí recibía todos los cuidados, la atención y el amor, posibles. Aquí doy la derecha al padre del psicoanálisis cuando se refiere al niño como su majestad, el rey, porque es difícil que un niño cuidado desde el amor escape a esa afirmación psicoanalítica.

Ella era, sin dudas, nuestra reina.

Mientras transcurría el tiempo y duraban esas visitas, yo la observaba detenidamente y a raíz de eso notaba que su comportamiento en el juego y la comunicación interpersonal no eran acordes a su edad cronológica, lo que evidenciaba cada vez mas alguna dificultad en su desarrollo integral.

Las sospechas de un posible retraso madurativo eran casi certezas. En esos momentos yo cursaba la carrera de Psicopedagogía, circunstancia que, sumada a las capacitaciones extracurriculares a las que concurría, me llevaron a tomar las cosas de una manera cuidadosa, prudente y seria, evitando especulaciones y toda otra situación que generase angustia o que nos paralizara.

Era consciente que el primer gran obstáculo a superar serían sus padres, en el momento de sentarlos y hablar con ellos para compartirles mi apreciación y lo que yo observaba en Anita, hasta dejarles en claro que les ofrecía acompañamiento y los recursos necesarios (pero quizá no suficientes) para ayudarlos a consultar con un profesional. Sus padres no tenían trabajo, por ende, tampoco una obra social que sustentara ni sostuviera ese tratamiento a lo largo del tiempo.

Fue un verdadero desafío transitar el proceso de llegar hasta un diagnóstico y no faltar a mi promesa de acompañarlos. Cuán difícil es aceptar que un hijo tiene problemas luego de ese momento en que el profesional tratante define con un retraso mental leve la condición existencial de esa hija soñada, depositaria de todos los deseos y sueños por cumplir. Algo se nubla, algo se paraliza, algo no funciona y ese mundo al cual pertenecía Anita deja de existir como tal y es entonces que surge una trilogía inevitable y natural ante esa situación “duelo, aceptación y acto”.

Desde su diagnóstico comenzamos un camino sin retorno, pero de un único sentido: hacia adelante.

Su primer pintorcito perteneció al jardín “Semillitas” ingres por el cual tuvimos que superar cientos de obstáculos y hacer antesalas. Pero al fin, estaba ahí, jugando bajo los inmensos árboles que bordeaban ese maravilloso lugar (de propiedad del estado municipal capitalino) en el cual vivió una etapa inolvidable e irrepetible. De allí egresó con un acompañamiento pedagógico genuino y digno de destacar.

Los tres primeros años de escolaridad primaria, estuvieron plagados de insuficiencias y ausencias humanas, técnicas e institucionales, difíciles de sortear ante la gran demanda y la escasa oferta para la atención y contención de niños con NEE (necesidades educativas especiales). Lógicamente, merecen un capítulo aparte.

Actualmente Anita cursa 4° grado de una escuela pública de la zona Sur de San Miguel, la cual hasta el momento cumple con las expectativas que procuramos como familia para su educación.

Las vacaciones de las dos solas en las Sierras, los cines, los parques, las plazas, los circos, los ansiados preparativos para sus cumples, las salidas de chicas, las obras de teatro improvisadas en algún lugar de la casa, son puertas esperanzadoras que ella abre cuando está de mi mano y a mi lado, cuando la miro con paciencia y la abrazo con ternura. Los cuentos, las historias de vacas que estudian en Humahuaca, los bailes, los disfraces, las palabras inventadas, las miradas determinantes de que todo tiene un límite y ella lo sabe apenas me ve el radio ocular blanco del ojo. Reeducarla en hábitos cotidianos, explicar un NO, y celebrar los SI. Soy  la maga y soy la autoridad para que frene antes de cruzar la calle sin mirar o para que se lave los dientes después de las maratónicas degustaciones de golosinas que hace sin que yo me entere,  con mucha frecuencia

Soy su tía mágica (como ella me dice) su seño y su gamba. Quién camina y gestiona sus ingresos a la escuela y a cada etapa escolar. Quién le prepara la comida que le gusta, con la que, además, juega, juega, juega y juega.

Anita se motiva cuando le abro estas puertas y la habilito al mundo de una manera única, respetando sus tiempos, sus modos, acompañando en esta etapa de desarrollo tan difícil y particular, con el único y bendito fin de que pueda ser la mejor versión de ella misma, para su auto valía, para su desempeño en un mundo cada vez más competitivo, tóxico y banal.

Actualmente tiene 11 años y 3 meses, eella me enseñó que para escucharnos tenemos que nivelarnos a una misma estatura y mirarnos a los ojos, no consentirnos pero si mimarnos. Porque los mimos son parte del gran legado psicológico que los niños llevan consigo desde las infancias hacia el resto de sus vidas.

Esperanza, no moraleja:

¿Por qué esperanza y no moraleja? La esperanza es esperar con fe, nada está dicho ni hecho ni de vuelta. Los absolutismos y las falsas superaciones sobran.

La moraleja es un cuento con lección y las lecciones no cuentan en este tipo de historias que no son cuentos, sino realidades que generan los aprendizajes y las enseñanzas necesarias y suficientes para poder pasar de la aceptación al acto y seguir en el camino, sin trampas, sin entrampes, sin estanques.

Para mí la palabra clave es desafío, un auténtico desafío de amor. Como ella

Porque ella, Anita, es EL amor. Y yo soy orgullosamente yo, Julieta: la tía mágica de Anita.