Por Sol Aráoz Mariño

Mi último trabajo en relación de dependencia fue en el 2009, después de nacido mi hijo menor. El puesto era el de Coordinadora Operativa en una empresa nacional de cobranzas extrajudiciales y judiciales. Consistía en coordinar las campañas nacionales en pos de mejorar los resultados en las gestiones de las sucursales de todo el país para 8 carteras de clientes. Amaba ese trabajo. Pero como nos pasa a muchas mujeres por el solo hecho de serlo, el acoso laboral terminó por hacerme perder un embarazo.

Al año de ese difícil momento, volví a quedar embarazada y tuve que esconderlo hasta el 5to. mes, cuando ya no podía ocultarlo más. A partir de ahí, nuevamente la persecución: errores inventados, excusas, malas caras, maltrato, reemplazos, reubicación, aislamiento… hasta que un día mi estado de salud se había deteriorado tanto que mi médico me recomendó licencia. Conociendo los antecedentes, no se haría responsable por un nuevo aborto espontáneo. Al tiempo mi hijo nació y volví a la oficina. Mi puesto había sido ocupado por un ex empleado al que habían echado. Me asignaron otro puesto, donde las tareas eran mínimas en cantidad y calidad y quienes fueron mis compañeros y amigos, de alguna manera evitaban relacionarse conmigo.
Hicieron que dejara de amar mi trabajo. Entré en una depresión tan fuerte que ir a trabajar me provocaba dolor de cabeza y estómago. Quedé disfónica por varios meses. Terminamos en litigio y la indemnización no reparó jamás el daño causado. Entonces me juré nunca más trabajar bajo el zapato de otro.

En diciembre de 2018 mi vida pegó una volanteada. Había puesto fin a una relación de casi 25 años y asumía la responsabilidad total de cuidar y mantener la salud física y mental de 4 niños. Mi situación económica era un desastre. Necesitaba mantener a mis hijos y una casa, con todo lo que eso implica. Lo único que tenía era un techo (si, comparativamente, pareciera que era una privilegiada) y mi auto. Mi auto y el disfrute por la conducción, por conversar e intercambiar historias y opiniones. Hasta que un día escuché a una de las amigas de Bianca, mi hija, lamentarse porque su madre no podría llevarla a un 15, y se lo perdería. Fue así que se me ocurrió cubrir esa necesidad, solo con mamás del colegio.  
Conociendo un poco mi situación, una de mis hermanas me propuso manejar su taxi, con licencia de Yerba Buena. Aunque la idea no me cuadraba ni medio, no me quedaba opción más que aceptar. Pero una cosa era manejar mi propio auto, otra distinta era ser chofera de taxipero, bueno, no me quedaba otra. Era inminente la llegada del día en que tendría que subirme al taxi y buscar pasajeros en la calle. Eran varios los flancos que debía cubrir: tenía que trabajar, pero al mismo tiempo, ocuparme de llevar y traer a mis hijos del colegio y sus actividades extraescolares. Necesitaba tiempo para cocinar (mis hijos tuvieron que aprender a hacerlo). Debía ocuparme de la venta y cobranzas de zapatos (no se los conté, pero también tuve un grupo de revendedoras) Trabajaría 12 hs. para ganar el 35% de la recaudación de mi turno. Y lo más importante: ¿Qué pasaría con mis hijos si me pasaba algo en la calle? Me aterrorizaba la idea de no poder controlar quiénes subirían, los llevaría detrás de mí, a un destino que solo conocería después de aceptar el viaje y quedar a las buenas de Dios…Mucho en la balanza. Durante los días previos, me rompía la cabeza pensando sobre todo en mi seguridad. ¿Qué hacer para evitar llegar a un momento como ese??
Me concentré en las necesidades de una mujer, de una mamá. Y me acordé de esa amiga de mi hija Bianca que no tenía quién la buscara. Recordé cuando un día de escuela debí mandar a mi hije más grande (en aquel entonces una niña de 12 años que recién empezaba la secundaria) al colegio
Aquel día pedí en la remisería una mujer taxista, pero no contaban con ninguna, así que enviaron alguien de “extrema confianza”. Anoté la patente y licencia del vehículo, los datos del conductor, y calculé el tiempo exacto en que mi hija llegaría al colegio para llamar y asegurarme que había llegado sana y salva. Sin embargo, no pude evitar que, a mitad del trayecto, personal de Tránsito de Yerba Buena detuviera al taxi en un control para descubrir que éste no tenía seguro pagado. No encontraron mejor solución que bajar a mi niña y subirla al primer taxi que pasaba por Camino del Perú para que continuara su trayecto. Por Divina Misericordia, no pasó nada grave. Pero… ¿Y si pasaba? De qué servirían tantos recaudos si las pruebas aportadas serían solo aportes forenses?
Hasta que de tanto repetirlo, me di cuenta que esa era la idea: “VIAJÁ SEGURA, TRANQUILA Y A TIEMPO. Preparé el flyer y con ayuda de mis hermanas, lo compartimos en las redes. La repercusión fue tan grande que recién ahí caí en cuenta lo mucho que había subestimado la necesidad que teníamos de un servicio de transportes exclusivo para mujeres. Algo así  como un grito silencioso/ado.
La idea jamás fue segregar a varones de mujeres, pero es innegable que quienes nos violentan, abusan y matan son varones. Millones de mujeres dan testimonio de acoso y abuso a manos de taxistas que, ojo, son más identificables porque manejan un taxi. Pero básicamente son varones con el poder que se materializa con el vehículo: una vez adentro, automáticamente te convertís en carne de cañón. Y como por siglos la mujer siempre fue y sigue siendo puesta en duda, juzgada, cosificada, desvalorizada, convertimos en hábito avisar por wp la licencia del taxi en el que te subías y si llegabas a casa para que tu familia o amigas se queden tranquilas. Naturalizamos algo que es terrorífico: Tener miedo solo por el hecho de ser mujer. Y a la sociedad eso no le llama la atención.
Con las notas que se hicieron a raíz de la difusión del flyer de Viajá Segura, invité a otras mujeres a animarse a conducir un taxi. No sólo por ser una rápida salida laboral, sino también porque nos necesitamos, sea como apoyo emocional, laboral, físico, o incluso para cuidar de nuestros hijos. Pero sobre todo porque como parte de la mitad de la población mundial debemos ocupar la misma proporción en todos los ámbitos laborales.

No para quitarle nada a nadie, sino para ocupar esos lugares que están ahí por y para nosotras.