Por Rubén Barquez

1969 fue para mí, un año experimental. Yo venía de haber cursado medicina en 1968, en una universidad convulsionada por las fuertes restricciones aplicadas para el ingreso y especialmente para la carrera de médico. Con ese curso, que se definía como pre-médico, se hacía efectiva una especie de filtro destinado a limitar los cupos estudiantiles de ingreso a la carrera.  Ese año las tensiones sociales y políticas fueron extremas y llevaron a la realización del Primer Tucumanazo, que ciertamente influyó sobre la regularidad del cursado.  Muchos de los compañeros que ingresamos en esa época lo hicimos entendiendo los valores de los reclamos sociales y académicos y las reivindicaciones del movimiento estudiantil, con afinidad y acercamiento a la lucha popular establecida; otros, sin embargo, eran los característicos desinteresados políticos que iban a la Universidad a estudiar justificando así que la realidad social, política y económica que los rodeaba no eran merecedoras de sus preocupaciones.

Descubrí por aquel entonces que mi vocación era la biología y me cambié de facultad para ingresar al Instituto Miguel Lillo. (Facultad de Ciencias Naturales). Mi transcurrir como estudiante -y encima concordando con las reivindicaciones sociales y políticas de los movimientos populares de la época- tuvo sus consecuencias.  Así fue que, luego de aquel primer año de magia, enfrenté una realidad diferente: la de la intolerancia a la diferencia de ideas y de las persecuciones que entonces no sabíamos con certeza desde donde provenían, sólo lo sospechábamos. Surgieron listas negras y desapariciones, como la del entrañable compañero y amigo José Ramón Ponce, con quien debatíamos sobre política universitaria y compartíamos espacios en el Centro de Estudiantes de la Facultad. 

En 1972 la facultad incorporó como profesor temporal de Ecología al Profesor Michael A. Mares, un norteamericano con ancestros mexicanos, para dictarnos una materia de la especialidad consistente en un largo viaje de campo para reconocimiento de especies y ambientes, en el cual aprendimos desde la convivencia profesional, hasta las discusiones sobre temas científicos, lectura de publicaciones y la práctica de un método. En ese mismo año 1972 conocí a Paul Handford, un inglés que venía para estudiar los cantos de chingolos en Tafí del Valle.  Me contrató para ayudarlo en la obtención de datos durante enero de 1973. En esa época estaban construyendo el lago La Angostura y podíamos ir desde Tafí del Valle hasta El Mollar por una senda de tierra que hoy se encuentra bajo el agua.  Ese fue un verano lleno de gente y grupos de diferentes clases sociales en Tafí.  Nosotros pertenecíamos a los externos, esos que no formaban parte de las clases dominantes de la región.  Sin embargo, éramos tan “raros”, por andar estudiando pajaritos y con esa pinta de “hippies”, barbados y con pelos largos, que hasta resultábamos aceptables para algunos miembros de aquella alta sociedad tafinista, inclusive éramos “invitables” a sus fiestas. Cada tanto nos reuníamos con unos amigos a cantar en una casa de la Villa y lo hacíamos con temas que denominábamos “canciones de protesta”, mientras que para algunos sectores de la población temporal, eran “canciones de izquierda”. Uno de los cantores de aquellas noches, era Pepe Vega, quién fue secuestrado y desaparecido en diciembre de 1975, a los 24 años de edad. 

Los últimos años de mi carrera estudiantil y principios de mi condición de Licenciado, entre 1974 y 77, fueron quizás los años más duros, porque entonces se desarrollaron algunas de las más feroces persecuciones de estudiantes, e incluso de profesores de la Universidad, que diferían con las imposiciones políticas de los Generales Vila, primero y Bussi después, en Tucumán.  Luego llegó el Golpe cívico militar del 1976, que todos bien conocemos.  Ese día, el 24 de Marzo del 1976, junto a mi compañero de trabajo, Jorge Luis Cajal (QEPD), siendo investigadores de la Dirección Nacional de Fauna Silvestre, iniciábamos un viaje hacia Buenos Aires, para concretar reuniones de trabajo en el Ministerio. Cuando salíamos hacia la ruta en un “rastrojero diesel” provisto por el Ministerio para desarrollar nuestros estudios, encontramos a José Ponce y a su esposa, él acunando en brazos a su bebé casi recién nacido. José se había alejado del Lillo y estaba trabajando como obrero de la construcción, para evitar el ámbito universitario, ya que le habían advertido que estaba siendo “buscado”, según nos comentó. Ese día fue la última vez que lo vi, con su típica sonrisa, de joven comprometido y optimista. No voy a olvidar jamás su rostro de ese momento. Hoy es un nombre más en la lista de desaparecidos por el régimen militar del 76 y un aula de la Facultad de Ciencias Naturales lleva su nombre, in memoriam, aunque sus restos no fueron aún encontrados.

Las luchas estudiantiles en todos esos años de carrera, estuvieron cargadas de emociones, desde el pánico a ser reprimido, secuestrado o desaparecido, hasta momentos placenteros como haber logrado llevar al Lillo a Mercedes Sosa, ya entonces famosa, para cantarnos dando su apoyo a una lucha que en ese momento se desarrollaba en el predio y que incluía la “toma de la facultad” (y toda la manzana). No recuerdo con certeza el año de estos hechos, pero con seguridad fue durante la democracia, previo al golpe, en circunstancias anteriores a 1973, año en el que regresa a Tucumán, y al Instituto Lillo, el Dr. Horacio Descole, época en la que fui contratado como profesional.

Los eventos adversos hasta 1976 y la inseguridad creciente para la integridad de las personas, las desapariciones, y la profusión de listas negras enviadas al rectorado y al SIDE por siniestros personajes que coexistían en los ámbitos universitarios motivaron mi decisión de alejarme de Argentina por un tiempo. Los días estaban cargados de incertidumbre y de terror, nadie estaba seguro trabajando como lo hacíamos nosotros, a campo, durmiendo en carpas, para hacer nuestros estudios.  Así en 1976 fuimos detenidos por el Ejército y trasportados a la policía por la fuerza, en dos oportunidades. Ellos coparon de manera sorpresiva nuestros campamentos con violencia y a tiros de fusiles para arrestarnos por averiguación de antecedentes a pesar de estar munidos de las notas oficiales que certificaban nuestra identidad y de viajar en vehículos del Lillo, identificados con los correspondientes logotipos en sus puertas.  También ese año fui secuestrado en pleno centro tucumano por ocho desconocidos, bajaron súbitamente de dos autos con los que me cercaron “chupándome” adentro de uno de ellos para golpearme y apuntarme con pistolas, sin explicaciones y despojándome de mis pertenencias, para liberarme después, unos metros más adelante, porque fui atrapado “por error”, según escuché gritar a uno de ellos ¡suéltenlo, éste no es!!, éste no es!!. en pleno centro de San Miguel de Tucumán, donde había sido dejado por un compañero, al regresar de mi trabajo en El Cadillal, para tomar un colectivo que me llevaría a casa.  El día antes, en uno los controles de ruta cuando de noche debíamos circular a 20 km por hora y con las luces interiores encendidas, fui amenazado por soldados de ser “eliminado” si no me afeitaba la barba y si no dejaba de usar mi campera de color verde oliva que, según dijeron, me hacía parecer un guerrillero.

El 29 de mayo de 1976, una compañera de proyectos políticos, militante de la JP, fue secuestrada de su casa junto a su padre; Marta y Rolando Coronel, ninguno apareció, pero cuentan los relatos que Rolando murió en el viaje y que Marta murió un tiempo después, debido a una infección en los pechos, ocasionada por las torturas con “picanas”. También se sabe que el secuestrador, torturador y asesino, Luis De Cándido, vivió en esa casa por más de dos décadas. La casa es hoy considerada en Tucumán como Museo de la Memoria. Allí solíamos ir algunas noches, para charlar, discutir ideales, guitarrear y divertirnos.

La partida fuera del país alivió, alejándome de la presión de estar sobreviviendo a las persecuciones políticas que ya se había llevado la vida de numerosos amigos y conocidos. Pero que, en realidad, nunca se fueron de mi memoria. Esa en la que hoy buceo para compartírselos.