Por Rosana Forgas

 La noche se estira y el amanecer se demora en llegar. La memoria atesora cada instante. De a poco se diluye el fétido olor del miedo y el cuarto se impregna de un aroma a futuro que te embriaga. La ansiedad se había instalado oprimiéndote las ilusiones y asfixiándote las ganas. Las expectativas se venían dando maña para disimularse detrás de la angustia. Pero desde ayer ya no se esconden y se te aparecen condenándote a una vigilia perpetua. Mañana, al fin, será el encuentro con las promesas. Ya no te importa saber cómo llegaste hasta acá. Te importa saber que estás de pie y que estás entera y que te sentís victoriosa. Qué sabe de eternidades este súbito presente. Qué sabe de barbijos esa sonrisa que te ilumina la mirada. Qué saben de desconsuelos esas intenciones de volar. Y es cuando pensás que falta menos para el final. Y suspirás …

R.H.F. 27/3/2021

Estaba pensando -sin poder dejar de hacerlo desde el sábado- en mi brazo izquierdo. En ese miembro de mi anatomía que dejé al descubierto para que disfrute de la espera refrescándose por la brisa otoñal, desde el mismo instante en el que supe que me llegaba la hora del mágico pinchazo.

Porque lo mío no fue un gesto espontáneo como respuesta al amable a ver, señora, adónde se la va a colocar que me dijeran la mañana del lunes 29 de marzo. No, fue un acto consciente, minuciosamente analizado pasada la euforia, durante todo el fin de semana anterior. Porque aparte de una vacuna -cualquiera que fuese- yo quería que quedara su marca en mí como un tatuaje perpetuo que me recordara por siempre el privilegio de haberla alcanzado y que quedara por siempre ahí, en mi lado izquierdo.

Y cuando me anunciaron al ingresar al vacunatorio -tan impecable como la amabilidad de sus trabajadores- que me tocaría la Sputnik V, recordé, “echando mano” a los refranes de la abuela, que Dios sabe lo que hace. La marca indeleble tendría un valor agregado: imborrable como la tragedia que enluta al mundo entero, eterna como el milagro de que haya tocado bajo los cielos del “populismo” e inolvidable por estar fabricada por un laboratorio estatal.

El turno en el telefonito logró que inmediatamente la palabra se me presentara a borbotones, sin avisar, exigiéndome sentarme en el teclado para poemar mis sentires y hacer que esa larga vigilia de sábado se prolongue en el recuerdo de los tiempos vividos. No atino a pensar en los tiempos que vendrán. No puedo caer en cuenta que vacunarnos es apenas el inicio de un largo camino de salida, que ni remotamente me abre la última puerta, pero la felicidad por haber llegado hasta aquí me alcanza para sentirme inmortal.

El predio habilitado por las autoridades sanitarias se asemeja a un salón de fiestas y está todo en silencio, pero yo escucho música y quiero bailar y que todos vean que me puse el barbijo con brillitos, ese que no logra taparme la enorme sonrisa y que se me rompe apenas me siento en la enorme sala de espera del palacio -tal vez porque los elásticos se estiran demasiado por culpa del asombro que abre mis mandíbulas-.

Las sillas en la vereda ya me habían presagiado que la calidad y la calidez de los trabajadores de la salud nos iban a acariciar mientras durara ese viaje a la esperanza. Y la señorita que esgrime el alcohol y el termómetro y que me sonríe con la mirada y que bromea y que conversa con todas y con todos es lo más parecido a una azafata en ese vuelo al futuro.

Porque vacunarnos sólo nos permite construir horizontes, quitarles el cerrojo a los sueños, darle alas a la imaginación, visualizarnos paseando por otros rincones del planeta y hasta ensayar los abrazos demorados. Pero no nos alcanza para despedir al estado de alerta permanente porque el horror, en forma de cepas diferentes, nos sigue desafiando. Y los alcoholes deberán seguir rociándonos y en cada burbuja de jabón y en el ruido de la canilla que nos inunde las manos, el cumpleaños feliz deberá volver a ser entonado tres veces. Y los distanciamientos se van a instalar por mucho tiempo y algunas ausencias se seguirán sintiendo y en las celebraciones y festejos seguirán siendo protagonistas las voces y lo que nos ofrece la virtualidad como consuelo.

Pero nada logra empañar el momento justo en que los miedos deciden salir de su escondite; en que la angustia -con total desparpajo- se manifiesta en paños menores; en que la ansiedad no se pinta los labios ni se pone ruleros y sale corriendo descalza. Ese momento en que nos convencemos que ya podemos comenzar a escribir la leyenda. Sobre todo, los más ututos, (1) los más culillos (2) los que jugamos a descubrir en cada nombre nuestra propia identidad.

Y es entonces cuando el diccionario, cómplice de tus travesuras y complotado con tus metáforas, se aparece para contarte que sputnik deriva del griego y significa “compañero de viaje”.

(1) y (2) regionalismos empleados en el Norte Argentino que significan inquietos, curiosos, movedizos.