Por Miguel Núñez Cortés.

«Así gritó Miguel Pepe», antes que lo asesinara la Policía en 1907. Tenía solo 15 años, era un niño que vivía en un conventillo, durante la “huelga de las escobas” o  “huelga de los inquilinatos” Asombrado ante la rebelión del muchachito, el flamante jefe de Policía de la ciudad coronel Ramón Lorenzo Falcón gritó: “¡Anarquista se nace!”… e hizo proceder.

Hagamos uso de la analépsis y dejemos el pasado para posicionarnos en este presente de pandemia. El gobierno nacional y de la CABA, se han dedicado a menguar  los problemas de salubridad pública que se multiplican en los asentamientos más pobres de la ciudad: las villas.

No obstante y en forma silente, existe un problema de gravedad inusitada: se trata de los «conventillos» o «inquilinatos» o «conventos».

Asentados  – la mayoría – originalmente en los barrios de San Telmo, Monserrat, La Boca y Barracas, tuvieron comienzos diversos. Adosadas a las viejas mansiones abandonadas o aprovechando terrenos lindantes, se agregaron hileras de piezas de chapa y madera, en planta baja y dos pisos. Venían a satisfacer la demanda de los otrora obreros de la industria naval. Luego, cambió el tipo de sus ocupantes pero siempre se trató de gente humilde y pobre.

A ciertos conventillos desocupados, groseramente pintados,  se los incluye en tours turísticos ¡como ejemplo de una forma degradada de vivir? Perduran algunos que, cual barcos en el Riachuelo, se muestran escorados por el paso del tiempo.

Quedó demostrado que fue del hacinamiento de los conventillos de donde partió  la fiebre amarilla de 1871.

Hoy, sí hoy,  los conventillos tienen muy pocos baños colectivos. De ahí la necesidad de sus habitantes de contar debajo de los catres o camas, con bacinillas, para su uso como orinales o defecaderos (con o sin tapa), de modo de neutralizar las urgencias. Nadie está dispuesto a bajar por una maltrecha escalera de madera en una noche de invierno para aliviar sus necesidades sin saber si al baño lo encontrará desocupado.

La violencia sexual es un peligro latente (y no tanto), que se mantiene oculto, como una de las normas no escritas de estas casas colectivas.

Los conventillos actuales alojan docenas y hasta centenares de personas. Muchas veces esos “chaperíos”  son presas del fuego pues las hornallas se alimentan con el peligroso gas licuado en garrafas, con precarias instalaciones, coexistiendo con algún brasero a carbón, tanto para calentar agua para el mate, como para calefaccionar los fríos habitáculos. Los cables eléctricos a la vista, sujetos con grapas a las maderas y chapas, reciben el agua de lluvia o de aguas negras propias de la vivienda.

En la actualidad nada queda de aquellas teorías románticas que le asignaban a los conventillos la excepcionalidad de ser el lugar de la convivencia pacífica de hombres, mujeres y niños llegados – por distintas causas – de diversos lugares del mundo.

Mil lenguas, mil religiones y una zona sola pobreza; ahora predomina el castellano, con distintas tonadas, modismos, usos y costumbres diversas. No está ajeno el idioma guaraní y su música adornada con ese desahogo que se ha convertido en característica de nuestros pueblos litoraleños, descendientes de los guaraníes, compitiendo para dirimir quien lanza un “sapucay” más vibrante y sostenido.

La villa de emergencia es un subproducto del conventillo. Es un desborde por falta de conventillos. Mucha demanda y poca oferta dirían los economistas neoliberales. Los conventillos colmados y en retroceso, han obligado a los inmigrantes a tomar espacios para erigir construcciones que – en algunos casos – son de mayor calidad que las de los conventillos. En el conventillo no se conoce el hormigón ni el ladrillo, en cambio en algunas villas de emergencia se elevan construcciones de hasta 5 pisos de altura.

El habitante del conventillo tiene una característica destacada: su resiliencia. El significado de resiliencia, según la definición de la Real Academia Española de la Lengua  (RAE) “es la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas; gracias a ella no solo son capaces de afrontar las crisis situaciones potencialmente traumáticas , sino que también pueden salir fortalecidos de ellas”.

Podrá el lector advertir que un conventillo es mucho más fácil de trasladar, modificar o mejorar que una villa de emergencia.

Este artículo pretende, no sin humildad,  exponer lo oculto, alumbrar lo ensombrecido, provocar la solidaridad.

Es hora que el gobierno de la ciudad vacune a todos los habitantes de los conventillos. Que provea elementos de desinfección y limpieza, que tome la fiebre y haga un relevamiento sanitario de menores y adultos, incluyendo a los ancianos.

Mientras los ancianos de los geriátricos son atacados por el COVID 19 y se aplican técnicas para neutralizar la situación, no hay quien se haga cargo de los conventillos, lugares de hacinamiento con menos apoyo sanitario que cualquier hogar para mayores solos.

Las inspecciones municipales, inteligentemente intervienen en los proyectos y el funcionamiento de los más modernos edificios, exigiendo sistemas contra incendio, puertas de seguridad, luces de emergencia, escalones resaltados, entradas para discapacitados, ventilaciones y tiros balanceados para las estufas y calefones, provisión de servicios públicos bajo Normas, etc.

En un último comunicado el Equipo de Sacerdotes de Villas y Barrios Populares de Capital y Gran Buenos Aires, aseguró que se sigue “necesitando una presencia inteligente del Estado” en los asentamientos urbanos ante el incremento preocupante de los casos de coronavirus en estas zonas vulnerables”. Para las autoridades el conventillo, por caso, ¿no es un asentamiento urbano?