Por Alejandro Mosquera

La recesión económica producto de los 4 años de gobierno macrista, la deuda externa y la fuga de capitales que vivimos durante dos años, el nivel de desocupación, trabajo super-explotado en negro, la pobreza y la indigencia, el debilitamiento planificado del Estado y la pandemia del coronavirus, deben ser analizados en su conjunto. 

La evidencia del daño producido por las políticas de la desigualdad, la meritocracia individualista, de proteger y estimular desde el estado la maximización de la ganancias de los poderosos y ricos y a la vez la baja en sus impuestos y la presión sobre las capas medias, los trabajadores, productores y profesionales, crea una nueva agenda de debate público y de masas.

La humanidad desde hace décadas vive en el marco de un capitalismo salvaje, neoliberal, un capitalismo de catástrofe, no en el sentido de que vivimos una etapa terminal del mismo, sino por el contrario que la catástrofe es su forma vital de existencia.

No es cierto que la pandemia y el agravamiento ataca por igual a todos. Cuando miramos las estadísticas del mundo sobre quiénes son las víctimas mortales, quiénes son los afectados, dónde se nota más la debilidad de los sistemas de salud, está claro que los pobres, los desprotegidos, los marginados del sistema constituyen la mayoría de las víctimas.

Al capitalismo realmente existente no le interesan los muertos, no le interesan los sistemas de salud colapsados o los que pueden colapsar ahora en el hemisferio sur. Le interesa la maximización de las ganancias.  Unas empresas sucumbirán, otras se verán resentidas, pero en la esencia del propio sistema está que otras corporaciones o las mismas con inversiones en otros rubros, elevarán sus ganancias sobre la base de la catástrofe humanitaria.

Este proceso de ganadores y perdedores no es nuevo, no se debe a la pandemia. ¿O acaso el cambio climático que producen sobre todo las grandes corporaciones de los países mas desarrollados lo sufre por igual toda la humanidad? Se podrá con razón sostener que la agresión a la tierra es un ataque o suicidio de toda la especie. Sin embargo, los estragos que produce ese cambio climático no son iguales para los pobres de Nueva Orleans con el Katrina, o los tornados e inundaciones en muchas partes del mundo, ni la desertificación por deforestación en nuestro país. La contaminación del agua es gravísima para inmensas poblaciones, no lo es para los Ceos, accionistas o dueños de las grandes corporaciones que las contaminan.

El debate sobre la mesa pública muestra que “la mano invisible del mercado” no puede asignar correctamente los recursos y se necesita de un Estado democrático capaz de organizar, proteger e impulsar a la sociedad.  El papel del estado es crucial para contar con un sistema de salud público gratuito y eficaz, capaz de atender por igual a todos los ciudadanos.  Necesitamos un Estado democrático con capacidad de organizar la seguridad comunitaria tanto en tiempos de tranquilidad como en estos que vivimos, sin vulnerar derechos sino protegiéndolos. La educación pública y gratuita desde el preescolar hasta las universidades, muestra en tiempos de crisis y pandemia que no es solo el desarrollo de la educación sino también junto con el trabajo, una forma de organización inteligente de la sociedad. Los momentos que vivimos muestran a las claras la necesidad de respaldar a la escuela, a los maestros, a los profesores.

Una de las características del debate actual se manifiesta en que muchas empresas pequeñas, medianas y grandes solicitan la intervención del Estado porque si no sucumbirán (en la mayor parte de los casos puede ser cierto, otras se aprovecharán). Seguramente una gran parte de esos empresarios apoyaron las ideas de que el Estado tenía que achicarse, que debía cobrar menos impuestos y retenciones, que el Estado siempre es sinónimo de ineficiencia y, sobre todo, sostuvieron que no debía meterse en la economía. Ahora, cuando la ola de la crisis y la pandemia los puede tapar reclaman medidas al Estado para que los proteja, no deje que quiebren y el argumento es que si las empresas caen se perjudica todo el país. Es un buen argumento. Pero también debe llevar a la idea que el Estado es necesario para proteger a los que fueron expulsados del sistema por las políticas de ajuste, de capitalismo salvaje, de meritocracia darwiniana. Y que las políticas de transferencia de recursos materiales y culturales a las principales víctimas, son políticas justas y no formas de mantener vagos como tantas veces sustentaron.

El legado macrista, la recesión, desocupación y ahora la pandemia, pegarán más fuerte donde haya mas desigualdad. El riesgo mayor está en los conurbanos de todas las grandes ciudades del país.  El enfrentamiento a la pandemia no puede tener un sesgo clasista. La mirada y el esfuerzo principal debe estar puesto en estos conurbanos donde junto a la pobreza y necesidades no cubiertas hay un inmenso hacinamiento y precariedad de viviendas y condiciones mínimas de salubridad. El aislamiento social no es igual para quien tiene casa, departamento,etc, que para quienes tienen negada esa posibilidad. El estado macrista y neoliberal es un Estado que abandona a las personas, a los abuelos, a los pibes pobres, a las familias. El Estado democrático tiene que poner el ojo, la pasión y los recursos, porque allí se juega también el éxito de la política contra la curva en pico de la pandemia. Pero también porque allí se construye igualdad para toda la sociedad.

Y aquí otro debate quizás menos visible para los sectores medios y es el papel de la organización en los barrios, aquellos que en otras épocas se daban en las sociedades de fomento o en las manzaneras y que ahora tienen como centro a los movimientos sociales. Tan descalificados por muchos, es clave la alianza entre el Estado y ellos para poder concretar un camino creativo en el enfrentamiento de la pandemia en los barrios. La sociedad podrá aplanar la curva, salvar vidas, proteger a los más débiles con la máxima organización.Una sociedad organizada es aquella donde participa activamente el pueblo.

El gobierno se fortalece

La actitud de Alberto Fernández a medida que avanzó la crisis fue la necesaria. Ante el griterío de muchos que solo veían una conspiración internacional en la pandemia, el presidente escuchó a los expertos y científicos y se puso al frente de las mejores medidas que se podían tomar al momento. Las experiencias negativas de Italia y España sirvieron para tomar las medidas en tiempo y forma. Rompió así cierta lentitud del gobierno que nos preocupaba a todos.

Alberto creció como presidente de todos, con capacidad de decisión. Y eso lo hizo crecer entre sus votantes y entre los que no lo votaron.

¿Cómo enfrentar la pandemia que seguramente se extenderá geográficamente y en el tiempo? ¿Cómo enfrentar la parálisis económica? ¿Cómo renegociar la deuda cuando estamos obligados al default? ¿Cómo reorganizar la educación y el trabajo en los meses que vienen?

El respaldo y legitimidad presidencial son claves para los tiempos difíciles que vienen en los próximos días y quizás meses.

En tiempos como el actual el mundo se está repensando. El gobierno se tiene que hacer fuerte en sus razones, que la crisis y la pandemia legitiman para replantear el tema de la deuda externa. Después de estos meses de parálisis y coronavirus se van a necesitar todos los recursos para encender la economía, el trabajo, la educación, todos los recursos para reparar y reconstruir. No alcanza para esa reactivación parches justos e indispensables de inyección moderada de recursos en el mercado interno. Se necesita insuflar a la economía nacional, su mercado interno, su producción, al bolsillo de los trabajadores y jubilados, en la obra pública y privada, en las pymes y empresas, grandes recursos. Una política gradualista no alcanza. Esa inversión en la deuda interna y en crear condiciones de salida del país, necesita como condición subordinar el pago a los acreedores externos a nuestro desarrollo. Y eso implica no comenzar a pagar la deuda externa por mas de 5 o 6 años.

Pago que deberá solo autorizarse una vez auditada la deuda, investigada su legitimidad y las responsabilidades políticas, civiles y penales de quienes la tomaron para fugarla.

Resulta como mínimo extraño que en el marco de una crisis mundial, una recesión en marcha en todas partes, el FMI venga al país a tratar de cobrar sus créditos. El mundo tiene que discutir cuáles son las medidas para paliar primero y resolver luego la catástrofe social y económica.

El debate cultural sobre la comunidad en tiempos de pandemia

Enfrentar la pandemia como sociedad es dar la batalla contra el legado cultural del egoísmo y la meritocracia salvaje. El ideal triunfante culturalmente en el mundo fue,  después de las derrotas de los grandes relatos socialistas, socialdemócratas y comunistas y en nuestro país de la comunidad organizada del peronismo, el de una sociedad de todos contra todos, del hombre como lobo del hombre. Un ser apartado, en “cuarentena”. La transformación comunicacional, el peso elefantiásico de las redes, de un ser una computadora, un ser un celular, ayuda a la extensión vivencial de ese ideal.

“Yo soy por mí y solo por mí” es una mentira, pero ha triunfado para gran parte de la población.  Como antítesis aparece otra idea de la contracultura libertaria y comunitaria: “soy porque somos”.  Es decir que podemos realizarnos, ganar derechos, cubrir necesidades, divertirnos, gozar, en una sociedad que gane esas capacidades. Y que en la degradación, en la violencia, en expropiación de derechos y justicia social, no hay paz individual, ni desarrollo individual.

Con raíces históricas en debilidades y conflictos en la conformación de nuestro ser nacional, el Macrismo y el neoliberalismo exacerbaron las tendencias egoístas, de un darwinismo social donde solo merece “salvarse” el más fuerte, donde la solidaridad es una utopía y el éxito es disfrutable en el medio del fracaso de los demás.

Aquí hay que buscar las razones profundas del porqué en medio de las recomendaciones sobre cómo evitar el pico incontrolable de la pandemia, tantos argentinos se fueron de vacaciones llevando el virus a poblaciones que no lo tenían, u otros tantos creen que hay alguna rebeldía reivindicable en no cumplir la cuarentena. La batalla cultural no será simple. No enfrentamos la ignorancia. Si no, otra comprensión de la sociedad y de la humanidad. Enfrentamos valores que parecieron exitosos, desde los valores de los perdedores, de las víctimas, de los olvidados. No es simple y el triunfo no está a la vuelta de la esquina. Pero es imprescindible dar la batalla del espíritu.

Argentina está enferma no solo de hambre y la pandemia. El desafió es construir esos valores sociales respetando la pluralidad, la diversidad…

En fin…, de nuevo… hasta el cansancio… soy porque somos