Por Rosana Herrera

                                                                                                                                          Hacía más de 15 años que no la veía ni sabía nada de ella. Pero desde hacía más de 15 años que su rostro estaba muy presente en mi memoria y en mi corazón.

Desde que ella decidiera que había llegado el momento de soltarle la mano, cuando con lágrimas en esos ojos bellos y tiernos, me dijera: «yo lo dejo, Rosana, ya es momento. Él siempre va a poder, el mundo será suyo y a mí….a mí ya no me necesita. Aunque yo siempre necesite de él y de su recuerdo, por lo que representó en mi vida». Nos despedimos con un abrazo apretado y con la sonrisa de ella que no engamaba con la tristeza de su mirada.

Pasaron más de 15 años y ese viernes ella estaba ahí, del brazo de su hija, las dos paradas en la vereda de mi antiguo trabajo. Como una aparición, como una magnífica aparición que de inmediato me transportara a un mágico espacio de cuadernos, lápices, gomas y de mimos entreverados con sujetos y predicados. Me aparecieron los signos de puntuación haciéndole travesuras a la aritmética. Me aparecieron su infinita paciencia y su mansedumbre queriendo parecer enojada con cada tarea incompleta. No podía…él la podía. Y terminaban la jornada enredados en alguna anécdota cómplice de esa relación sólo de a dos, pero inolvidable para todxs lxs que lxs veíamos.         

Cuánto te quisimos, Cristina, ¡cuánto te debemos, seño Cris! Los seres como vos no eligieron ser maestras, el magisterio las eligió a ustedes para que honren la tiza y el pizarrón.                                       

Entrañable seño Cris, encontrarte (y justo en ese momento cuando él estaba a punto de iniciar el más grande desafío de su vida) no fue casualidad. En tu llanto y en el mío, en ese larguísimo abrazo, me convencí de aquello de que los amores verdaderos superan las  distancias, las  geografías y el paso del tiempo. Porque están siempre ahí…agazapados, al acecho, esperando el mejor momento para hacerse presentes y reencendernos los proyectos de un futuro venturoso.                                                                                                 

Encontrarte ese día fue una bendición y curiosa y «casualmente» por estos días en que las emociones nos acosan a cada instante…anoche  soñé tu sonrisa en una plaza cualquiera, eufórica, colmada de octubres, que festejaba la aplastante victoria a grito pelado y a bailes compartidos. Y pienso que por algo te soñé aquí, en un escenario tan diferente, en este bucólico rincón escondido entre los crotos y las palmeras y con los chillidos de los mandriles, de los pavos y de las comadrejas alegrándonos el desayuno. Les estoy contando el sueño a lxs queridxs cumpas, en esta mesa frutal y colorida, antes de que se termine el ayuno, para que se cumpla (como dice la tradición). Y a pura carcajada y esperanza, brindamos para que volvamos a aquellos tiempos en que celebrar la vida era un rito cotidiano y una empresa colectiva. Y para que esa vuelta sea, definitivamente, sin retorno. De nosotrxs va a depender. ¡Chin-chin!