por Graciela Bialet

En Argentina, cada año nacen algo más de 777.000 niños, o sea  2100 x día, 90 nacen por hora, el 47 % de ellos en pobreza absoluta, según el Observatorio de la deuda social argentina 2017. Afinando datos, durante la lectura de esta nota, sobre lectura e infancia, 45 bebés estarán naciendo en la exclusión total, y según las proyecciones seguirán pobres. O sea, sobreviviendo, con suerte, con las migajas de la otra mitad. Sí. Hay grieta… Y nosotros hablando de la importancia de la lectura. ¿Por qué? Porque, en principio, leer nos arrebata del desconocimiento, nos pone a pensar.

Un bebé que nace en la indigencia, en un contexto marginal, rodeado de peligros y descuidos, ya de por sí, está expuesto a la vulnerabilidad, al desprecio e invisibilidad  social, y a la necesidad de hallar estrategias no siempre legítimas ni saludables de supervivencia (mendigar, dar lástima en los bares). Si supera su primera infancia, luego es estigmatizado, en una segunda ronda de exclusión, cuando en un sector de la población –incluso en la escuela- se oyen sentencias (a modo de mandatos o biografías anticipadas) “pero si [email protected] nacen para delincuentes o putas”. Y si por alguna buena gestión adulta llegan a distintos tipos de coberturas de educación no formal, pueden convertirse en carne de cañón de tropelías, como ser baleados por bailar en la puerta de un merendero cooperativo –como a los niños murgueros de la villa 1.11.14-; o son esos que el ex-ministro de educación Bullrich celebraba en campaña electoral de “meter en la cárcel a uno por día”.

Y nosotros propiciando leer… ¿Por qué? Porque al leer dejamos de ser indolentes; sentimos, olemos, sudamos, odiamos, amamos. Leer activa los sentidos.

Sobre infancias pasadas sabemos por la oralidad familiar, la memoria, y más aún por la literatura que siempre contará mejor la historia, que los propios manuales. Como la de Oliver Twist (Dickens, 1837) niños que llegaban a adultos si sobrevivían salvaje y silvestremente, sin protección y explotados:

“—¿Qué es esto? —preguntó tía Maylie—. Este chiquillo no puede ser el ladrón.

—Los seres más jóvenes y más bellos —repuso el doctor— son a veces las víctimas preferidas del crimen y del vicio.

—Suponiendo que tenga usted razón —dijo su sobrina Rose—, es también posible que este muchachito no haya conocido nunca el amor de una madre ni el calor de un hogar y que el hambre le haya forzado a asociarse con lo peor de la sociedad.

Y tú, querida tía, considera todo esto antes de permitir que se lleven a este pobre niño a la cárcel.” (Cualquier parecido con la actualidad, se lo debemos a este regreso al neo-medioevo del capitalismo feroz).

La vida es nuestro gran patrimonio. Preservarla, protegerla y vivirla, es un mandato moral que requiere gestos, acciones, involucramiento empático hacia la preservación de la vida, la humana y la del planeta, un compromiso contra la violencia, contra todo tipo de injusticia y por ende contra cualquier medida que no defina,  respete y garantice un piso de igualdad de oportunidades para la infancia. Porque ninguno elige dónde nacer.

Cada uno cuenta. Cada niño es una persona en estado de infancia que debe llegar a ser adulta y ejercer su derecho al festín de la vida. Pero nuestros niños viven expuestos a mensajes que a diario dicen que estamos incompletos sin tal o cual mercancía, sin alguna oferta de lo que deberíamos apetecer.  También a expensas de muchos juguetes y malos libros para niños que exaltan estereotipos monárquicos, sexistas, bélicos, ya sea que provengan de versiones de dibujos animados, o de juegos digitales, que propagan la ideología del mercado y la violencia. En los juegos digitales más expandidos se matan a supuestos enemigos (¡orientales o africanos!) como sucede en Call of duty (El llamado del deber);  o el juego Age of empire (Era de los imperios) donde se usurpan territorios ajenos, el jugador es casi siempre un conquistador inglés… Y están en las en formato libro, también.

Y así van nuestros niños, todos domesticados por juegos brutales, por la misma telecaca, por las mismas películas Nexflix que nos inyectan culturalmente a quién amar, qué aspirar y a quién odiar. Atravesados por mensajes de doble discurso, como los de alentar el “Ni una menos” y a su vez, el reguetón versión Maluma cantando: “4 babys: Ya estoy metio en un lío /A todas yo quiero darle /Ya no sé ni con cuál quedarme/ Todas me lo hacen bien /Todas quieren chingarme encima de billetes de cien”.

Es necesario sincerarnos, porque no solo es cuestión de mirar para otro lado porque no nos gusta esa tilinguería, sino que hay que combatir esta enajenación de la infancia con “nuevas” palabras, el arma más poderosa que tenemos, porque desde el comienzo las palabras nos constituyen, resuenan en nuestro cerebro. El NO hablar, habilita a que esos discursos sigan circulando con impunidad y se instalen unívocamente. Hay que contradecir, de frente, embestir con relatos, con argumentos. El mutismo lleva a todo tipo de adicciones: a no poder dormir sin ver telebasura, a no poder parar de comprar cosas, al consumo de drogas legales e ilegales. A mirar para otro lado, porque “esta es mi vida” y “la desgracia ajena me apabulla y deprime… y yo qué culpa tengo…”.

Así nos “anestesiaron” sobre África. Tantas veces nos mostraron tremendas imágenes de esclavitud, de niños esqueléticos víctimas de fatales hambrunas, que precisamente para no sentirnos que somos parte del problema, desalojamos la mirada y también la compasión. Tantas veces nos exponen imágenes de niños sirios en medio de escombros, niños refugiados muertos en naufragios, niñas prostituidas en cualquier calle de Tailandia o en la Triple frontera. Pequeños hambrientos en basurales del conurbano de nuestras ciudades, ¡tan cerca!, que nuestro umbral de dolor emocional deja de latir, casi como un recurso defensivo. Por eso hay que ponerle palabras a todo esto. Para que las palabras sean medicina y reparo. Para que podamos desmadejar la maraña de mentiras.

Y nosotros leyendo, mientras nacen nuevísimos 45 argentinos bebés pobres… ¿Por qué? Porque leer y dar de leer no sólo informa y estimula sentimientos que a su vez producen empatías entre lectores y textos, sino que, precisamente por esos motivos, construye ciudadanía. Y lo hace porque le permite al adulto que lee en voz alta ofreciendo buenos textos, garantizar el derecho a la palabra; y al niño, educar activamente su pensamiento, dialogando con otros a través de los relatos, confirmando así que siempre hay muchos más puntos de vista a explorar que los que establece la realidad cotidiana “globalizada”.

Necesitamos recuperar y redefinir políticas públicas para la infancia. La AUH es imprescindible pero no alcanza. Necesitamos un Ministerio de Desarrollo Social en serio, con menos derroche en pautas publicitarias y slogans, y más trabajadores sociales en cada barrio, en cada pueblo, describiendo las necesidades de la comunidad y enlazando puentes con otras instituciones del Estado para atenderlas; orientando a las familias, enseñando a aprovechar recursos, acompañando a los pibes a volver a la escuela (la deserción en la secundaria trepa ya el 45%, como en los años 90, y el 51 % de los adolescentes argentinos son pobre según Unicef 2017).

Y también leyendo, porque “la lectura es la escuela después de la escuela” (Chartier) y es necesario poder leer cómo se hace una huerta, el carnet de vacunación y también mucha poesía para enderezar la realidad.

Necesitamos un Ministerio de Educación de verdad, no este mal chiste de un ministerio sin escuelas y además ahora sin programas de inclusión, ni distribución de equipamientos, ni tecnología, ni libros. Hay que recuperar el plan nacional de lectura porque leer nos pone en la agenda de vida los recursos y circuitos necesarios para la formación de lectores y ciudadanos libres pensantes.

La infancia no es solo una idea romántica, suele ser un tránsito escabroso. Y los monstruos que allí nacen, nos acompañan toda la vida. Por eso hay que estar más cerca de nuestros niños, no solamente con declamaciones, sino con diálogo, con tiempo de acompañamiento, con presencia amigable, cara a cara, desempolvando al niño que llevamos dentro. ¿Y qué mejor que un cuento para reunirlos? Cuando compartimos un momento de lectura con los chicos, las burbujas del tiempo nos envuelven en su fantástico discurrir, y nos llenan de palabras imprescindibles, las que sentimos, las que necesitamos expresar.

Insistimos en leer. Porque por suerte tenemos la lectura y los libros para hablar de los niños con los niños. Cito parafraseando a Galeano: Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños. El mundo trata a los niños ricos como si fueran dinero, para que se acostumbren a actuar como el dinero actúa. El mundo trata a los niños pobres como si fueran basura, para que se conviertan en basura. Y a los del medio, a los niños que no son ni ricos ni pobres, los tienen atados a las pantallas, para que desde temprano acepten, como destino, la vida prisionera… Mucha magia y mucha suerte tienen los niños que consiguen ser niños.”

Magia y suerte, sí. Pero también nos tienen a nosotros, hablando de la importancia de la lectura… como balsa que mece la cuna del niño que acaba de nacer.