Por Rosana Herrera 

Así se llama nuestra pequeña columna semanal en una radio de mis pagos – auspiciada por Revista La Barraca-que tengo el gusto de compartir todos los miércoles a partir de las 9:00 de la mañana dentro de un programa ómnibus diario: A LA HORA SEÑALADA. Y siento que acompaño la “patriada” de los cumpas comunicadores que, con la sola intención de contribuir a contrarrestar los efectos deletéreos de la artillería desplegada por los medios hegemónicos, se pusieron al hombro este emprendimiento. Y entonces, en media hora, tratamos de acercar a la audiencia, la voz de todos quienes entienden, como nosotros, que la calidad de vida de las personas que viven en sociedad, sólo puede pensarse como una construcción colectiva. Algo así como que la Patria es el Otro, sin tanto fervor militante y con mayor rigurosidad científica.

La semana pasada abordamos el tema SALUD Y COMUNICACIÓN y para ello entrevistamos al Lic.Rodrigo Campos Alvo (Psicólogo, (UNT) Licenciado en Comunicación Social y docente de la Universidad de Tucumán. Especialista en Salud Social y Comunitaria) porque quisimos que nos compartiera su mirada sobre la influencia de los medios de comunicación en las emociones, entre tantas otras cosas que nos afectan en estos tiempos de encierro y por ende influyen en la percepción del bienestar. Y en este marco, como suponíamos, nuestro invitado tenía mucho para decirnos y para aportar al respecto.

Dada la gran repercusión que tuvo el programa, entendimos que resultaría de interés compartirlo con nuestros lectores. Y no podemos empezar a escucharlo a Rodrigo sin  contarles que otro compañero -un talentoso santiagueño por origen y tucumano por adopción-el artista plástico, Luis Vivas, quiso regalarnos la ilustración de esta nota con esta magnífica obra de técnica mixta que se llama El angurriento COVID

CLC: Rodrigo, ¿qué representa la pandemia de coronavirus para la salud mental y qué cuidados tenemos que tener para conservar nuestro bienestar?

Rodrigo: Uno tiene que pensar que cuando un cristal se rompe -un vidrio, supongamos- no lo hace de manera azarosa, sino por sus líneas de fractura. Y si no tenía fracturas previas, por las líneas de debilidad presentes en su estructura. Esto es algo que investigan las ciencias duras, particularmente la cristalografía. Si traigo a colación este dato de otro campo del conocimiento, es porque me parece una analogía muy interesante para pensar que lo que sucede en esta etapa de aislamiento social preventivo y obligatorio, y ciertamente la situación post-pandemia, tiene más relación con lo previo que con la coyuntura. Eso es lo que querría que pensemos en primer lugar: que la cuarentena está poniendo algo así como una lupa sobre nuestras actividades diarias, sobre nuestros vínculos, sobre nuestras limitaciones y las amplifica, las magnifica. Una pareja con problemas o dificultades de larga data, o una familia con ciertas formas singulares de vincularse, va a ver amplificadas sus conductas en una situación de convivencia 24/7 ¿verdad? Pero no podríamos afirmar que es producto de la cuarentena o si ya existía con anterioridad. Así que la primera reflexión que se me ocurre es que antes de “echarle la culpa a Río” -parafraseando el título de una vieja película- pensemos en las líneas de fractura que tenían nuestra sociedad, nuestros vínculos personales, o incluso nuestra propia vida antes de esta situación, y sobre las cuales hemos aplicado un inesperado foco de luz, o se ha puesto la lupa encima, para bien y/o para mal.

CLC: O sea que el distanciamiento social no vendría a generar ninguna situación angustiosa, como acusan algunos medios, sino que pone en evidencia cuestiones que ya existían y las potencia. Si ya teníamos una fractura familiar, con la pandemia o con el encierro nuestra relación se agrieta un poco más, digamos. ¿Deberíamos concluir entonces que no estamos frente a un escenario novedoso?

Rodrigo: No vamos a negar que seguramente va a haber –hay o está habiendo, en estos momentos- mutaciones, novedades, o escenarios inesperados para la humanidad. Pero estamos muy lejos de poder ser conscientes de ellas, de la posibilidad de registrarlas y examinarlas. Un viejo refrán nos recuerda que “si quieres saber del agua, no le preguntes al pez”. Cuando uno está en el medio del baile, no tiene demasiada conciencia de lo que está sucediendo. ¿Sabemos que están ocurriendo cambios en el mundo? Por supuesto. No obstante, no conocemos el tipo de sociedad que emergerá de la etapa post-coronavirus. Nuestro saber se vuelve más conjetural que nunca. Ha circulado profusamente por redes sociales, y puede encontrarse en Internet, un libro digital producto de la iniciativa de un docente de la Universidad de La Plata, que recopila interpretaciones y pensamientos de varios filósofos y humanistas durante la temprana etapa de la pandemia. Lo titularon provocativamente «Sopa de Wuhan», por aquella imagen inicial que la prensa construyó sobre el COVID-19, de que la transmisión del animal al humano había salido de un popular plato asiático hecho con murciélagos. Quien repase las páginas digitales de Sopa de Wuhan se encontrará con pensadores de diversa trayectoria y de distintas filiaciones teóricas intentando echar luz sobre este fenómeno mientras aún se encuentra produciéndose. Tenemos que decir que pasan los días y uno se pone a leer los textos de Agamben y Zizeky hasta nos parecen viejos! Algo escrito y publicado hace escasos dos meses parece arcaico, remoto, inexacto. Matizando mi posición inicial, ¿qué derecho tenemos entonces para decir que no hay novedades? En realidad, vemos presentes dos elementos, un contrapunto entre «no creamos que todo lo que viene ahora es novedoso» y «no creamos que todo lo que viene ahora es simplemente una repetición de lo anterior«, porque también tenemos que tener la mente abierta y estar atentos a estas nuevas líneas históricas que se abren, ya que lo que ofrece hoy el porvenir de la sociedad es fundamentalmente incertidumbre.

CLC: Los especialistas en salud mental deben estar trabajando mucho con la angustia frente a la incertidumbre. O sea, con la necesidad de abarcar o contener a los pacientes-o quizás sea mejor decir a los «padecientes”- ¿se incrementa este sentimiento de angustia frente a la incertidumbre?

Rodrigo: La incertidumbre, dicha en términos coloquiales, sería como «quedarse pedaleando en el aire». Uno tiene, lo quiera o no, ciertas ideas inconmovibles. Nadie se pregunta si al otro día va a salir el sol o no. Nos vamos a dormir, y lo damos por hecho. Nadie se pregunta si al otro día vamos a ir a trabajar, lo damos por hecho. Y así con tantas otras cosas fijas, incuestionables. Y resulta que ahora, a muchas de ellas no las podemos dar por hecho así nomás. Consideremos aquellos anclajes cotidianos, esas rutinas mínimas que teníamos de hacernos un desayuno antes de salir, o de leer el diario mientras tomábamos un café, o charlar con los vecinos, con los familiares o con los compañeros de trabajo. Y un jueves por la noche en el lejano mes de marzo de 2020 nos dijeron «suspendan sus certezas; su vida cotidiana tal como la conocían, a partir de ahora entra en pausa…» Y todo lo que dábamos por obvio dejó de serlo, sin que nadie pueda saber cómo ni cuándo volveremos a la “normalidad”, que por otra parte ya dijimos que no sabemos cómo será. Y así se originó esta incertidumbre global, local, familiar y obviamente individual también, de la que venimos hablando. Hasta aquí hicimos una descripción de este proceso desde un punto de vista más bien general, mirándolo desde arriba. Pasemos a lo estructural del sujeto. ¿Es que acaso siempre tenemos certidumbres? Parece que las “certidumbres” son bastante más provisorias de lo que creíamos. Que no nos las cuestionemos no las hacen más ciertas, sólo las hacen indiscutibles para nosotros. Lo que antes llamábamos normalidad quizás era simplemente una repetición o una secuencia de rutinas con la que estábamos encariñados. Y en realidad no era más normal que un “delirio” individual o colectivo de que las cosas iban a ser siempre así. Angustia frente a la fragilidad, frente a lo precario, eso es con lo que nos movemos todos los días y no queremos verlo. Y ahora, ¡pum!: un baño de realidad, y a repensar todo. Nos encontramos frente a la tarea de barajar y dar de nuevo.

CLC: Todo un baño de realidad, claro. No puedo dejar de relacionar las respuestas que se suelen dar a la angustia, con la patologización de las emociones. ¿No podríamos considerarla un camino equivocado por parte del sistema de salud? ¿La medicalización de la salud mental es la única respuesta posible?

Rodrigo: En patologías graves o crisis subjetivas, no hay duda alguna que una de las respuestas necesarias es la intervención farmacológica. Pero cuando nos referimos a la medicalización de la salud mental no hablamos de rechazar la farmacoterapia, sino de criticar su inédita extensión a través de umbrales diagnósticos más bajos y la creación de nuevos diagnósticos que toman reacciones comunes y normales como un trastorno mental, con grandes implicancias legales, económicas y –por supuesto- subjetivas. Cualquier persona interesada en el tema puede leer las denuncias públicas hechas por el Dr. Allen Frances, notorio psiquiatra norteamericano y un personaje muy importante en esta historia. Hagamos una breve reseña de la situación. En el año 1990, los Estados Unidos decidieron hacer de la investigación en neurobiología una política de Estado. Fue durante la presidencia de George Bush (p), con el asesoramiento de los siempre prestos lobistas de la Casa Blanca. Estos le advirtieron que el futuro de la economía de EEUU estaba puesto o en las guerras -cosa que saben hacer muy bien-, o en las drogas –negocio que también perfeccionaron, pero en el mercado negro-, o en la industria farmacológica. El razonamiento entonces fue: «bueno, de los negocios en blanco que disponemos, invirtamos en este último«. Y así fue que se dispusieron fondos millonarios –al ser declarado política de Estado- para alentar la investigación en neurobiología. De ahí que los años que van de 1990 a 2001, aproximadamente, se los conoce como «La década del cerebro». Y esa inversión generó pingües ganancias a aquellos que habían apostado -porque diría que también fue una “apuesta”- a la medicalización de la salud mental. Nótese que los avances que uno puede percibir que hay en la ciencia, muchas veces son en realidad avances de la tecnología y más que nada de la «psico-tecnología» o la «neuro-psico-tecnología». Es decir, no les interesa realmente el progreso del conocimiento, sino que buscan cómo producir de forma más eficiente moléculas con determinados efectos en el sistema nervioso.

CLC: ¿Y qué consecuencias tiene que los avances sean antes tecnológicos que científicos?

Veamos. Puede que alguien piense: «bueno, pero esto no es nada nuevo«. La ayahuasca, por nombrar un psicoactivo, las hojas de coca o el cannabis, también son formas de lograr efectos en el sistema nervioso con moléculas. Su uso fue y es muy extendido en pueblos originarios, bajo supervisión de un chamán. ¿Si? Pero a diferencia de estas aplicaciones tradicionales, lo que vemos es una industria que persigue fines de lucro, cuyas moléculas están puestas al servicio de generar incidencias en la vida cotidiana. Planteado este contraste, retomemos la pregunta por la medicalización de la salud mental: ¿cómo se hace para ampliar un campo de negocios, un área comercial? Se lo consigue generando nuevos clientes, nuevos consumidores. ¿Y en dónde puede haber nuevos consumidores de medicación? Es sabido: en los pacientes, los enfermos. Y si tenemos un manual diagnóstico que define las enfermedades mentales según parámetros científicos, tenemos limitados los consumidores a lo ya conocido, no generamos nuevos clientes. «Ah, bueno, pues entonces lo cambiamos y en lugar de enfermedades hablamos de trastornos», este último concepto más difuso e impreciso que el de enfermedad, y por lo tanto terreno fértil para desarrollos tecnológicos que generen nuevos fármacos año tras año, a medida que se van venciendo las patentes de los principios activos clásicos. Este diálogo imaginario refleja, sintetiza los cambios producidos en el Manual Diagnóstico de Tratamientos en Salud Mental, una especie de “Biblia de la psiquiatría” conocida como «DSM». La última versión es la número cinco, y fue publicada en 2013. Pregunta del millón: ¿en qué fecha se redacta la anterior, o sea la cuarta edición? Pues en los años noventa. O sea que nos remite nuevamente a las intervenciones de los lobbies farmacéuticos en los Estados Unidos durante la década del cerebro, articuladas con la formación de los nuevos profesionales de la salud mental a nivel internacional, con becas de estudio, viajes y todo el marketing que es ampliamente conocido.

CLC: La ecuación es perfecta y a la vez perversa. O sea, un circuito perfecto, pero perverso en todo sentido, ¿no?

Rodrigo: La perfección en ese caso tiene mucho que ver con esa estructura psicopatológica que llamamos «perversión”. Pretender que no hay imposibles, no hay vacío, no hay falta, no hay angustia. Y que la “perfección» está al alcance de la mano sencillamente comprando un producto farmacéutico. ¿Cuál era el slogan del fármaco estrella en los años noventa, el Prozac? “Fluoxetina: la pastilla de la felicidad”. La búsqueda de perfección, de la excelencia a cualquier costo, de la extensión de la productividad que invade hoy nuestro ámbito hogareño, es la reproducción de un estereotipo, la coagulación de una imagen de lo que «debería ser” la salud mental y por lo tanto qué sería la “enfermedad”. Lo cual nos lleva a una nueva patologización de la vida cotidiana. No a la manera en que la entendía Freud, a través de los olvidos, los lapsus o los actos fallidos. Si nos olvidamos las llaves de casa, ese acto puede tener un sentido como síntoma dentro de nuestras vidas. Ahora, no somos dueños ni de nuestras propias emociones. Un desborde de enojo, la tristeza o incluso la angustia, son potenciales “necesidades” que legitiman el uso de la medicación más novedosa que se encuentre en el mercado. Y ahí el circuito se cierra, perversamente.

CLC: Recuerdo haber leído un protocolo de la Organización Mundial de la Salud del año 2013, con sugerencias para la cobertura de temas de salud mental en los medios de comunicación. Estos medios, ¿cómo influyen en la sociedad, en nuestras costumbres, en nuestra forma de pensar?

Rodrigo: Como seres humanos, construimos la realidad no solamente con los datos de nuestra percepción directa, sino también con información que nos proveen terceros, otras personas. Por dar un ejemplo histórico, piensen en el auge de los diarios de viaje -contemporáneos al nacimiento de la imprenta- como forma de conocer el mundo, países que los potenciales lectores nunca llegarían a ver en persona. La idea de «medios» y «medios de comunicación» ¿qué significado tiene hoy? En principio son un emprendimiento comercial que se sostiene con ganancias, al menos si pensamos en los medios del sector privado. Esas lógicas productivas de la información no pueden resultar ajenas tampoco al contenido, al enfoque o a la información en sí ¿verdad? Pero volviendo a la necesidad de mediatizaciones en el ser humano, un asunto es ver algo con los propios ojos, un accidente, supongamos, y otra distinta es leerlo como noticia. En Tucumán solía usarse hace años en conversaciones cotidianas un slogan comercial de un diario local: «Sí, es verdad, lo dice…» y el nombre de aquel periódico local. Es porque estaba instalada la idea de que si algo salía publicado en un medio entonces era cierto. Por lo tanto, el medio le adjudicaba a un hecho determinado, a un recorte de la realidad, no solamente el carácter de noticia, sino el carácter mismo de existencia. Aquellos personajes farandulescos que llamamos «mediáticos», y que muchas veces no tienen grandes virtudes para mostrar, encuentran justificación de su presencia en los medios a través de los escándalos que arman. Bueno, mucho cuidado con ellos, porque terminan haciendo pasar su propia existencia por el personaje creado para los medios. Volviendo a la pregunta, si como sujetos, individuos y ciudadanos no podemos enterarnos en primera persona de todo lo que pasa en la provincia, en el país o en el mundo, necesariamente delegamos en los medios esa responsabilidad. Construimos inevitablemente nuestra realidad con lo que leemos, con lo que consumimos en medios, plataformas tecnológicas y redes sociales, con lo que escuchamos por radio, podcast o streaming, más que por lo que vemos y percibimos en persona. Ahí es donde aparece otro tipo de discurso que se entronca en lo mediático, pero no pertenece del todo a ese paradigma de la comunicación. Es un discurso sibilino que esconde algo más. Y ese «algo más» generalmente es la búsqueda de una reacción puntual en el usuario, el consumidor, a través de la desinformación, la manipulación, para beneficio de vaya a saber quién, que siempre está por detrás de tal maniobra.

CLC: Personalmente, mucho más que la influencia que tienen tradicionalmente los medios de comunicación en las personas, me preocupa la difusión de falsas noticias, aquellas mal dadas, mal enunciadas y mal intencionadas. ¿Qué efectos tiene en el psiquismo, en lo emocional, la recepción de una batería permanente de malas noticias?

Muy buena pregunta. La psicología norteamericana durante mucho tiempo estuvo representada por el conductismo watsoniano y sus derivados posteriores, pero siempre bajo el mismo postulado: a toda acción, una reacción; para cada causa, un efecto. Y las investigaciones abordaban fundamentalmente el plano de la consciencia, de lo lógico-racional. Bueno, en estos últimos años, es sorprendente constatar que esta misma psicología norteamericana, sin perder su rasgo conductista, ha mutado su interés de lo racional a lo irracional, lo sentimental, lo afectivo. Pero claro, siempre con el mismo ideal pragmático de generar una reacción de acuerdo a los intereses del investigador. Lo que hoy puede observarse es que muchos medios de comunicación se han capacitado rigurosamente en la manipulación de las reacciones de los consumidores, a través de plataformas multimediáticas. Puede comenzar con un título o bajada de noticia que genera interés y opera de anzuelo. Continúa con la imagen adjunta que genera irritación o disgusto en el lector, y finalmente termina asociando, “abrochando” todos estos elementos afectivos en la persona sobre la que trataba la noticia. Hoy más que nunca los géneros noticiosos han sido invadidos subrepticiamente por el entretenimiento y la opinión. Ya no hace falta ver una telenovela –y no lo digo en sentido peyorativo, sino discursivo- para que los medios nos “toquen la fibra emotiva”. Para eso están los noticieros y los programas de la siesta. Esto es válido tanto para las falsas noticias o fakenews como para noticias que no podríamos calificar de «falsas»: ambas buscan tocar la fibra emotiva. Solo que un caso alguien podría objetar «Si, está bien, es una manipulación de las emociones, pero está hablando de un hecho de la realidad. Que esté recortado de cierta manera, no le quita el carácter de ser un hecho objetivable«. En cambio, las falsas noticias además de la manipulación que ya vimos que existe sobre las emociones del lector o del espectador, están basadas en hechos inexistentes, es decir en mentiras deliberadas. ¿Para qué? Para generar a propósito esas mismas emociones con una finalidad que, bueno, a veces podemos suponerla, por los efectos que la manipulación produjo. Y el problema se agrava notablemente con la viralización de contenidos, es decir cuando alguno de nosotros comparte una falsa noticia sin control ni criterio alguno, y esta termina reproduciéndose en forma alarmante con efectos de desinformación, y otras consecuencias igualmente nefastas para nuestra vida en sociedad. Precisamente este tema es objeto de una investigación que estamos llevando adelante con un equipo multidisciplinario desde la Facultad Regional Tucumán de la Universidad Tecnológica Nacional, con el aporte de ingenieros, abogados, psicólogos e investigadores del área de las ciencias de la comunicación provenientes de la UNT. Hay mucho para desbrozar aún en el campo de las redes sociales digitales.

CLC: Cuando hablábamos hace un momento del poder de la industria farmacéutica, pensaba que, junto a los medios de comunicación es una de las pocas industrias que producen tantas divisas en el mundo -si dejamos afuera las ilícitas como la venta de armas y al narcotráfico-. En el caso de los medios hegemónicos, estos consideran a la información no como un derecho, sino como un producto para obtener ganancias con ella. Con esto demuestran un alto grado de perversidad -dicho en el sentido vulgar- y resulta alarmante. Los ciudadanos de a pie estamos inermes frente a eso, estamos en un papel de pasividad que genera mucha preocupación. ¿Cómo hacemos para contrarrestar eso?

Rodrigo: Contesto con otra pregunta: ¿cómo se podría hacer para contrarrestar esos efectos de desinformación si no es con información, si no es teniendo ciudadanos informados, y que conozcan sus derechos? ¡Qué desafío para la sociedad actual la de contrarrestar ese poder de los medios, que amparados en la doctrina del laissez faire terminan aplastando la singularidad de los sujetos y colonizando subjetividades! Esto me recuerda un término que curiosamente emparenta a la psicología y al psicoanálisis también, con otros saberes: el concepto de «alienación». Quizás resulte un término un poco arcaico hoy en día, pero hace no mucho tiempo para hablar de la locura se hablaba de «alienados» y, de hecho, al hospital psiquiátrico tiempo atrás se lo conocía como «hospital de alienados» u «hospicio de alienados». Así tenemos la primera alienación que es cuando el sujeto deja de pertenecerse a sí mismo, para deberse a alguien más. Por lo menos si lo pensamos en términos de una relación subjetiva, ¿no? En las psicosis suele haber voces que intervienen dentro de la conciencia, con mandatos o consignas muy crudas sobre el sujeto: «no servís para nada«, «sos una porquería«, son voces muy torturantes las de las psicosis y no demasiado distintas a las que produce la sociedad con sus mandatos e ideales incumplibles. Así podemos comprender la alienación del yo, del sujeto. Pero varios años antes de que Freud comenzara a pensarlo en estos términos, Marx también había reflexionado sobre el fenómeno de la alienación, en relación con el trabajo. El obrero no es una persona en sí misma sino una mercancía llamada “fuerza de trabajo” y representada como un costo de producción. En la misma línea, el obrero ya no puede reconocerse finalmente en el producto de su trabajo, que le resulta “ajeno”. Pensemos en el modelo fordista de producción industrial en serie, por ejemplo, donde la mano de obra es tan especializada y diferenciada que ningún empleado tiene a su cargo el producto en su integralidad. Resumiendo: tenemos por un lado la alienación del trabajo, a la que acabamos de referirnos, y por otro lado la alienación subjetiva, a la que uno puede llegar cuando no se reconoce a sí mismo en lo que hace, o en lo que es. Para no deprimirse ni entristecerse con este panorama, tenemos que sostenernos en un pensar crítico. Y ese pensar crítico no siempre es hablar, a veces también es hacer silencio. Pero no silencio de callar, eso sería enmudecerse. Es el silencio necesario para poder pensar. Martin Heidegger afirmaba que la ciencia no piensa, calcula, y la opone al pensar meditativo. No vamos a negar la cuota de polémica que incorpora Heidegger a la filosofía, por supuesto. Pero ¿por qué no hacer una pausa para pensar? ¿Por qué tenemos que tener respuestas para todo? Quiero decir, las respuestas pueden advenir en algún momento, y lo harán seguramente. Por eso mismo ¿por qué tiene que ser ya? Ese apuro que tenemos tampoco es nuevo, es herencia del mito de la modernidad productivista. Al final, ¿qué hemos inventado? Si estamos todo el tiempo redescubriendo a los griegos, reinventando al cristianismo, al keynesianismo, al peronismo… Cada época se apropia como puede de los conocimientos y de los saberes de la anterior. Y con todo, tenemos que hacernos cargo del horizonte de nuestra época. ¿Cómo equilibrar la adrenalina que nos produce la multiplicidad de estímulos con estas nuevas soledades que habitamos? ¿Cómo hacer para dar lucha al imperativo de ser productivos todo el tiempo, de estar trabajando incluso hasta cuando dormimos? ¡Y hasta vemos aplaudir el ingreso del home working a nuestras vidas! Bueno, uno podría pensar «no nos queda otra, peor sería no trabajar«. Pero yo estoy proponiendo ir más allá en las preguntas: una vez instalados estos dispositivos de productividad ¿sabremos cómo salirnos de ellos? ¿Cómo hacer para dar lugar a esa actitud de “serenidad” que nos sugería también Heidegger para que la tecnología no devore al hombre? Evidentemente, tenemos bastante tarea por delante.

CLC: A lo largo de la entrevista encontré la confirmación de algunas ideas que intuitivamente ya tenía presentes, pero también descubrí otras perspectivas. Ahora siento que realmente hay un camino para poder sobrellevar todo esto que nos está pasando. ¿Alguna reflexión final, Rodrigo?

Rodrigo: Este sería mi último –y único- consejo: extenderse, no replegarse. Abrirse a los demás, a la experiencia de la otredad. Reconocerse en tanto sujetos, individuos y ciudadanos a la vez que vernos como parte de un todo más grande, donde el otro no sea solo un espejo en el cual mirar lo peor de nosotros, sino aceptarlo también en sus diferencias. Arthur Rimbaud lo dijo todo con un conocido aforismo: “Yo es otro”.

CLC: Rodrigo, muchas gracias. Un placer que hayas estado con nosotros.

Rodrigo: No, al contrario, el  placer fue para mí.