por Miguel Núñez Cortés 

Te conocí en los años 60 del siglo pasado en la Universidad del Salvador. En aquellas épocas la Universidad del Salvador, conocía de controversias y de acuerdos en un punto de confluencia de distintos pensamientos, propio del espíritu de quienes eran sus rectores fundadores: los sacerdotes de la Compañía de Jesús, los jesuitas.

Ahora ya de viejo, y aunque no puedas oírme, aunque sí escucharme, te cuento que fuiste uno de los que sellaron para siempre en mí esa unión indisoluble entre el cristianismo y el peronismo. Este 11 de mayo –si no te hubieran asesinado en 1974 – estarías próximo a tus 88 años. Te mataron a los 44, pues “sabiamente” no podían permitir que tu voz siguiera despertando las ansias de justicia entre los pobres. Y sobretodo sembrando expectativas posibles en el ya y el ahora, y esperanza en un más allá al que todos somos convocados libremente, sin que pasen lista.

Molestaba tu cristianismo encarnado en cada rostro de pobre cuando proponías una salida política. La historia te enseñó que si aquella “utopía” fue posible entre 1945 y 1955 ¿por qué no podía volver a suceder? Y tu mensaje profético se empezó a cumplir entre dolores de parto. Y los pobres vislumbraron que podrían volver a Ser, porque ontológicamente siempre lo fueron. Aunque estuvieran perdidos entre ranchos y basuras, pariendo hijos en el amor incomprendido por los habitantes de los centros urbanos.

Su visión humilde, su visión sobre las realidades primeras y últimas facilitó el sello de una Nueva Alianza. Difícil pero posible. Sin temores ni asechanzas.

Cristianismo y peronismo, nos decía, eran las herramientas imprescindibles para forjar lazos incorruptibles, ciñendo amores y perspectivas.

Carlos Mugica habló de las veces en que Jesús lloró en su paso terrenal. Contó que lloró tres veces y una de ellas frente a Lázaro. Al verlo lagrimear, los que ahí estaban dijeron “miren como lo quiere”, según relata Juan, en 11-36.

Seguramente Carlos Mugica se asombró cuando enfrentó a sus asesinos a la salida de la misa en una iglesia de Villa Luro en la ciudad de Buenos Aires, pero no le dieron tiempo a llorar. Ufanos, sus asesinos cumplieron con el mandato de cegar la vida de quien era motivo de esperanza y resurrección.

Con la muerte de Carlos Mugica, se cumplían las palabras de uno de sus mentores, el jesuita Pierre Teilhard de Chardin:

“¡Levántanos, hasta allá arriba, mediante el esfuerzo, la separación y la muerte; allí en donde al fin nos sea posible abrazar puramente al Universo”

Este 11 de mayo te recordamos. No te olvidamos compañero.

“Míranos cómo te queremos”…

 

Bibliografía para el lector interesado: 

“Carlos Mugica, un cura siempre actual” por Eduardo de la Serna, Coordinador del Grupo de Curas en Opción por los Pobres, en la última página del diario cooperativo Tiempo Argentino de este 6 de mayo de 2018.

“El Inocente”, de María Sucarrat, Editorial Norma, Bs. As., 2010