Por Fernando Cruz Kronfly.

Más allá de la crisis de un gobierno, propongo que estamos ante la crisis de un modelo político y económico socialmente cruel que el actual presidente, su equipo y los gremios económicos intentan profundizar, en la misma dirección de lo que gobiernos anteriores ya lograron. Dicho modelo es el neoliberalismo.

Sin embargo, Latinoamérica y otras áreas del mundo ya empezaron hace rato o comienzan apenas ahora a sentir la crueldad y a resistir los efectos del modelo. Resistencia que ocurre en medio de un contexto que no dudo al juzgar sombrío y confuso. Asistimos desde hace décadas al derrumbe de las utopías políticas revolucionarias decimonónicas y al consecuencial advenimiento histórico de este sujeto hipermoderno contemporáneo, atrapado en el ideal consumista, hedonista, anclado en un presente eterno, narciso, desideologizado, líquido y apolítico. Ya de esta caracterización del hombre de nuestros días se han ocupado ensayistas de la más elevada solvencia analítica.

Más adecuado sujeto humano no pudo haber producido el modelo. Ideal para el logro de sus fines. No es exagerado decir entonces que el modelo neoliberal no se reduce sólo a lo económico y político, sino que opera además como una aplastante e intencional máquina encaminada a producir subjetividad a su medida. Dichosa en el intenso goce de la vida, absorta en la contemplación del cuerpo convertido en templo de todos los cultos imaginables y, por lo tanto, maniatado para confrontar de manera radical el modelo que lo des-regula moralmente, lo libera, le proporciona sensaciones al límite y lo hace sentir tan feliz.

Lo que entonces en términos generales puede esperarse de este nuevo sujeto hipermoderno es que se indigne ante la exclusión, el sufrimiento o el maltrato que el modelo le causa y, por ende, que resista y se manifieste inconforme y deseoso de ser mejor tratado y llamado a manteles. En consecuencia, lo que está en crisis no es el sistema mismo sino la forma, profundidad y manera como éste excluye y margina a “la gente”.

Desde este punto de vista, el capitalismo neoliberal contemporáneo y el sujeto hipermoderno son  almas gemelas que se confunden en una tensa masa de forcejeos y contradicciones menores, en un campo cultural de deseos abiertos y desregulados, goce intenso de la vida, tiempo convertido en momentos y sensaciones fuertes y consumo constante que facilita la dicha y el goce.

Es evidente que el actual gobierno, a través de su denominado “paquetazo in péctore”, es decir oculto entre la manga de otros abrigos y los párpados de otros rostros, ventila públicamente la necesidad de ir hasta el fondo en la implantación del modelo neoliberal.

Y lo hace por boca de los gremios económicos como quien quiere y no quiere mostrar las verdaderas cartas. Todo esto en la dirección de fortalecer los fondos privados de pensiones, convirtiendo incluso a Colpensiones en fondo privado, como ya algunos lo están diciendo; en la dirección de una “necesaria y conveniente” reforma laboral, legitimada mediante el argumento de crear empleo así sea precario; en la dirección de la privatización de la educación superior y, finalmente, en la dirección de una reforma tributaria con “iva” flotando hasta en la cebolla que arropa el arroz de los miserables. Mientras, por otro lado, consagra beneficios tributarios al sector empresarial calculados en nueve billones de pesos, dizque para incentivar la creación de empleo. La profundización del modelo neoliberal necesita máscaras de legitimidad. 

El derrumbe de las utopías sociales y políticas decimonónicas, basadas en miradas de futuro de relativo largo plazo y fundadas en espesas paciencias populares retenidas, aplazamiento del sufrimiento y esperas propias de las ilusiones fincadas en la esperanza de un “luminoso” porvenir, se ha cumplido. Este derrumbe, digo, se ha cumplido.

Muy poco o casi nada de aquellas utopías, configurantes de un sujeto histórico colectivo, habita hoy el imaginario popular. Como bien sugiere Chul Han, en el enjambre social digital de las redes tenemos hoy multitudes y no masas. Todo lo cual deriva en el actual ser humano instalado en lo que George Steiner denominó “frenesí del instante”, anclado en un presente eterno que le pide o exige a los gobiernos, con todo derecho, mejores condiciones para un digno y más feliz vivir. Esto termina haciendo masa legítima con el reclamo ecológico ambientalista y la transparencia ética. Sobre todo esta última, para que los dineros públicos no se dispersen en saqueos y apropiaciones privadas criminales que terminen afectando los presupuestos que deben destinarse a lograr una mejor forma de vida común.

En nuestro país se ha producido, en este orden de ideas, un levantamiento popular que no se propone la derrota del “sistema” sino impedir que se profundice la crueldad del modelo neoliberal que este gobierno, su equipo y los gremios privados pretenden llevar al límite. Modelo tantas veces asociado no sólo a la descarada corrupción en el festín de los contratos de obras públicas y privadas, sino a la inhumana crueldad inherente a él. Y que, para ser justos, viene entre nosotros caminando desde años atrás y que se apoderó de casi todas las economías del planeta, atrapadas en las lógicas voraces de los organismos mundiales de financiación.

Este conjunto de cosas ha llevado a que tengamos hoy un mundo sin aire respirable, sin agua potable, con formas de neo-esclavitud en el trabajo en los países que se muestran más “competitivos” en los mercados sin fronteras. Un mundo de océanos convertidos en basureros, en el que los seres humanos se auto-exprimen en el trabajo, atrapados hasta los huesos en discursos de autoayuda que conducen al cumplimiento de metas e indicadores inalcanzables. Un mundo de seres humanos manipulados como nunca antes, en el cual media humanidad come basura “en el nombre del desarrollo” y la prosperidad económica que se aplaude a sí misma en  “en el nombre” de los indicadores positivos de crecimiento.

En el modelo neoliberal y en los países “en vías de desarrollo”, el crecimiento económico no se refleja en inclusión social ni en mejoramiento de las condiciones materiales y espirituales de vida. En los modelos social demócratas realmente existentes, en cambio, el crecimiento económico se ha reflejado en bienestar e inclusión social. El tema de los modelos introduce un debate que se podría revivir.      

Al escuchar la naturaleza y el alcance de los reclamos expresados por los manifestantes colombianos “inconformes” a lo largo de calles, parques y avenidas, así como al presenciar en imágenes las expresiones de resentimiento y rabia destructiva vertidas en la oscuridad subyacente de la pulsión inconsciente de muerte y destructividad, concluyo que es plausible interpretar el momento que vivimos alrededor de las anteriores hipótesis.

La copa de la indignación social se ha derramado, pero quienes la arrastran por las calles entre gritos, canciones, danzas,  ya no tienen utopías políticas ni sociales que guíen sus pasos para imaginar el futuro, porque el futuro es hoy una dimensión del tiempo que se desacreditó. La vida es para vivirla ya y ahora mismo. Y se vive la vida si se goza. Pero la copa de la paciencia se rebosó y hay indignación y mucha rabia.

Hemos quedado des-utopizados, es cierto, al  menos en el sentido de los viejos relatos y utopías convencionales. Muy pocas de las promesas modernas fueron cumplidas. Hay en el ambiente un inmenso déficit y una deuda social impagable. Por esto mismo, a pesar de la caída de las utopías hoy nos mueven dolores comunes, derechos y deseos no resueltos, sufrimientos e intereses no menos importantes que las viejas utopías aunque incapaces de guiar la acción humana en contra del “sistema” con el fin de destruirlo y fundar un “mundo nuevo en poder de un hombre nuevo”. Esto se acabó.

Se trata ahora de morigerar el modelo, de impedir que se profundice en su crueldad, de resistir. Por lo tanto, ha llegado la hora del pulso y la negociación entre las fuerzas sociales, por una parte, y por la otra el gobierno, su equipo y los gremios económicos, comprometidos con llevar hasta el fondo el modelo neoliberal en que están encandilados, si es que acaso dicho modelo tiene fondo. Y lo digo así, por cuanto la inhumanidad y la crueldad en la historia parecen no haber tenido fondo.

Es claro que el modelo neoliberal se retuerce aquí y allá, y que contra sus abusos y miserias se levantan fuerzas sociales que resisten. Esto es lo que vemos en calles y avenidas. Y es en esto que por ahora consiste su crisis.  

En el caso colombiano (Argentina, Chile y México son asunto diferente según ciertas especificidades) ocurre algo muy particular: el modelo neoliberal tiene enfrente una Constitución Política garantista acordada en 1991, derivada de una negociación social. Este es un punto esencial para el análisis de la crisis que vivimos, pues mientras por un lado el gobierno, su equipo y los gremios económicos pretenden profundizar el modelo, de todo lo cual “se escuchan ruidos” en los naipes que se juegan por debajo de la mesas, los variopintos sufrientes del modelo montan protesta de resistencia preventiva.

La Constitución Política de 1991 ampara no sólo el derecho a la movilización pacífica, sino los denominados derechos fundamentales sociales y laborales constitucionales. Desde este punto de vista, se entiende por qué  razón sectores de la extrema derecha política nacional encuentran en la actual Constitución un estorbo en el camino de profundizar el modelo neoliberal.

Motivo por el cual resulta preocupante que en medio de la crisis, la confusión coyuntural y el legítimo malestar, no falten quiénes desde el centro e incluso desde las izquierdas democráticas propongan, con cierta inocencia política, una nueva Asamblea Nacional Constituyente. Y todo esto sin que se haya agotado y vuelto realidad lo que en términos de garantías sociales e individuales la constitución de 1991 consagró.  Entre esto, el derecho a la movilización misma.

Lo que debemos preguntarnos, entonces, finalmente, es hasta dónde el gobierno, su equipo y los gremios económicos, están dispuestos a echar pie atrás en la profundización del modelo neoliberal. Se trata de un pulso social, de una negociación encaminada a detener, hasta donde se pueda, la crueldad del modelo.

El autor es escritor y profesor colombiano