Por Rosana Forgas

…Veni charlemos, sentate un poco, ¿no ves que sos mi semejante?… Es un asombro tener tu hombro y es un milagro la ternura, sentir tu mano fraternal, saber que siempre para vos, el bien es bien y el mal es mal.

Eladia Blázquez (A un semejante)

A pesar de haber transcurrido toda mi niñez, mi adolescencia y de ser egresada de una histórica escuela que lleva su nombre, nunca me gustó la letra del Himno a Sarmiento, esa que aprendimos a cantar desde muy pequeñas. Porque no creo que el ingenio de nadie ilumine la razón de nadie en ninguna noche de ignorancia, ni mucho menos que, en la contemporaneidad, haya que luchar con la espada para ver grande a ninguna Patria. Aunque sí (como el gran maestro que veía en la niñez su ilusión y su contento), creo fervientemente en los valores de la pluma y de la palabra como herramientas de persuasión y de militancia para todas aquellas que podrían, excepcionalmente, ser tomadas como verdades incuestionables. Porque en tiempos normales todo planteo que conlleve interpretaciones personales se torna relativo y resulta hasta irrespetuoso pretender imponer nuestras convicciones al otro, (tal vez por eso mi atávico desagrado cuando se entonan esas estrofas que parecen aceptar la existencia de verdades absolutas, las que “una suerte de profetas”. nos ayudan alguna vez a descubrir).

Pero hay circunstancias en la vida de las sociedades, como la catástrofe sanitaria que estamos atravesando, donde el orden de las cosas se altera tan categóricamente que no sólo cambian nuestras costumbres y se modifican nuestras rutinas, sino que se generan acciones por parte de los gobiernos nacionales y provinciales cuyo impacto no puede evaluarse con indicadores estándares y, mucho menos, mientras se están ejecutando. Muchísimo menos puede pretenderse darles un encuadre excluyentemente jurídico a instrumentos legales generados en resguardo de la vida las personas. Y mucho más, resulta inaceptable que se esgriman razones de estricta índole constitucional, tratándose de situaciones absolutamente excepcionales y por demás preocupantes, si consideremos el millonario saldo de muertos y de economías derrumbadas que está dejando la pandemia.

El planeta no registra antecedentes de normas de procedimiento frente a conductas sociales disruptivas (como las de los antivacunas, los anticuarentenas y demases) que conviven con la permanente mutación del agente patógeno que nos tiene patas para arriba, y con una población asustada y expectante que mientras hospitaliza y/o entierra a algún ser querido, escucha hablar de libertades individuales y se escandaliza con la falta de empatía de su semejante. Del otro, de ese paisano que parece un fundamentalista que, ya sea en repuesta al odio inducido por los medios hegemónicos a dosis diaria, a algún dogma religioso que practica, o por simple ignorancia, no alcanza a comprender que nada está estandarizado, que las acciones sanitarias se ejecutan día a día según tácticas y estrategias consensuadas entre la OMS y las sociedades científicas porque ese modus operandi es el imperativo del avance de un virus con una alarmante capacidad de daño.

Es así como inmersos en el escenario sanitario más trágico de la historia de la humanidad, los gobiernos de Tucumán y de Buenos Aires dictaron decretos de necesidad y urgencia que establecen la obligatoriedad de circular por ambos territorios provinciales con un pase sanitario que acredita la condición de ciudadano comprometido con una realidad muy preocupante. Porque hoy, ser un adulto responsable y solidario implica estar vacunado con el esquema completo, y cumplir con todos los protocolos establecidos por las autoridades competentes, para recién pretender acceder a los beneficios que nos ofrece vivir en comunidad.

Apenas estas medidas entraron en vigencia, aparecieron manifestaciones de grupos de personas que parecen ser sordos frente a estas verdades que sí deben gritarse para iluminar la razón en la noche de ignorancia. Una larguísima noche que parece no darle tregua a la inmensa mayoría de la humanidad que sí se vacuna.

Lo decimos siempre y lo vamos a reiterar cuántas veces sea necesario: el estar vacunados no nos garantiza no contagiarnos ni tampoco que no contagiemos a otro, pero sí nos asegura que, de contraer la enfermedad de nuevo o por primera vez, la transitemos con síntomas leves, seguramente en nuestra casa, sin tener que ocupar una cama de una unidad de terapia intensiva que pueda hacerle falta al otro. Evitando así que se congestionen los servicios y que eventualmente pudiese colapsar el sistema de salud a raíz de la exagerada demanda. Cosa que no ocurriera en ninguna etapa de la pandemia a pesar de haber recibido del gobierno anterior un área desjerarquizada y por ende desfinanciada y prácticamente devastada.

 A estas alturas resulta indiscutida cualquier afirmación que defina al programa de vacunación como una gran barrera sanitaria y que señale taxativamente que estas acciones de prevención de la enfermedad y de promoción de la salud son pilares fundamentales cuando pretendemos hablar de salud pública desde un sentido profundamente humanitario.

Yo no me resigno a pensar que no pueda persuadirse a este puñado de congéneres que tienen estas conductas tan impiadosas e insensatas; yo estoy convencida que debe haber recursos infalibles, (pero que desde luego no los tiene esta columna), como para que no lleguen a vacunarse por obligación sino porque se convencieron de que nadie se salva solo y que todos y cada uno de nosotros somos los protagonistas principales de esta epopeya que todos los gobiernos populares están llevando a cabo para derrotar a este enemigo tan invisible como feroz.

Por ahora y hasta que ese recurso aparezca en manos de quienes tienen la responsabilidad y la posibilidad de encontrarlo, nos regocijemos con las cifras del incremento de vacunados que nos arrojan las noticias que provienen de las dos provincias pioneras en esto de imponer “verdades absolutas” que no dan lugar a discusión, como sugiere ese himno que a mí nunca me gustó cantar.

Pero nobleza obliga y chauvinismos de lado, al término de esta columna ya se conoce que en el viejo continente se están implementando las mismas medidas coercitivas ante la ola de contagios de las nuevas variantes. A lo mejor así, los que viven soñando con el primer mundo, empiecen a reflexionar sobre qué cuernos es esta cosa de la otredad.