Por Rosana Forgas

Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose

Julio Cortázar

En esta columna hemos hablado sobre la importancia capital de la palabra como herramienta terapéutica, como vínculo literario y como arma de la política y hemos insistido en que siempre deberíamos medir su capacidad de daño antes de lanzarla sólo con pasaje de ida.

Aquellos que nos sentimos abrazados y abrasados por ella -sobre todo en estos inviernos tan crudos- estamos obligados a morir en el intento de acariciarla y nos obsesionamos con colocarla en el espacio apropiado para que entre entera, sin sobrar nada, ni una letra y, en ocasiones, hasta trabajarla como una suerte de sastrería a medida.

Los cuentadores sufrimos mucho el fantasma de la hoja en blanco, sobre todo los que contamos historias todas las semanas porque -no sé si les pasa- durante la pandemia los días o se alargan o se acortan y da la sensación que no tienen nunca la misma duración, pero que son todos de la misma intensidad.

La coctelera de sentimientos en la que estamos sumergidos es tal, que la rutina de una columna semanal te marca, no sólo sentarte a la máquina y deleitarte con las teclas -una suerte de caricia con ruidito cuando te asalta la inspiración y de tormento mudo cuando no aparece-, sino también seleccionar cuál de los temas vas a encarar. Porque las anécdotas y la sucesión de acontecimientos te atropellan y te exigen que les des prioridad -entonces vos te atormentás intentando hacer una buena elección y lograr conmover, aunque sea, a un par de lectores-.

Creo que no conté que asisto a un taller literario que ya desde el nombre que eligió su coordinadora, -Natalia Zanotta, la Colorada-, sentís que te cobija y que te da guarida. El Refugio de la Palabra nos reúne semana a semana a un puñadito de soñadores que con el pretexto de escribir mejor y de leer distintos autores, logramos transmutarnos en metáforas y salir oliendo a poesía casi sin darnos cuenta, simplemente por compartir confesiones a mano alzada. Esas que parecen estar agazapadas dentro nuestro, esperando que las pongamos en palabras.

Esta semana le tocó a uno de mis preferidos, -al que casi le adjudico la culpa de mis delirios literarios- Hernán Casciari, un cortazariano de ley, ex bloguero irreverente que usa la palabra como brocha para pintarnos unos paisajes cotidianos que son una delicia, cultor de esa literatura costumbrista que tanto amo y que ayer, desde su magnífico texto, Las cosas que salvamos de un incendio y con la complicidad del disparador de la profe, me llamaron a charlar estas cosas con ustedes.

Y no pude dejar de pensar en la seducción que me genera quedarme largo tiempo mirando el crepitar de los leños en la salamandra; en el encanto de esas fogatas con las amigas; en el humo de los carbones que anuncian asado, brindis y carcajadas; o en el embrujo de las historias de amor -con abrazos y con brasas- de Todos los fuegos, el fuego donde podemos encontrar a un Julio Cortázar ardiendo en todo su esplendor.

Pero debo confesar que, siendo gallo de fuego en el horóscopo chino, debería tener una cultura fueguística mucho más vasta y no esperar a que vengan Hernán y la Nata a hacerme reflexionar…

El caso es que como uno no domina a la mente, las más de las veces se escapa de donde la dejamos mientras nos preparamos un café y, cuando volvemos a la computadora, ya voló muy lejos, pensando en otros fuegos que no fueron y en una injuria que sí fue.

Y entonces me acuerdo que la consigna era escribir sobre “qué me llevaría yo si mi casa se estuviera incendiando” y creo que recién ahora tengo la respuesta. No me llevaría nada porque todo lo que amo me habita, los recuerdos -los buenos- se alojan cómodos entre las arterias de la cabeza, como se ubican los afectos -no hay buenos y malos- entre las arterias del corazón.

Si mi casa se estuviera incendiando con fuego -y no con realidades- procuraría dejar cosas y mientras huyera del horror seguramente volvería la mirada para confirmar que se desintegran.

Y entre esas cosas que pienso dejar -dejo el potencial porque de este infierno mundial vamos a salir- están las imágenes con sonido de todas las infamias que se dijeron sobre un plan inclusivo, maravilloso, solidario que brindaba a la mamá y a su bebé todo lo necesario para mejorar la calidad de vida y disminuir la mortalidad infantil por colecho en los hogares de los más desprotegidos. Un plan que empezó en 2015 y que sólo duró seis meses por la falsa denuncia de una odiadora serial como Graciela Ocaña, -actualmente imputada por enriquecimiento ilícito y defraudación al Estado-

Con seguridad dejaría todas y cada una de las declaraciones de los hoy dirigentes opositores y de su prensa adicta, que por aquel entonces acusaban de presuntos asesinos a quienes tenían responsabilidad de gestión. Y que seguramente habrían entristecido al jovencito autor de la idea, Tiago Ares, fallecido meses después de su implementación.

Entre las llamas vería desparecer todas las ofensas, los despropósitos y la pornográfica orden judicial de un abominable juez, ya fallecido también, que dispusiera la quema de 60.000 kits del Plan Quinitas.

Pero como tengo poco tiempo para ponerme a resguardo, mejor dejo que se exterminen con el fuego los cuatro años de exterminio macrista, así, sin disculpas por la redundancia. Porque no quiero que tanta palabra sólo redunde en intenciones, sino que florezca en acciones que nos inviten a luchar mientras nos quede una gota de vida. Para que al calor de la lucha popular se alumbre una nueva patria más justa, más soberana y más igualitaria.