Por Rosana Forgas

La medida de lo que somos, es lo que hacemos con lo que tenemos

Vince Lombardi

Lo dije varias veces en este rincón de reflexiones en voz alta: a veces la inspiración se nos presenta vestida de gala y nos invita a danzar con ella un adagio lujurioso en el teclado que sucumbe a sus pies, fascinado ante el erotismo de las palabras que trae entre los brillos.

Otras veces, de overol, hay que salir a buscarla y encontrarla entre el variado menú de situaciones que se viven en una realidad por demás vertiginosa y agobiante. Y es cuando hay que laburarla y sudarla para elegir el tema que más le calce a tu talle de escribidora. Y son tantas las cosas que sopesás… que no sea un tema remanido o que tenga impacto o que resulte interesante o que, si hay varios opinando sobre lo mismo, tu opinión signifique un aporte o que no sea una opinión sino un dato. O que reúna en una sola nota todo ese odioso listado de condiciones. ¡bingo!

Cuando nada de eso pasa –y el tiempo no para– haciendo valer tu condición de amateur, decidís sacarle la lengua al deber ser y escribir sobre lo que que se te rebaja la gana -abusando de la buena voluntad de tus lectores que, a estas alturas, ya te bancan cualquiera de tus delirios periodístico-literarios.

Es que esta semana realmente me revolvieron el hígado -al decir de mi amada abuela paterna- las declaraciones de la Betty, esa pobre mina desquiciada por el odio agravado por el paso de los años -tan impiadoso con algunos personajes macabros como ella-. Y desde entonces es que pienso en todas las Sarlo que me rodeaban y yo sin saberlo siquiera. Algunas con las que compartí pupitres, recreos y fiestas de egresadas, por lo que por mucho tiempo me quedé con la idea boba de que teníamos muchas cosas en común.

Y me sigo sorprendiendo cuando me cuentan -porque hace rato que las arranqué de mi vida de un tirón, con ritmo de bolero y todo- que tienen expresiones muy parecidas a las de esta otrora respetada intelectual. Y ahicito nomás que se me las aparecen con sus decires tan repulsivos, es que pienso en mi romanticismo congénito de suponer que, porque alguna vez nos convidábamos tutucas y manzanas acarameladas, de adultas también debiéramos convidarnos los sentipensares, -al decir de mi amado Galeano-

Así que me acurruco en los nuevos nidos que hacemos los militantes para resucitar cada vez que nos golpean, y que sean ellos los que me ayuden a mirar la realidad -la puta que fiero que me agarró hoy el Eduardo- que es cruel y es mucha y a los odiadores que les garúe finito y que sigan apostando al fracaso

Yo, terminando setiembre, prefiero imaginarme los octubres que vendrán, como el que empieza mañana: saliendo de la peor pesadilla global, con los números de la muerte amainando de a poco y celebrando que ahora contamos los días con la falta de esas cifras que tuvieron en vilo a la humanidad toda.

Y volviendo la mirada a nuestra casa, recordemos que la Argentina está sangrando desde hace rato y que eso no es ninguna novedad. Que no tiene que venir ninguna ensayista o escritora de culto, -devenida en anciana decrépita- y con mucho espacio en los medios hegemónicos, a pedir por nacimientos en silencio y a añorar viejos modelos de primeras damas caritativas para saber cuánta hemorragia debemos detener y recién empezar con la cirugía mayor en el corazón de una patria devastada

El daño que la derecha viene asestando en el pecho de los argentinos suena a balazo o a cuchillada artera y es más peligroso por sus acciones secuelares que por las propias heridas. Consecuencias como el odio, la indignación irracional, la furia, la impiedad de los más poderosos y el hambre, la resignación y el desconsuelo de los más vulnerables, no son responsabilidad de la pandemia. La tragedia sanitaria sólo vino a desenmascarar algunas situaciones que a muchos no nos sorprenden. Pero una pausa tan larga, la economía apenas sobreviviendo del exterminio de cuatro años de macrismo, la prensa canalla y necrofílica a sueldo del poder real, la podredumbre del poder judicial perdiendo la mayúscula, lo irremediable de las ausencias, las emociones a flor de piel, los precios obscenos, los niños con su rutina cambiada, la escasez de abrazos, las sonrisas escondidas… –¡¡puuuff!! tantos etcéteras- debían tener su correlato en las urnas el pasado 12 de setiembre.

Y la puta que fue así.

Pero no es momento de analizar por qué pasó lo que pasó, no hay tiempo para diagnósticos de los sempiternos trasnochados de las redes sociales que esconden sus frustraciones mostrando que saben una página más que el libro. Y que dan cátedras de políticas públicas y de pobreza estructural mientras eructan la birra frente al teclado o escupen el celular parados en un semáforo.

No, muchaches, es tiempo de arremangarse y de seguir remando, ahora volvemos todos a ser grumetes -ni para marineros nos da el piné- porque nos alejamos de la orilla, el conductor hizo algunas maniobras equivocadas y la tripulación desconcertada, decidió no subir a cubierta. Se quedó en los camarotes, desilusionada y rumiando desesperanza y nosotros, como en los setenta y en los noventa, debemos ponernos a su entera disposición, al menos entusiasmándola. Y prometiéndole que la vamos a volver a enamorar. Aunque sea con información para que no encallemos de nuevo.

 Así que por ahora sólo se me ocurre compartir la más importante del infinito y más allá -al decir de mis amados nietos-: Hoy se va setiembre con más de 300 hospitales en la provincia de Buenos Aires con las UTI sin covid. ¿Qué me contursi, nos vemos el 17 en la calle?

Taqueloparió, recién me avivo que hoy ya es jueves y ni siquiera una letra escribí para La Barraca…