Por Rosana Herrera

«Nunca nos fuimos, era sólo la pandemia»

Gustavo Abrevaya

Esta nota se está escribiendo antes de saber cuán llenas de compañeros y de compañeras que quieren renacer, estarán las plazas de mi país esta tarde.

De militantes que quieren resucitar en las geografías que siempre definieron su identidad: las marchas multitudinarias con olor a choripanes y con los paños albicelestes de la Patria en vuelo triunfal. Y, en esta oportunidad, con sabor a revancha.

Los que nacimos y crecimos con el ritmo vertiginoso de la historia de los 70 sufrimos, con seguridad, sentimientos muy encontrados durante los tiempos de encierro obligatorio.

De esos cuando las sonrisas quedaban atrapadas detrás de los tapabocas, las manos se restregaban al son de dos felizcumpleaños seguidos y los codazos y los puños reemplazaban a los abrazos. En esas horas aciagas donde las gotas de alcohol se esparcían frenéticas ante cada acto que se salía de la rutina.

Cuando todos éramos sospechosos para alguien y/o portadores de desconfianza. Y cuando nuestro amor, nuestro respeto por el otro, nuestra obsesión por no lastimarlo, nos exigían permanecer bajo cien cerrojos, frenando nuestra esencia que clamaba por salir a las calles.

Y, sin embargo, se las cedimos a una horda de odiadores que, envalentonados con nuestra ausencia, le gritaban al mundo que nos tenían encerrados, que se había inventado un virus, que se pretendía envenenarnos con vacunas de dudoso origen y tantos despropósitos como etcéteras. Toda bandera del odio parecía funcionar como excusa para vulnerar a todo un pueblo sufriente que ama la vida.

Y les prestamos las calles a ellos y nosotros no salimos a agradecer los cuidados ni a reclamar causas pendientes. Recién pudimos encontrarnos, ya vacunados, el glorioso 17 de octubre pasado, cuando con todos los recaudos y contra todos los pronósticos los obligamos a que nos las devuelvan.

Porque son nuestras. De los convencidos, de los apasionados, de los sudorosos, de los laburantes, de los nostalgiosos, de los negros choriplaneros, de la grasa militante, del camionero que se abraza con el jubilado, de la niñita que agita su bandera a turucuto de su papá quien canta desaforado la marcha peronista.

De la señora que limpia los baños en la terminal. Del estudiante, del profesor, del comerciante. De los trabajadores que recuerdan a los únicos gobiernos que les otorgaron derechos. De los investigadores que celebran la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, el lanzamiento de satélites, el financiamiento del sector.

Del sistema de salud que fuera recuperado en cada unidad que sostuvo la pandemia. De los pequeños y medianos empresarios que sobrevivieron gracias a políticas públicas que piensan en la patria productiva y no en la patria financiera.

Es de los que nos sentimos el aliento, nos apenamos con las penas ajenas y celebramos los logros del otro. Era hora de volver, era hora de vencer, era hora de cantar victoriosos, sorteando obstáculos y capitalizando derrotas. Pero, sobre todo, demostrándole al enemigo que hay peronismo para rato. Queda un largo camino por recorrer hasta poder emerger de la crisis. Nada será demasiado fácil con el nuevo escenario.

Nada puede ser tan difícil como con el escenario anterior. Pero aquellos que sentimos que llegó la hora de empezar a cumplir las promesas que quedaron sepultadas por la tragedia sanitaria más colosal de la historia de la humanidad, debemos ser los primeros en expresarnos de ahora en más. Y gritar que, por fin, llegó la hora que el gobierno de todos se ponga los pantalones largos para empezar a construir ese mañana que incluya todas las voces.

Ese mañana por el que votamos ayer y que hasta hoy quedó supeditado a esta guerra biológica fenomenal que aún no termina. A partir de ahora no hay pretextos para no institucionalizar el único frente político que puede estar de pie, unido y fortalecido desafiando las matemáticas electorales. Y que abarque a todos los sectores que venimos marcando el rumbo. La militancia está más viva que nunca y el 2023 empieza a dibujarse con trazos firmes. Mientras escribo mi columna, veo de reojo las imágenes aéreas y los comentarios de la plaza de la victoria. Y mientras termino de pensar en voz alta con ustedes, como todos los viernes, una vez más, agradezco que el GPS de mi cigüeña le haya indicado largarme en una de las chimeneas de este lado de los sueños.