Por Rosana Forgas

Yo sé que ya les hablé de Rubén, pero no importa mucho porque mi proveedor de insumos básicos no carnívoros es un personaje muy emblemático, instalado en su ahora recién techado local, en diagonal a la placita de la Iglesia. Placita que también es un emblema porque en los primeros años, recién mudados, solíamos ir a caminar a la oración con mi compañero, pero el altor de los pastos hacía la delicia de los mosquitos que se retiraban pupulos de nuestros hematíes y plaquetas y nosotros quedábamos anémicos y al borde de un ataque de hambre. Por lo que no era negocio porque volvíamos desesperados a atacar la heladera y recuperar con creces los miligramos perdidos en la caminata. Así que como todo intento aeróbico en esta familia de sedentarios no asumidos, terminó en el consabido cuando íbamos….

La cosa es que desde que el despertador pasó a ser en casa un adminículo casi en desuso porque yo manejo mis horarios y no ellos a mí, voy yo a hacer las compras (no quiero decir que me jubilé porque no me gustan las ostentaciones).

Así que, volviendo al papá de Santiago, Don Rubén, el que me tiene separados los zapallitos que a mí me gustan, debo aclarar que era mi enemigo íntimo y que hoy por hoy, por obra y gracia de mi incansable sacerdocio, es uno mis mejores amigos.

Lo que pasa es que él estaba muy enojado cinco años atrás porque en el Mercofrut estaba todo por las nubes por culpa de los dos pebeís que había robado la yegüa y que había enterrado en el Calafate. Según lo que decía Lanata y lo que le contaba el contador de la otra cuadra que sabe mucho porque el hijo trabaja en la Scania. El señor en cuestión es un empresario vernáculo de mucha fama y poco prestigio, de comunión diaria, benefactor de varios comedores infantiles y poseedor de varias causas judiciales pero que a Rubén lo encandilaba con su manantial de sabiduría. Aunque… doñita, a veces me habla con palabras que no le entiendo porque está siempre muy enojado, ¿de verdad no cree que es malo vivir con tanta bronca?

Ese fue la primera ventanita que me abriera por allá por 2017, luego de que su hijo lo puteara en colores porque el que se vivía quejando era él. Por un tiempo yo le metí los cuernos con las hermanas jujeñas, las de más cerca de la avenida que, si bien tenían las chalas de los choclos desparramadas en la vereda … la foto de Néstor y Cristina abrazados arriba de la balanza, me hacía olvidar que había que hurgar media hora entre las berenjenas para completar el cuarto kilo de tomatitos cherry.

Las militantes no sabrían de higiene y de organización verdureril, pero les aseguro que uno entraba por cebollas y salía con una lección de peronismo que justificaba el mal rato. Tampoco sabían mucho de geografía porque mirá que pretender atraer a los clientes con la famosa foto del abrazo y en el altoparlante, Iván Noble con Avanti Morocha ¡¡a todo lo que da y en Yerba Bueeeena!!  El caso es que a las pobres les duró poco la aventura populista en la ciudad más gorila de estos pagos y se anduvo diciendo que se volvieron a su Yala natal. Y es por eso, en realidad, que tuve que volver con la frente marchita y rogar que sea Santiago y no el viejo cascarrabias el que me atendiera. Pero, como les decía, el contador empezó a fastidiarlo con sus cuentos y me lo fui ganando de a poquito con sólo explicarle que lo estaban confundiendo, qué significaba el concepto de PBI, qué pasaba con lo que él veía en la televisión y me quedaba un rato largo pidiéndole que comparara cómo estaba con la yegüa y como estaba con Macri, en fin… detalles sin importancia. Lo cierto es que por aquel entonces cuando aún mi jubileo era un sueño muy lejano, iba los domingos a la mañana a practicar la micro militancia o… digo a hacer las compras y así, preguntas van, respuestas vienen, llegó este virus a cambiarnos la rutina y de nuevo tuve que abandonarlo por un tiempo y resignarme al delivery porque no me asomaba más que hasta el portón. (Era la época en que lavaba las uvas una por una con detergente y virulana).

Cuando recobramos la vida “normal” al primer lugar que volví fue a lo de Rubén. Y créanme, era otra persona, hasta más joven lo encontré. Acababa de techar al boliche y me mostraba orgulloso las nuevas estanterías, no tenía ese gesto adusto que lo identificaba durante los cuatro años de exterminio, estaba muy plácido es que a pesar de la pandemia no me puedo quejar, doñita, mientras muchos cerraron a nosotros nos va muy bien. ¿Sabe cómo nos acordamos de usted con el Santi? 

La cosa no termina ahí, aparte de sentirme realmente muy emocionada por la recepción de entonces, casi me desmayo cuando me confiesa con una sonrisita socarrona que él me tenía que contar un secreto. Y se va hacia el mostrador, busca su celular y me pregunta si quería saber a quién tenía de fondo de pantalla. Sin esperar mi respuesta me muestra a Evita en el balcón y antes de que yo pudiera reaccionar, pone en el ringtone al vozarrón de Hugo del Carril cantando la marchita. Yo no entendía nada y entonces me dice: yo no le quería contar, yo siempre fui peronista pasa que estaba con mucha bronca con todo lo que oía y nadie me explicó tan bien las cosas como usted. ¿Ahora si tiene un tiempito, me quiere aconsejar si me vacuno o no? Porque la señora de la farmacia me dice que me voy a morir…

Hoy fui a hacer la compra. Me recibió con el mágico cartoncito en la mano. La estaba esperando, mire, ¡me tocó la rusa!