Por Chacho Matthews

A la memoria de Alberto Raúl Matthews, hombre con sino de ingenio azucarero.

Cuarenta y cuatro años después tuve el coraje de volver a Villa La Trinidad. Me acompañaba mi hija Eloísa de siete años, es decir, un niño de la misma edad que tenía yo cuando me escapaba a la hora de la siesta para ir a la Villa de Medinas, pueblo fantasma que está al lado del ingenio. Hoy, los dos pueblos se van diluyendo, de a poco, en cada corpúsculo de ladrillo desgranado.

En Trinidad me encontré con los duendes de mi niñez: la casa familiar, la escuela, las ruinas del bar del anarquista Ennio Bertelli y el viejo cine que, destechado y carcomido, yacía en los últimos estertores.

El precario estadio de fútbol, aun guardaba los sueños simples de hombres machucados por la vida de ingenio azucarero. En aquel entonces, el Sportivo Trinidad estaba afiliado a la entidad que nucleaba a los clubes de las poblaciones vecinas a la Ciudad de Concepción: La Liga Tucumana del Sur de Fútbol.

Por un destejido del alambrado me metí en la cancha. Al llegar al círculo central, me quedé mirando el arco donde, Julio Maturana, hizo añicos su pena.

Julio vivía en Medinas. Durante la semana trabajaba de cadenero en el ingenio y los domingos era referí de la Liga. Algunos sábados, por la tarde, lo ayudaba a mi viejo en las tareas del jardín y el gallinero. Mientras trabajaba, pacientemente me comentaba los incidentes del partido que había dirigido el último domingo.

En sus años mozos, jugando de wing izquierdo para el ingenio Santa Ana, había logrado dividir la opinión de la hinchada: unos insultaban a su madre, los otros al padre.

En su cuerpo, además de su inocultable panza, le pesaba el duro trabajo del canchón, el sol chamuscador del verano y el cuchillo traicionero del viento de los inviernos.

Hacía muchos años había cambiado la esperanza de un gol inolvidable por vinos sin aspiraciones hasta que, en el cincuenta y dos, le tocó dirigir dos partidos del Sportivo Trinidad que fueron decisivos en el Torneo Anual. Uno contra San Ramón, el otro, con el Deportivo Aguilares. En el primero, la indigencia de los pueblos del sur tucumano le jugó una mala pasada. Lo que pasó en el segundo quedó por años grabado en la memoria del pueblo.

Llegada la última fecha del campeonato, el Sportivo compartía la punta con el Deportivo Aguilares. Había liderado holgadamente casi todo el torneo pero, luego de una pandemónica trifulca en el partido con San Ramón, comenzó a perder puntos por la suspensión de su cancha y de la mayoría de sus titulares.

La causante de la gresca fue la pobreza pero, como siempre, ambos bandos culparon al referí.

La camiseta de Trinidad era blanca con una banda verde en diagonal.  La de San Ramón se diferenciaba porque la franja era azul. Ambas, con los años, habían mutado a un gris lavado uniforme. Los pantalones, en sus orígenes negros, a fuerza de agua y jabón viraron a una mezcla cenicienta de tierra y carbonilla de canchón de ingenio.

El partido duró sólo trece minutos. Maturana cobraba acertadamente las infracciones pero, a causa de la uniformidad de los atuendos, las asignaba erróneamente. La bronca se hizo unánime: todo el mundo lo puteaba. A partir de allí, las piñas se repartieron indiscriminadamente.

Finalmente llegó el Domingo del partido con el Deportivo. Cuando la Liga lo designó como árbitro del encuentro, Maturana se tranquilizó al enterarse de que los de Aguilares tenían camisetas nuevas.

Por la mañana, cumpliendo con su liturgia dominguera, planchó su remendado y brilloso atuendo negro. Luego, lo envolvió cuidadosamente con un papel de diario, junto al silbato y un amarillado reglamento.

LIGA DEL SUR (Concepción) – Sportivo Trinidad y Deportivo Aguilares dirimirán hoy, a partir de las 16, en el estadio del primero, quién será el campeón del Torneo Anual que hace disputar la Liga Tucumana del Sur de Fútbol. Informó escuetamente ese domingo La Gaceta.

Bolsas de arpillera, blanqueadas con cal, rodeaban la cancha. Por afuera, bordeando el límite blanquecino, una ristra de carros cañeros indicaba la trascendencia del evento y sumaba capacidad al precario estadio. En el interior, apretujados contra el alambrado, los hinchas porfiaban por el privilegio de un resquicio que les permitiera escapar, fugazmente, del sino gris de sus días.

El partido fue áspero, tenso y sin goles. El silencio de las hinchadas mostraba la frustración del cero a cero. Al cumplirse  el tiempo reglamentario, Maturana dio un minuto de descuento.

El Chueco Coria, wing derecho de Trinidad, recibió la pelota de un rebote al lado del banderín del corner, la amansó con la suela del botín, giró hacia adentro con la zurda y con un sombrero descalificó al back izquierdo que le salía al cruce, sobre la raya envió el centro. Maturana vio venir el balón y se olvidó de todo, dio dos trancos y comenzó a elevarse. ¡Era una línea recta en el cielo! Quebró el cuello y la cintura y, con un frentazo justo y seco, la clavó en el ángulo izquierdo.

En el denso silencio de la sorpresa señaló el centro del campo y, con tres pitadas, indicó el final del encuentro. A la carrera buscó la salida.

Cuando los hinchas reaccionaron,  Maturana ya esquiaba sobre el manto de tierra y carbonilla de la entrada del canchón del ingenio. Frente al cine, los de Trinidad lo alcanzaron y sin detener la corrida, entre vítores, lo levantaron en andas. Maturana volaba de brazos en brazos. A menos de un tranco venían los de Aguilares con los puños en alto. Cuando llegaron al Bar, Ennio Bertelli, subido al mostrador, arengó a ambos bandos y todos terminaron, entre vinos desvelados, vivando el gol revindicador de Maturana y puteando al orden establecido.

Cuando salimos de la Villa vi, en otras caras, a los mismos hombres. Llevaban en sus miradas el sino gris de ingenio azucarero.

-Papá, ¿en tu escuela te enseñaban computación? -preguntó, inocentemente, Eloísa.