Por Rosana Forgas

El domingo pasado conmemoramos la fiesta más importante que tenemos los argentinos: el nacimiento de la Patria, esa fecha que seguramente para cada uno de nosotros reviste alguna consideración muy especial. Porque, aunque con el mismo fervor, cada uno las vive de una manera distinta, sobre todo si la memoria y los recuerdos se complotan hasta lograr que las basuritas se metan en los ojos. Y qué decir por estos tiempos aciagos en que al mundo entero se lo viene lastimando muy fiero desde hace largos diecinueve meses. Y sobre todo cuando a los feriados se los vive con la mente puesta en viejas imágenes de plazas repletas de pueblo y en anhelos de que pronto termine esta tragedia.

Para darle marco a estas reflexiones iniciales debería aclarar que, en mi caso, desde que empecé a transitar por los sesenta pirulos, la falta de hormonas se viene compensando con el exceso de llanto -pero no creo que haga mucha falta tanta aclaración porque tampoco creo que me pasen sólo a mí estos fenómenos endócrino-patriótico-emocionales-.

Cuando yo era niña todos los feriados, sobre todo en los que había actos a los que asistir, a mi hermano y a mí nos hacían estrenar ropa. Mi mamá fue la máxima autoridad provincial en Educación durante muchísimos años, y como buena obsesiva de las responsabilidades, no conocía muy bien lo que era el descanso. Pero -nunca supe cómo hacía- jamás delegó sus obligaciones familiares, nunca dejó de estar presente en nuestras vidas -o se dio maña para que no lo notáramos-.

El caso es que, por su inevitable exposición pública, era infaltable en todos los desfiles y su especial necesidad de compartir con nosotros su notoriedad, hacía que nos vistiera de punta en blanco para ocupar siempre el mismo lugar de los familiares en las tribunas.

No sé porque, el domingo, viendo el austero pero bellísimo acto en la Casa Histórica, me vinieron a la memoria esos lejanos 9 de julio y me transporté inmediatamente al barrio en el que transcurrí parte de mi niñez y toda mi adolescencia.

Ese amado barrio sur de casas chatas de zaguán y de balcón. Zaguán cómplice de las tiradas diarias del gacetero Rubén y balcón que sólo se abría de par en par cuando había fiesta en el living comedor, muy de vez en cuando. Ocasiones tan celebradas por mamá como resistidas por papá, en que se sacaban del aparador -y del resguardo de la naftalina- los manteles y la cristalería de salir, tan importantes como las visitas que, por ajenas a lo cotidiano, no podían comer en el comedor de diario.

En el barrio había un almacén en cada esquina, el de Don Ale, el turco de los fideos sueltos -abuelo de Huguito- y el de Don Miguel, el gallego que traía jamón crudo y era el abuelo de Rafael, el mejor patinador de la cuadra.  Que era quien siempre se paraba en la vereda, con los patines de punta, para vernos salir refunfuñando por lo bajo y mirando extasiados sus piruetas.

Se nos pasaba pronto el malestar porque todas las veces disfrutábamos del malambo de los alumnos de sexto grado, de la mesa llena de sanguchitos -esos con mucha mayonesa y flojitos de paleta y queso- y de los paragüitas que repartían a los chicos las maestras anfitrionas. Y cuando se trataba del día de la Independencia, nos deleitábamos con el desfile de los gauchos a bordo de esos peruanos de ancas lustrosas y andar coquetón que tanto nos fascinaban a los dos.

Todo eso me pasaba por la mente mientras hablaba Alberto bajo la sombra del frondoso patio de Doña Bazán de Laguna, hasta que la televisión empezó a mostrar a un puñado de inadaptados que violentos, furiosos e incontrolables, escupían asco mientras intentaban tumbar una combi de la policía, provocando una escena por demás grotesca que, por lo corta, -eran muy pocos los indignados de siempre- no llegó a entorpecer los festejos organizados por el gobierno de una provincia, que por ese día, es capital de la Argentina.

Y créanme que comparar a estos modernos libertarios, –esta suerte de secta fundamentalista que se pasó toda la semana compartiendo memes y cadenas para convocar al oprobio y al papelón- con el pueblo de Tucumán que estaba celebrando en sus casas, respetando las medidas sanitarias es muy difícil. Porque a las calles no las cedimos, las tomaron por asalto quienes hicieron del odio, de la violencia y de la indignación, un arma letal que sólo logró poner en riesgo la seguridad y la salud de la población por un rato.

Nosotros, los que creemos que La Patria es el Otro, fuimos conscientes que quedarnos en casa era nuestra mejor forma de militar la vida y nuestro compromiso con las banderas que recuperamos en diciembre de 2019.

Así que mejor sigo con mi imaginario paseo por esos rincones de mi infancia que tanto entibian mi presente porque la memoria cuando está edificada sobre el amor, es invencible. Y ya mismo dejo la tele y me voy a regar la Santa Rita y la azalea y los agapantos. Ahí me los encuentro a todos patinándome la nostalgia