Por Rosana Forgas

Sangre del ceibal que se vuelve flor, yo no sé por qué hoy me hiere mal
tu señal de amor…

La Tristecita. (Ariel Ramírez)

Nunca fue un tipo fácil, todo lo contrario. Nunca la vida fue fácil para él y él, muchas veces, no supo hacérsela fácil a los que lo rodeaban. Era un tipo tan raro como generoso, culto, sensible, de una honradez en demasía. No sabía de espontaneidades ni de impulsos, más bien parecía siempre impostado. Soñador, vehemente, frustrado abogado porque fui un idiota que no se recibió faltándole tan poco, se lo oía renegar -aunque también se lo oía opinar como si lo fuera-.

 Medio despótico y medio tirano, medio tierno y medio, muy cariñoso, extremadamente machista. Seductor. No había estudiado nada de música, pero era un autor y un compositor de la puta madre; él tenía -según su autorretrato- un semáforo en la oreja, pero se daba maña para escribir los acordes que noviaban con sus letras. Zambas en su mayoría. Folklore en su totalidad.

Cuenta la leyenda que alguna vez su gran amiga, «la Marta» -como le llamaba él a la Negra Sosa- le grabó su bellísimo Pialando recuerdos. Nosotros nunca supimos si era cierto, en esa época ella era la ignota Gladys Osorio y él apenas su amigo Luis, el poeta.

Tenía muy pocos ídolos, uno o dos por cada disciplina. El tipo te lo recitaba a Almafuerte, te lo hablaba de Schopenhauer, como te lo elogiaba a Favaloro, a Lenin, te lo veneraba a Pericles o te lo tarareaba al Cuchi Leguizamón. Con Perón tenía sus épocas, lo mismo que con la Iglesia. Yo lo transité gorila, peronista, ateo irredento y chupacirios. No estaba muy seguro al respecto de su estirpe política ni de sus convicciones religiosas. Me lo iba y me lo venía el muy guacho.

Tenía una dialéctica apabullante, sus pedacitos de lápices en los bolsillos para cuando me atrape la inspiración y el sempiterno cabito de perejil que le teñía los dientes -para reemplazar a los tres atados de Fontanares con filtro- me lo instalaron en las distintas categorías del recuerdo. No era geminiano, pero sólo porque sus contradicciones le mareaban el zodíaco de su astróloga de cabecera, a la sazón, Lily Süllos, que también es médica, che.

Era tozudo, obseso, tenía frases favoritas que repetía hasta el hartazgo -y hacía gala de haber inventado otras cuantas-. A la famosa: la gratitud es la madre de todas las virtudes, la encontrábamos agazapada hasta en los cabellos de ángel que nadaban todas las noches en su amado tazón sopero de lata.

Puteaba a sus ancestros por sus miserias, pero los elogiaba exageradamente por sus grandezas. Autoexigente, severo con casi todas las malas conductas ajenas, y negador de algunas de las malas conductas propias. De pocos amigos y de pocas pulgas. De muchos amoríos y de un puñado de amores.

Dueño de una charla apasionante sobre cualquier tema. A algunos ríspidos, su relato los mejoraba, los ponía brillantes, los embadurnaba como a su cabello, con su infaltable lord Cheseline azul. Los crucigramas lo podían, los amontonaba en el guarda almohadas y jamás los tiraba. Se los tiraba ella la, para él «mi mujer», su amor. Ese inmenso e irremediable que sólo se autoconfesó a los gritos después que ella muriera, cuando ya habían decidido no compartirse mutuamente.

Se afeitaba silbando, indefectiblemente, alguna estrofa de La Tristecita; se peinaba prolijamente el bigote y cuando sonreía, -según su nieta mayor – era idéntico a Alberto Fernández.

El caso es que el vaguito tenía, entre tantos otros tesoros, un enorme cajón, otrora de herramientas, colorado furioso, con un enorme candado. Lo tenía escondido en esa suerte de terracita de mampostería que había hecho construir en el garage de la casona de Las Piedras. Nadie sabía qué guardaba en ese reducto tan exclusivamente masculino, tan inaccesible para el resto de los mortales que habitaban la casa familiar. Por aquel entonces, secretos celosamente guardados había en todos los hogares, sobre todo por esas épocas, en que el patriarcado atravesaba los paisajes cotidianos convirtiendo a esposa e hijos en espectadores de las decisiones unilaterales que tomaban los jefes de familia. El caso es que por allá de los 90, casi a finales del menemato, situaciones ajenas al entorno doméstico, transmutaban en escenas de zozobra y de estrépito que habrían sido la envidia de Almodóvar.  Escenas que rompían la rutina y obligaban a develar misterios.

Como los que envolvían al famoso cajón rojo y que quedaron al descubierto por una decisión inesperada que lo obligaba a tener que mostrar su contenido, impedido de llevárselo consigo.

Aún recuerdo esa tardecita de octubre cuando, en una suerte de solemne ceremonia, me llamó para hacerme depositaria de una herencia que, presa de un olvido imperdonable, cometiera el pecado de extraviar en la última mudanza.

Recuerdo también -y tan bien- mi atónita mirada frente a las decenas de ejemplares de El Tony, de Intervalo y de D’Artagnan, escogidos celosamente por quien fuera su mudo custodio todos esos años. Y a mí y a mi emoción en esa entrega, sintiéndome auténtica heredera de los mismísimos Wood, Vogt y toda la editorial Columba.

Años después, hojeando nostalgiosamente cada historieta, recién descubriría los resaltados tan colorados como el cajón, que entronarían para siempre a los que, a su juicio, eran los mejores diálogos de Nippur de Lagash o de Dago o de Mi novia y yo

Hoy no es el aniversario de tu muerte ni tu cumpleaños. Hoy no se conmemora nada que tenga que ver con vos.

Pero la noticia de la muerte de Robin Wood -y en octubre- me acerca demasiado a vos y a tus idolatrías y me estremezco al pensar que, en esta dimensión tan tangible, no queden nadie más que yo y mi memoria para dar testimonio de tu fidelidad a un género que tanto te entretenía.

 

Eso nomás, papá.