Por Rosana Forgas

…da lo mismo el que labura noche a día como un buey, que el que vive de las minas, que el que roba, que el que mata o está fuera de la ley…

Cambalache (tango de Enrique Santos Discépolo)

Nunca me llevé bien con las generalizaciones del tipo todos los políticos son corruptos. Siempre pensé que no sólo son peligrosas, sino también temerarias y, más de una vez, me amanecí discutiendo acaloradamente sobre el tema, como acostumbramos a hacerlo los choriplaneros. A propósito, abro paréntesis, ¿pueden creer que jamás me comí un choripan? Un trozo de un buen parrillero o de un exquisito criollo, compartiendo el plato con la carne en un asado, obvio que sí, pero esos humeantes que te subyugan sólo con el aroma en las marchas, nunca. Mi gastritis grandotota y mi pequeño coraje nunca me lo permitieron, pero no voy a morirme sin probar uno, aunque sea sin chimichurri. Palabra de peronista irredenta.

Bueno, confesiones aparte, la cosa es que me hace ruido es esto de los reduccionismos que describen, siempre con sesgos, pertenencias o actividades. Y no sólo se da en la política, es un vicio todo terreno. ¿Quién no escuchó algún cómo no va a ser fulero si el tipo es boga? ¿o comentarios más relajados que pretenden ser graciosos como: los santiagueños son todos ociosos? ¿o aquellos “pupulos” de ideología: empleado público es igual a vago?

Estamos rodeados de esos lugares comunes que no sólo estigmatizan, sino que muchas veces no representan, ni nada que se le parezca, lo que pretendemos exponer. Creo que estas debilidades, analizadas por los expertos en conductas sociales son, en gran parte, las responsables directas de la goleada que nos meten todos los días en este partido por la batalla cultural que disputamos, en desventaja, con los adalides de la derecha.

Y no solo somos demasiado proclives a generalizar, sino a argentinizar nuestras vicisitudes. De los dos lados, oficialistas y opositores, eruditos e ignorantes, mesurados y fanatizados más de una vez nos escuchamos decir esto sólo pasa en este país. Y marcando bien el eeeeeeste como un pronombre descalificante. No es nuestro país, porque si así lo fuera, seríamos todos un poco responsables de lo que nos pasa, por el contrario, decir este país, nos deja afuera de toda sospecha. -Una suerte de yo, argentino pero un poco más disimulado-. Y en eso sí que nos parecemos, ahí sí que se puede pensar, sin temor a equivocarnos, que allá en el horno se vamo a encontrá.

Porque en el fragor de la defensa de una idea, somos capaces de apelar a las chicanas, -lo que en los 70 decíamos chicanaear, hoy creo que se dice bardear- con tal de no perder una discusión.

Hasta aquí lo mío pareciera una mala postal, incompleta, amateur, de la condición del ser argentino y encima con ínfulas de diagnóstico. Y bastante irrespetuosa, por cierto, teniendo tantísimos sociólogos, politólogos, filósofos que se dedicaron a estudiarnos durante toda su vida. Pero mis queridos amigos, quequierenquelesdiga, escuchando algunos medios del palo no salgo de mi asombro: toda mi vida estuve convencida -y orgullosa- de ser “antidiscepoliana militante” y me estoy dando cuenta que no es tan así (¡¡??). Siempre creí que estaba categóricamente en la vereda del frente de unos versos que no solamente honran a la resignación, sino que les facilitan un himno a los quesevayantodos. ¿Y no vengo y me doy la cana pensando en que ahora es lo mismo un burro que un gran profesor?  ¡Me quiero morir por incoherente!

Ahora…en mi defensa les cuento que me pasa únicamente cuando mis medios amigos no paran de reproducir lo que dicen los multimedios, -los que hacen periodismo “independiente”- en el supuesto afán de mostrarme cuánto nos mienten. O sea que me obligan a enterarme de lo que yo no necesito saber porque es mentira. Cosa que a la inversa no ocurre los porque canallas de siempre, muy por el contrario, lo que hacen es impedirles a sus audiencias que se informen con la verdad. Entonces ocurre que la SOBREinformación y la DESinformación -que son sinónimos- se dan en el marco de una agenda que marca siempre la derecha.

Hoy todos comentamos que a Luis Majul le preocupa que Alberto se rasque la cabeza, o no vaya a la Fontana di Trevi. Y lo comentamos todos, tanto peronistas como macristas, como aquellos que no tienen la menor idea de nada de lo que pasa por fuera de su circunferencia abdominal, porque es una noticia que tapa a las buenas noticias que sólo leemos o escuchamos los peronistas.

Las que cuentan que la OMS felicitó a nuestro país por la gestión de la pandemia: que se van a invertir 8 mil millones dólares en Río Negro para la producción de Hidrógeno verde y que ese emprendimiento significará 15 mil puestos de trabajo; o que Argentina es uno de los pocos países que ya está vacunando con terceras dosis.

A estas cosas…sólo las conocemos quienes nunca dudamos en votar en defensa propia, los privilegiados que leemos, los argentinos que estamos tan interesados por el destino colectivo de nuestro amado país como de los logros personales de nuestras adoradas familias.

Pero resulta que mientras se impregna de perfume mi cocina porque su enamorado, el jazmín de la ventana, la sorprendió estallado esta mañana; en el momento en que le descubro nuevos brotes al agapanto, habla Tetaz “en cadena nacional”, putea Iglesias enojado, porque no quiere que se congelen los precios y titubea la Vidalita porque no puede explicar de dónde mierda sacó la guita para comprarse la prefabricada de Recoleta.

Y, macho…entonces sí, le pedís perdón a Discepolín por tantos años de agravios, por autocastigo te hacés el haraquiri con la manguera, metés violín en bolsa y te vas a poner el agua para los fideos silbando bajito, Cambalache.