Por Rosana Forgas

Una papeleta de voto es más fuerte que la bala de fusil

Abraham Lincoln

Esta columna se dedica generalmente a retratar ciudadanos anónimos, generalmente tucumanos de a pie, laburantes, esos sabios que nos enseñan a mirar la realidad con un criterio y con un sentido común que nos maravilla, por lo que siempre tenemos la necesidad de compartirlos con ustedes, lectores de La Barraca.

Yo también soy una ciudadana de a pie, sólo que empoderada y privilegiada por la oportunidad de contar con estos pinceles que, viernes a viernes, me permiten mostrarles esos retratos.

Pero hoy tengo ganas de pensar en voz alta con ustedes para pintar mi propio autorretrato, el de una tucumana orgullosa de su tucumanidad, a la que la despierta todas las mañanas el aroma a jazmines y la belleza un nuevo lapacho florecido, pero que no logra -como tantísimos otros militantes del campo nacional y popular- que las heridas que la historia le cacheteara a la provincia más chiquitita del país, se hagan costra en la memoria colectiva. Ni siquiera habiendo transcurrido casi cincuenta años desde el cierre de los 11 ingenios azucareros a manos de Onganía en el 66, que marcara tal vez el inicio de la grave crisis estructural que aún persiste.

Está terminando una de las campañas electorales más importantes desde la vuelta a la democracia. En nuestro pago chico, tal vez, la más vacía y sangrienta de todas. Durante un montón de días soportamos estoicamente, a la oposición mostrarnos una galería de imágenes y de discursos lamentables. Monólogos sin contenido político alguno, expresiones repletas de agravios y de descalificaciones -incluso entre ellos mismos-

Un oficialismo golpeado por una de las más tremendas tragedias globales que -propios y ajenos- no dejan de argentinizar estuvo constantemente defendiéndose de ataques desmesuradamente violentos, salvajes y feroces. Una derecha que incita al odio -como siempre- y que fabrica mentira tras mentira -como nunca-.

El escozor y el asombro nos hicieron perder las ganas de escucharlos y/o de verlos y optamos por programas que nos hicieran olvidar estos tiempos que vivimos. Publicidades de cuarta categoría, debates inexistentes, acusaciones cruzadas, gigantografías obscenas, frases hechas y todos los etcéteras que nos falten el respeto a la inteligencia. Y que se ponen al servicio de una apatía, una bronca y un desgano realmente preocupantes, que esperemos no se traduzca en ausencias en ninguna de las escuelas habilitadas para las PASO.

No escuchamos -salvo honrosas excepciones- una sola propuesta para el día después, sólo asistimos a la desembozada intencionalidad de demonización de la clase política -incluso de gran parte de los nuestros-.Paradójicamente las peores críticas provienen de parte de algunos que quieren pertenecer y de otros que siguen adentro, aunque fracasaron. Y de otros cuantos algunos que no se conforman con el padecimiento al que nos sometieron durante cuatro años del régimen macrista y no se resigan y quieren fundirnos aún más.

Pero las cartas ya están echadas, el domingo volvemos a ejercer la voluntad ciudadana. El domingo tendremos la posibilidad de usar la herramienta más valiosa de la democracia que es el voto popular, porque aún con dirigentes atacados o con periodistas atacantes, con actitudes violentas o con militantes violentados, tendremos que decidir que rumbo tomar.

Y será nuestra exclusiva responsabilidad el resultado de esa decisión.

O elegimos volver a sufrir el exterminio social, la entrega de la soberanía, la timba financiera, la crisis económica creciente, la conculcación de derechos y el retroceso histórico a los nos somete cada vez que asume el poder el neoliberalismo, o seguimos apostando a un gobierno nacional y popular que con muchísimos errores de forma -y algunos de fondo-, no logra opacar los sueños de tantos argentinos que queremos ver a la Patria sanada.

Es también una elección -y un riesgo- protagonizar la realidad en cada hecho cotidiano o comentarla desde la impunidad que da el anonimato de las redes sociales, donde podemos escondernos detrás de la cobardía de un seudónimo para usar la palabra como arma letal. Y usarla en contra de una escucha profundamente vulnerada como está toda la población del planeta después de una pandemia. Apaguemos la radio, el televisor, la computadora, el teléfono cada vez que nos hablen de los miles de muertos en nuestro país, no dejemos que los perversos números que -a cara descubierta- nos arrojan en la cara los que se dicen periodistas, influyan en la matemática electoral. Se está jugando nuestro destino como Nación en cada urna, cada voto es único y adquiere una importancia capital cuando lo introducimos en esa urna, en defensa propia.

Deberíamos ser capaces de hacernos cargo de cada acto que cometemos, deberíamos poder ser plenamente conscientes del rol que nos toca como ciudadanos cada dos años. Y este año, más que nunca. Porque como nunca antes es tan cierto aquello de que vamos a elegir entre dos modelos diferentes de país. Y en un contexto de gestión gubernamental que, por fin, empieza a vislumbrar la salida de la terapia intensiva. Falta mucho para llegar a la condición de paciente ambulatorio, falta mucho para el alta definitiva, pero vamos a salir y tenemos que sanar. Porque está en juego la construcción colectiva de la vida que queremos. Y que nos merecemos.

Te pongo la firma.