Por Rosana Forgas

 

Que la Navidad les traiga esperanza a tantos desplazados, prófugos y refugiados, niños, adultos y ancianos de todo el mundo 

Papa Francisco

¡Taqueloparió! ¡Se está terminando el miércoles y no me senté a escribir mi columnaaaa! Pero que digo escribir… ¡¡ni siquiera a pensarla!!

Pasa que entre las tan esperadas juntadas con los kumpas del palo que nunca fueron por culpa del bicho malo; este insoportable dolor de muelas; este calor humillante de los diciembres tucumanos; este guacho del carnicero que no me guardó los pescetos para el vitel tonné de Leo y tantos etcéteras que son verdaderas tragedias cotidianas, creo que para poder sufrir tranquila -y lamentarme en forma ordenada-, necesito un día de 72 horas.

Obviamente que sin contar las horas que me hacen falta disponer para horrorizarme por el estado de insanía que, definitivamente, se apoderó de algunos “comunicadores” quienes sin importarles -o justamente porque les importa demasiado- la extrema gravedad del escenario social, económico, sanitario y político que estamos viviendo, se comportan como poseídos desparramando todo el veneno que son capaces de acumular -mientras muestran arbolitos de navidad y ponen fondos musicales de conmovedores villancicos-

Pero la corto aquí, no quiero ni siquiera mencionar a las Canosa, los Rossi, los Viale, los Etchecopar y sus secuaces porque para ocuparse de ellos y de sus patrones, en La Barraca ya contamos con un periodista de lujo como Pichi Di Lullo, quien semana a semana hace una muy precisa descripción de sus conductas perversas.

Yo no sé muy bien de que voy a hablar hoy -si logro serenarme un poco-cuando siento esta impotencia que me estrangula al ver postales urbanas que no parecieran retratar el riesgo sanitario por el que estamos atravesando nuevamente. Que más parecen mostrar a una sociedad que perdió el estado de alerta, que dejó los barbijos en algún rincón del lavadero, que no volvió a cargar los atomizadores con alcohol y que ya no cree que la mejor forma de abrazar al otro es justamente desde la prudente distancia.

No tengo ganas de hablar de nada cuando pienso en que el partido judicial está más fortalecido que nunca y que parece burlarse de más del cuarenta por ciento de la población que en 2019 votó por un rotundo cambio de rumbo. Cuando veo que el poder político está haciendo muy poco -o casi nada- para devolvernos algunas banderas que izamos esperanzados por aquel entonces: no más navidades con presos políticos y nueva ley de medios que derribe y aniquile esta obscena catarata de noticias falsas que pululan en los titulares y en los zócalos de los programas de esa suerte de cloaca irrespirable en que se convirtieron los medios hegemónicos. A los que la historia seguramente va a juzgar como los más crueles asesinos de ilusiones de ese segmento de la población cuya vulnerabilidad les impide desarrollar pensamiento crítico y los induce a asumir sus mensajes como verdades absolutas.

Cómo hacer para pensar en cosas lindas cuando la televisión me muestra la furia de un puñado de insensatos anti vacunas que pone en peligro al resto de la humanidad con su imperdonable conducta. Imposible no sentir escozor cuando se los escucha repudiar instrumentos, herramientas y decisiones políticas que palmariamente sirven como barreras sanitarias para resguardarnos de la más feroz pandemia conocida.

Pero como buena geminiana que se precie, a estas horas de la madrugada y ya más sosegadita, pienso en que dentro de unos días, apenas, estaremos celebrando la navidad y que muy prontito otro año se irá y que como siempre un nuevo nacimiento nos va a llenar de esperanza y de expectativas; y que como siempre brindaremos junto a los seres que amamos y que nos aman; y que como siempre nos vamos a prometer hacer todas aquellas cosas que nos quedaron pendientes y que como siempre vamos a intentar acercarnos a esos afectos de quienes nos alejamos y lo más importante: como siempre vamos seguir persiguiendo utopías.

Y es cuando se me pasa de repente toda la mala sangre que me hago cada vez que leo las noticias y cuando me olvido por un rato de los dolores y de las tristezas propias y ajenas y cuando me tomo un recreíto para seguir coleccionando cielos y dejándolo al sol que me golpee en la cara. Y mientras todo eso me pasa por la cabeza, es cuando me levanto a buscar el saquitodemediaestación que me protege de la brisa suave que empieza a correr en la galería.

Y ya no llueve. Y ya tengo tema. Y, ahora sí, me sonrío y empiezo a silbar Aleluya mientras limpio las miguitas de la mesa, debajo del mango.

¡Feliz navidad! para todos aquellos amigos de La Barraca que, leyéndonos, nos  honran y nos enaltecen.