Por Rosana Forgas

…Cuando no haya nadie cerca o lejos

Yo vengo a ofrecer mi corazón
Cuando los satélites no alcancen
Yo vengo a ofrecer mi corazón

Y hablo de países y de esperanzas
Hablo por la vida, hablo por la nada
Hablo por cambiar esta, nuestra casa
De cambiarla por cambiar nomás…

Fito Paéz

  • Buenos días, le hago una consulta: ¿ustedes envían a domicilio? porque vine caminando y no puedo llevar tanto peso…
  • No se haga problemas, doñita, elija nomás. Ya va a ver, antes de que cante un gallo estarán las cosas en su casita, ¡palabra de radical! (él, cara sonriendo)
  • Entonces le pago ahora. ¿Recibe débito? (yo, cara de póker)
  • Ay, nooo mi doña, pero… ¿no tiene billetitos usaditos? Si quiere me paga en la casa porque con la malaria que hay…

Me decido por unas supremas, la oferta de pata muslo y unas pechugas para la sopa y le digo que me lo enviara en una hora porque pasaría primero por el cajero a buscar sus billetitos. Accede y mientras pesa mi pedido empieza a tararear Yo vengo a ofrecer mi corazón.

No sé si su canto, la manera tan graciosa de dirigirse a mí, este azul a pleno sol que parece decirnos que el otoño se resiste a soltarnos; la certeza de que en el pago chico los inviernos no son muy cruentos -duran apenas un pelar de mandarinas para compartir a la siestita- o todo eso junto, me pusieron de muy buen humor y con ganas de charlarle al hombre de la pollería nueva del barrio. Y por supuesto como siempre hago, me doy maña a través del consabido tema meteorológico de entrarle a la política.

– ¿Y dígame, usted de cuál de los radicales es usted?

– ¿Cómo de cuál…? ¿qué me está diciendo, doñita?  Y ahí empieza una perorata increíble sobre que los únicos radicales son los que están junto al pueblo, los que siempre fueron adversarios pero nunca enemigos del peronismo, los que reivindican a Irigoyen, a Illia, a Alfonsín y ahora a este muchachito encantador que estuvo en la mesa de Mirtha (por Leandro Santoro). Que los que traicionaron al centenario partido son quienes se quedaron en él, pero que no me pienso morir sin verme dentro de la casona de la Catamarca al 800.

Cuando yo lo interrumpo para contarle que esa casa era de la abuela de mi compañero de vida, que cuando empezamos a caminar juntos allá por el 74, él vivía allí, cuando le describo cómo era cuando yo entré por primera vez y vi esa hermosa fuente de mayólicas en medio del primer patio, el amigo parecía lagrimear y me repetía con picardía: usted debería “hacerse” radical, mi doña.

La charla siguió muy amena entre anécdotas de la casona y temas de la pandemia. Me contó que tenía ya las dos dosis de la china pero que a su esposa le había tocado la de Sigman (en clara alusión a la de Astra Zéneca) me confesó indignado que tenía dos clientes anti vacunas a los que hacía rato no veía, seguramente porque les reclamó la falta de barbijo y no les quiso vender.

¿Dígame, compañera (por entonces ya estaba ascendida en la familiaridad) usted sabe que aparte de mi amado Don Rául yo tengo dos ídolos? Pero la patrona no me entiende ella dice que yo enloquecí cuando le confesé que muero por Aníbal y por Cristina.

Yo largué una fuerte carcajada y empecé a compañerearlo: compañero de aquí, compañero de allá, entonces advertí que también tenía lácteos y algo de almacén y la lista seguía alargándose como mi estancia en el local. En eso que me feteaba el queso Tybo me dice: ¿sabe cuándo me enamoré más aún de los dos? De Bigote desde que dice que un pedacito del Frente de Todos le corresponde y que por eso él lo defiende ¿Y de la jefa? ¿Hace poquito cuando ella nos prometió que vamos a volver a ser felices, porque yo a ella le creo, sabe compañera? Siempre le creo, Y necesitamos taaaanto que vuelva la felicidad ¿Quénó?…

Salgo de ahí caminando muy despacio y con toda la ternura chorreando por el barbijo. El crujir de las hojas debajo de mis zapatillas y la paleta multicolor de las veredas me hacen imposible sentir en blanco y negro. Me imagino que los árboles semidesnudos sólo a mí me prestan sus ocres por un rato y hasta escucho a los venteveos cantarles piedra libre a los verdes tan mustios de los pacaraes y de los lapachos. Me detengo en la esquina a mirar el paisaje de siempre y como nunca disfruto de los gorriones disputándole las miguitas a los tordos y a las carrascas, que, con las horas, parecen robar la intensidad del azul para teñirse de cielo.

Son estas las postales cotidianas que se complotan con la poesía de un desconocido para que la esperanza vuelva a levantar vuelo. Entonces suspiro y sigo mi camino ¿Quién dice que todo está perdido…?

¡Ah!… ¿el compañero? Eliseo se llama el compañero.