Por Rosana Forgas

 

¿…Quién dice que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón…

Fito Páez

 

Los celulares explotan y a media mañana nomás, se les acaba la batería por esto de bajar videos a cada rato, por leer todos los comentarios del guasap, por esta avidez de noticias…

Empiezo señalando verdades de perogrullo para animarme y darle duro a la primera persona del singular. Esa que me rehuso a usar cuando escribo estas crónicas, porque siento que desvirtúo lo que me propuse cuando iniciara esta columna compartir con ustedes, historias ajenas.

El mundo entero está intentando salir de una brutal pandemia, la más devastadora de la que la humanidad tenga memoria; una crisis global que empezara como sanitaria y que, por lo extensa, terminara afectando las economías y aumentando pornográficamente las desigualdades.

Hay un planeta que, desde distintas latitudes, climas y geografías, de a poco va recuperando las ilusiones. Lentamente la sensación de volver al modo normalidad comienza a sentirse en otros rincones y cuando ya parecía que todo iba a guardarse en la cajita de las experiencias imborrables … en nuestro país empezamos a atravesar otra tempestad que representa una de las mayores crisis políticas de la democracia.

Y es entonces cuando las tres sensaciones más peligrosas -si se pretende construir calidad de vida-: la incertidumbre, la impotencia y la zozobra se apoderan de las poblaciones más vulnerables que, dejando de lado ese doloroso casi 50% que está ya por debajo de la línea de pobreza, estarían representadas hoy por los decepcionados, los desinformados, los enojados y todo aquel ciudadano que, por su propia condición de vulnerabilidad, sucumba más fácilmente a las perversidades ajenas.

Y es entonces cuando uno acude a cualquier recurso, aunque suene a autorreferencial, para ayudarlo al otro a superar aquello que lo angustia tanto y aparece la memoria como uno de esos recursos infalibles.

Los tucumanos no deberíamos asombrarnos con que personajes mamarrachescos aparezcan como profetas en el escenario electoral y mucho menos que obtengan votos de aquellos a quienes prometen destruir con sus políticas de exclusión. No deberíamos sorprendernos porque nosotros tuvimos nuestro propio monstruo sólo que, con rango de general, ese genocida a quién luego de derrotar en 1991, finalmente lo sentábamos en el sillón de Lucas Córdoba en 1995: recordemos que Antonio Domingo Bussi fue gobernador de Tucumán por el voto popular.

Un voto legítimo -en una elección impecable- que obtuvo mayoritariamente en una de las localidades en las que cometió, quizás, más delitos de lesa humanidad: donde más mujeres violó, de más bebés se apropió y de más negocios se apoderó: Famaillá.

Y Tucumán soportó durante cuatro años a su victimario que, al igual que Milei, hablaba de limpieza, de orden y de seguridad como único discurso “republicano”. Claro, el peronismo -por entonces bien gracias- llevaba a una candidata impresentable, poderosa dirigente de la época que, por esa elección y una cuestión etaria, se ganaba ahicito nomás el olvido.

Pero lo que viene a cuento -y ahí entro yo a escena con 30 años menos- es como se movilizó gran parte de la tucumanía memoriosa para evitar su arribo allá por los años 90.

En mi caso personal -mejor dicho, profesional- fui propietaria de una farmacia un tiempito algo mayor que un par de horas -para ser rigurosa, apenas durante un año y medio-. A está alturas con el diario del lunes y encontrando analogías con el presente, creo que mi compañero le debe al innombrable general el hecho de que me haya fundido y que tuviera que venderla -gracias a una enoooorme cuota de suerte-

A mí jamás me gustó la profesión -el por qué “la elegí” es harina de otro costal o tema de otra crónica- y nunca me vi vendiendo remedios, las pocas veces que me imaginé farmacéutica era por otros rincones a los que la vida, felizmente, me permitió llegar.

El caso es que corría 1990 y un día miércoles- ¿pueden creer que recuerdo el día y el año pero no si fue febrero o marzo?-  leo en La Gaceta que un reconocido médico infectólogo, el Dr. Alfredo Miroli, convocaba esa misma noche a las 20:00 hs, a todos los profesionales de la salud de Tucumán que estuvieran dispuestos, a concurrir a una reunión pública en un hotel céntrico para crear una comisión que elaborara un programa de salud para el próximo gobierno.

Fue casi un acto reflejo, ¡faltaba apenas una media hora! -pero dos horas para cerrar mi negocio-, me levanté como empujada por un rayo, bajé las persianas e inmediatamente me dirigí al hotel. ¿Qué pasaba, aparte de que cualquier pretexto era bueno para no tener que padecer el mostrador? Que, en letras chiquitas, debajo de la convocatoria decía: le digamos NO a Bussi, quien ya sonaba como amenaza para las elecciones del año entrante.

No es mi intención otorgarle la centralidad de mi relato a lo que fue ese tiempo maravilloso de militancia hasta que “lo ungimos” gobernador a Palito Ortega, ni cómo lo hicimos ni siquiera recordar la inmensa dicha que nos dio ese partido al que paradójicamente llamamos SI (Surgimiento Innovador); en lo que yo quería hacer hincapíe, y con esto voy terminando, es en que a veces el miedo funciona como gatillador, que no siempre paraliza, que podemos transformar la resignación en acción. Que debemos hacerlo. ¡Y ya!, si queremos salvarle la Patria de nuestros hijos y nietos sin morir en el intento.

Amigos, habiendo tantos analistas políticos de la hostia, -sobre todo en nuestra publicación- ¿no sería una osadía pretender escribir sobre lo que yo creo que sucedió en estas elecciones PASO? Soy sólo una ciudadana de a pie, una militante todo terreno que tiene un enorme privilegio: puedo usar una poderosa arma de militancia: la palabra, en una prestigiosa revista semanal. Puedo darme el lujo de contar con un espacio para invitarlos a pensar juntos el cómo salimos de esto.

Las dudas son muchísimas, pero hay una sola la certeza: solos no se puede.

Nunca.