Por Rosana Forgas

Creo que ya lo comenté varias veces: en ocasiones, la elección de uno solo de los temas de la realidad para encarar en esta columna, es una tarea por demás difícil. Por el contrario, hay semanas, como la que pasó, en las que es uno quien elige alejarse un poco de esta realidad, porque lo difícil es simplemente abordarla.

Empezó la carrera electoral y hay distritos en los que el inicio reviste aristas por demás estándares porque -con las características que le son propias a cualquier campaña- las situaciones transcurren en un clima de absoluta normalidad. Pero hay provincias, como mi pago chico, donde una siente que sólo parafraseando a Borges me duele una vergüenza en todo el cuerpo puede expresar los sentimientos.

Entonces, en defensa propia, una piensa seriamente en no opinar y dejarles esa tarea para aquellos que no tienen más remedio que realizar el análisis político de un escenario realmente patético y desolador, pero… no siempre se puede.

Y es cuando una, resignada a no poder evadir esa responsabilidad tan agobiante, decide ir a la farmacia antes que sentarse en la computadora a conversar con ustedes.

Los medicamentos de consumo habitual, desde que empezara la pandemia, vienen con el delivery del amigo, pero hay veces en que se calcula mal y se acude a comprar una tirita en la farmacia del barrio -que por supuesto no lo tiene- y debe seguir viaje a uno de esos monumentales y repitucos comercios con góndolas con regalos, paraguas, libros y chiclets, entre otras fantasías.

Y hay colas. Tres: una para medicamentos con descuento de obra social, otra para sin obra social y otra para las chucherías. Yo me ubico en la del medio

Clienta: buenas tardes, ¿qué tiene para el dolor de huesos?

Vendedora: hola señora, tengo… y empieza la catarata de marcas comerciales de analgésicos.

-Clienta: pero esos también calman la angustia, ¿no?

Vendedora: claro, está angustiada porque está dolorida.

Clienta: ¿y cómo se toma? Quiero llevarla puesta -risas de ambas-

Vendedora: una cada 8 horas hasta terminar la caja.

Clienta: Muchas gracias, ¿tiene descuento?

Vendedora: si trae la receta, sí. Pero no es su caso. No tire la caja así la próxima vez hace que cualquier médico le recete la misma, pase por caja, son $1200.

Me toca el turno a mí y mientras ella se fija en el precio, le largo un: qué joven y linda que sos ¿Hace mucho que te recibiste?.

 A lo que ella responde que sólo le falta el trabajo final pero que como es del interior de la provincia tiene que trabajar para mantenerse.

Yo: Ah! ¿Sabés que somos casi colegas?  Pero en mi época no se hacía trabajo final.

Ella: ¿No me diga que usted también es arquitecta? …

Hasta aquí, no hay nada de llamativo en mi relato, sólo el hecho de que hoy me haya dispuesto a escribir lo que pasa todos los días en todas las farmacias del país pero algo me empujó al teclado para reflexionar sobre un flagelo de larguísima data y que nunca jamás ningún gobierno se anima a resolver: controlar que la dispensa de medicamentos e insumos de farmacia esté exclusivamente a cargo de un profesional universitario. Que las consultas referidas a los fármacos sean atendidas por un farmacéutico, que el ciudadano ingrese a una oficina de farmacia con la tranquilidad que representa saberse frente a quién es el único habilitado legal y académicamente para resolver sus dudas, sustituirle las marcas comerciales, instruir sobre sus condiciones de conservación y todos los etcéteras que quieran.

El único circuito legal -y recomendable- es: tengo una dolencia, concurro a mi médico, me prescribe un principio activo y me sugiere una marca, voy a la farmacia con la receta y ahí pueden pasar dos situaciones:  

  1. Estoy de acuerdo con la sugerencia de nombre comercial y entonces el despachante, -que debería ser auxiliar de farmacia- me expende la prescripción tal como está.
  2. No estoy de acuerdo con la marca sugerida y es cuando el auxiliar de farmacia debe llamar al farmacéutico para que sea él quien instruya al cliente sobre todas las marcas que tengan absoluto correlato con el principio activo recetado por el médico.

En nuestro país el panorama es realmente preocupante. Las publicidades de medicamentos son obscenas; se asocia generalmente el estado de bienestar y la felicidad con la medicalización excesiva; los zócalos de las propagandas invierten el circuito Ante cualquier duda consulte a su médico o farmacéutico se lee como para tranquilizar conciencias: o sea que primero voy a una oficina de farmacia y le pregunto a la persona que está en el mostrador qué puedo tomar, ella me prescribe -sin ponerse colorada-, yo lo compro al medicamento y luego voy a un médico -que sin ponerse colorado- me hace la receta del principio activo que me recetó la futura arquitecta.

Y se tiene que decir y se dirá: Los profesionales que ponen a disposición del mercado sus matrículas; los Colegios Profesionales y -como no podía ser de otra manera- los intereses de la Industria Farmacéutica, son cómplices de esta anomia tan peligrosa como absolutamente deliberada.

Pero es el Estado el único responsable por omisión: por el no ejercicio del poder de policía; por no regular la publicidad de medicamentos, alimentos y tecnología médica; por no garantizar la equidad en el acceso a la atención médica para que esa señora a la que le dolían los huesos esta mañana, vaya primero a un médico que no le cobra plus porque tiene regulados honorarios dignos por el sistema de seguridad social o por parte del hospital público.

Es una problemática muy compleja como para desarrollar en apenas mil caracteres, sólo que, aprovechando mi desgano para ocuparme de los vicios electorales -a mi juicio la peor etapa de la práctica política- dejo sentada la inquietud y prometo continuarla la próxima semana.

PD: No hace falta decir que La Barraca les da derecho a réplica a todos aquellos que sienten que en la caja boba tienen los mejores consejos para su gastritis o su afección cutánea

¿Si me preguntan a mí? Adermicina.