por Franco Catalani 

El miércoles 17 de abril, el presidente difundió una burda puesta en escena a fin impresionar al público respecto de las “nuevas” medidas para paliar la crisis. Muchas veces se ha comparado esta segunda alianza con la primera allá por el 1999, y uno de los puntos de contacto que tiene, además de su fanatismo neoliberal y su pata radical, son las puestas en escena. Pero hasta ahí llegan las similitudes, De La Rúa actuaba mejor (no hace falta mucho), hasta sabía hablar y leer, a Macri le faltó decir “qué lindo es dar buenas noticias”.

El miércoles 17 de abril, el presidente difundió una burda puesta en escena a fin impresionar al público respecto de las “nuevas” medidas para paliar la crisis. Muchas veces se ha comparado esta segunda alianza con la primera allá por el 1999, y uno de los puntos de contacto que tiene, además de su fanatismo neoliberal y su pata radical, son las puestas en escena. Pero hasta ahí llegan las similitudes, De La Rúa actuaba mejor (no hace falta mucho), hasta sabía hablar y leer, a Macri le faltó decir “qué lindo es dar buenas noticias”.

Soy de los que piensan que esta segunda alianza no se equivocó en lo más mínimo con lo que vino a hacer. Si repasamos el pasado macrista, desde la SOCMA aliada al terrorismo de Estado (junto con Clarín entre otros), pasando por la presidencia de Boca, la Jefatura de Gobierno de CABA y la infame campaña electoral de 2015, científicamente planeada y ejecutada para engañar masivamente a la población, es imposible pensar que vinieron con las mejores intenciones pero erraron el remedio (ya ser neoliberal implica presunción de malevolencia). Estos tipos vinieron a saquear el laburo de la gente, y el monto del desfalco se podrá computar con bastante precisión comparando el dinero negro que blanquearon amigos y entenados (y los monstruosos fondos que lucran con la remozada deuda), con esos mismos balances en diciembre de este año, que a su vez será el equivalente del poder adquisitivo perdido por los/as trabajadores y por las PYMES fundidas. Al fin y al cabo, mejor que robarle al Estado y a la gente desde una empresa privada, es robarles siendo el propio Estado. No se puede negar que mejoraron con los años.

Pero la debacle económica para PYMES, pobres y trabajadores ya certificada (no para ricos, empecemos a decirlo)  preanuncia la política y será un aluvión el 27/10. Todo hace presumir que Cristina o alguna dirigencia del Kirchnerismo en conjunto con una parte del peronismo, ganará holgadamente las elecciones nacionales y empezaremos a remontar esta pesadilla de cuatro años. Aquí es donde me interesa poner la atención: cuidado con el triunfo. Así como la derrota fue, en buena parte, el resultado de nuestros desaciertos; la previsible victoria se la deberemos, en alguna medida, a estos bandidos. No hemos hecho, que yo sepa, la tan mentada autocrítica de una forma que nos hubiera impulsado a aprender mucho de aquel episodio: sincera, amplia, horizontal, sin prisas.

El 28/10 festejemos todos y todas unidas, celebremos una semana, un mes si queremos, pero cuidado con el triunfo. Tenemos que pensar más allá de uno o dos períodos, de una, diez, cien personas/emblemas, tenemos que pensar en la continuidad y consolidación del proyecto nacional y popular, que nos saque definitivamente de la oscilación temporal con el neoliberalismo (lepra continental, por otra parte). Los objetivos y contenidos se discuten medio poco, a mi entender, deberían discutirse mucho más. Pero hay otro aspecto que nadie discute y es tan crucial como el anterior: las prácticas, los procedimientos por los cuales construimos o destruimos consensos y alianzas en el campo popular. Ojo con eso, nadie le da bola y creo que hay ahí una fractura fundamental. El proyecto mira al futuro pero las formas de construirlo, en demasiados casos son las peores del pasado: el verticalismo, el personalismo, el centralismo, la burocratización y -la frutilla del postre- el discurso para la tribuna hablando de democracia, horizontalidad, humildad, federalismo, militancia, etc. etc. La verdad es que las tradicionales estructuras partidarias (ni digamos las sindicales) ya no pueden contener, y mucho menos encausar, un proyecto político y económico que pretende empoderar a todos y todas en sus múltiples potencias y divergencias. Más bien generan lo contrario: llevan a triunfos efímeros que no pueden sostener cierta continuidad (ni digamos profundidad) y caen en la oscilación con los parásitos neoliberales. Ya vimos lo que cuesta construir y destruir un país, más o menos en relación 3 a 1. Dejemos de boconear con la democracia y los demás valores asociados a ella y empecemos a practicarla y mejorarala en serio, es un buen camino para que Vidal no tenga opciones dentro de unos años.