Por Eugenia Douek

Una vida y … casi que solo eso, una vida, despojada de todo lo que se pudiera pensar que debe tener una vida. Una mamá, un carrito lleno de andrajos viejos y usados que suena por las calles junto al cántico de “Compro diarios, botellas, trapos viejos, ¡¡¡¡boooo…telleeee…ro!!!!”.

SÍ, leyeron bien, “compro”, porque en aquella época, los diarios se pesaban con una balanza de mano y cada cual le ponía precio al kilo, precio que el vecino le peleaba. Impensado pero real.

Él con sus seis o siete añitos acompañaba el rodar del carro empujado por su madre o descansaba sobre los andrajos como un trapo más.

Los recorridos eran siempre los mismos. Y así, tal cual, como un trapo más, un día fue dejado en una casa con una familia. Y lo que parecía que iba a ser una hoja en blanco donde escribir una nueva historia, se convirtió en un bollo de papel lleno de marcas.

El maltrato y los golpes no se demoraron en llegar.

Y entonces, sin rumbo, sin destino y sin nada, echó a correr y se encontró en la calle con otras vidas sin nada y juntos llegaron a la famosa calle Lavalle, que albergaba a niños sin nadie y a proxenetas que, entre otras cosas, los “protegían”.

Y así de a poco, de a pedacitos, se fue amputando y enmudeciendo su alma.

Como siempre sucedía, no pasó mucho tiempo hasta que bajo la figura

de “vagancia” una sirena enardecida, lo llevó a un Instituto para MENORES de su edad y, al tiempo, pasó a otro para más grandes, clasificado como de mediana seguridad.

Y allí se presentó José, que no era José, ya adolescente, sin documentos porque a pesar de llevar casi seis años de institucionalización, seguía siendo casi un NN.

Siempre en primer grado porque la falta de documentos le impedía ser promovido.

Sentado de costado, mirando de perfil hacia una ventana alta y pequeña que mostraba el cielo. Enmudecido, su solitaria mirada movía el aire. Escuchaba palabras prestadas que tal vez le daban sentido a lo que le estaba pasando.

Diferentes intentos para llegar a su alma sin lastimarlo. Solo el gesto que abraza a la distancia, estar una y otra vez allí para recibir las primeras palabras, varios encuentros, hasta sembrar confianza.

Su nombre no era José, pero había decidido ser otro, y dejar aquel niño dormido sobre el carro. Con el tiempo, pudo ablandar la costra de su garganta para contar su historia y, aunque de eso hablaremos en otra oportunidad, dejaré que se cuele acá un pedacito de su vida.

Eran muchas las personas que se acercaban a él cuando vivía en la calle Lavalle, alguno le compraba un sandwich, otro le dejaba una ropa usada o una manta cansada de abrigar otros cuerpos, le preguntaban su nombre, donde estaban sus padres…

Pero hubo alguien que realmente LO VIÓ, una señora que siempre lo ayudaba. Y aquí viene la perla, la joya de ese pedacito de tiempo “Esa señora un día me compró un par de zapatillas… NUEVAS”. Repitió “NUEVAS” y una sonrisa de oreja a oreja se dibujaba sobre las letras que parecían bailar al salir de su boca.

La primera sonrisa en esos espacios de charlas semanales. La primera vez que tenía algo NUEVO. Alejado de las cosas del carro y de las calles. Imaginé sus piecitos alados dentro de esas zapatillas. El gesto, un pequeño gran gesto le había iluminado la vida- El gesto, pegamento de emociones y memorias, puso el primer remiendo a su alma.

Un gesto de alguien que LO VIÓ, no solo vio sus necesidades, sino también sus sueños. Sueños que invitan a trazar caminos propios y no a transitar sobre rutas gastadas. Porque de eso se trata la IGUALDAD, no sólo de resolver necesidades sino de acceder a los sueños. Eso que tan sensiblemente pudo ver nuestra querida compañera EVITA cuando entregaba la bicicleta, la pelota, la muñeca soñada. Sueños que animan a escribir el propio libreto para no ser actores de libretos escritos por otros.

José, que no era José, pero después se los cuento, y para que no se queden con la intriga, pudo finalmente emprender el inicio de un camino con promesas de nuevos afectos para ir dibujando su propio mapa.