Por el chacho matthews

A Eloísa y a la memoria de su abuela Blanca

En una casa de La Isla, Nico Cruz lee un cuento. Su hermana Niké, “lee” inventando historias con un libro que sostiene patas para arriba.

-Mamá, ¿sabés quién le enseñó a la bisabuela Blanca a hacer la mermelada?, pregunta Nico y, sin esperar respuesta, reponde:

-La vecina inglesa que vivía en el ingenio La Corona. Aquí está escrito, mamá, en el cuento que escribió el abuelo.

En el centro de la mesa, siete naranjas agrias relucen como pepas gigantes de oro. Un anciano y una mujer joven se disponen a repetir el atávico rito de transferir tradición familiar a través de una receta de cocina.

-Por el grosor de las cáscaras, pareciera que tienen mucha pectina, dice el anciano. Su hija lo mira y pregunta:

-Y eso, ¿es bueno o malo papá?

 -Muy bueno, hijita, la pectina es la que agruesa la mermelada.

-Pa, ¿y cómo aprendiste a hacerla?

-Observando, anotando y pesando ¿Lavaste bien las naranjas?

-Sí, papá.

-Tu abuela era muy celosa con sus recetas y no se las daba a cualquiera. Yo quería aprender a hacerla. Una vez le traje naranjas de Tafí Viejo y anoté meticulosamente todos los pasos y proporciones.

Como si escarbara en sus recuerdos el anciano guarda silencio… Luego prosigue.

-Con su vieja balanza que todos le decían que mentía, determiné el peso de los ingredientes y los utensilios. Pesé la fruta, la olla, el azúcar y estimé el volumen del vaso con el que medía el agua…

Un silencio melancólico flota en la cocina.

-Todo con la balanza mentirosa, allí me di cuenta que para ella su uso era superfluo. Tenía las medidas incorporadas en sus ojos y en las manos.  A propósito, ¿pesaste la fruta?

-Sí, papá. Un kilo setecientos, si es que tu balanza no miente.

-Entonces pesá dos kilos y tres cuartos de azúcar, hijita. «Ésa es la cantidad justa para seis frutos grandes o siete medianos», decía ella.

-Abuelo, ¿qué quiere decir ambigüedad?, pregunta Nico.

-¿De dónde sacaste eso?

-Del cuento del abuelo, ma: “y que guarda con los candados de la ambigüedad”. Aquí, ¿ves?

-A ver, papá, ocupate de eso, se desentiende Eloísa.

El abuelo mira al niño y le explica:

-Quiere decir que tu bisabuela protegía el secreto de sus recetas con algunas trampitas. Cuando decía grande o chico, ¿a qué se refería?, para ella, ¿qué era grande o chico? ¿Te das cuenta Niquito?

-¿Papá, te puedo hacer una pregunta?

-Por supuesto. Que yo te la conteste es otra cosa.

-¿Cómo se te ocurrió lo del cuento?

-Tu abuela me había encargado que le trajera los frutos de los naranjos de Tucumán, esos que adornan y perfuman las veredas y las plazas. Acá en Salta no los conseguía. Pero fui a buscarlos justo el día en que los sindicatos resolvieron hacerle la primera movilización a Bussi y no conseguí ni una naranja, porque el genocida las había mandado a cosechar a todas para que no las usaran como proyectiles. Tuve que ir a juntarlas en Tafí Viejo.

-¿Quién es Bussi abuelo?, pregunta Nico.

-Un hijo de… ¡Papá!, advierte Eloísa.

-Después te explico Niquito, dice el abuelo.

-A mí también explicame abuelito, reclama Niké.

-Bueno, bueno. Basta de charla y sigamos con el proceso, ordena Eloísa.

El Proceso, repite en voz baja el anciano.

«Pensar, que al genocida lo condenaron por la muerte del Chonga, pero lo tendrían que haber hecho por ese crimen y… ¿A cuántos habrá asesinado esa bestia?», se pregunta en silencio.

-Papá, papá dice en voz alta Eloísa. El anciano regresando del pasado, la mira y responde:

-Perdoname, hijita. Descendí al Hades. 

-¿Nos podríamos apurar?, no quiero volver muy tarde a casa.

-Sí, por supuesto, pero por favor mañana vengan temprano así terminamos y enfrascamos. Ahora preparemos la fruta.

 Mirá, a las naranjas les rebanamos los extremos y le hacemos cortes para separar la cáscara en cuatro partes, ¿ves?, así. Luego, a cada una la cortamos en tirillas finitas. Nico mira asombrado como su abuelo corta las cáscaras bajo la atenta mirada de su madre que, a su vez, con el tiempo, será el puente por donde circularán los secretos de la cocina familiar.

-Bueno, dejame a mí ahora, dice Eloísa tomando el cuchillo con su mano izquierda. Corta las cáscaras a una velocidad que asombra a su padre y piensa: «Tiene tantas cosas de ella…».

-¿Así está bien, papá?

-Sí, hijita. Así, bien finitas, “para que se las vea transparentes” decía tu abuela.

Terminada la operación, Eloísa pone las tirillas en un colador, las enjuaga con abundante agua para sacarle la acidez, las toma entre sus manos y las churma hasta dejarlas casi secas.

“La ministra de seguridad informó que Santiago Maldonado no se encontraba en el Pu Lof Cushamen en el momento que la gendarmería desalojó la Ruta 40, mientras tanto sus familiares continúan con la búsqueda. Por su parte, el jefe de gabinete del Ministerio de Seguridad informó que el artesano pertenece a la organización subversiva Resistencia Ancestral Mapuche”, informa la radio.

 -A ese chango lo mató la gendarmería, dice el anciano mientras toma un fruto pelado y lo desgaja.

– ¿Ves? Así hijita.

-Sí, papá

-Recuerdo como si fuera hoy cuando tu abuela hacía la mermelada en su cocina de Tres Cerritos. Por su mente transcurren, como en una película, los sucesos de los Setenta

-Papá, papá. ¿Te quedaste dormido? ¿Qué más hago?

-Perdón, ¿ya separaste las semillas?

-Sí, las puse adentro del jarro, con medio litro de agua y dos en la olla junto a la pulpa y las tirillas.

 -Bueno, entonces, tapá y dejemos reposar. Ahora vamos a cenar. Seguiremos mañana.

Los ojos gastados del anciano miran la luz otoñal del mediodía que alumbra las hojas de la parra. «Creo que voy a tener que terminar solo el dulce», piensa. En ese momento, una vocecita tierna y chillona grita desde la verja:

– ¡Abuelo!

Luego de almorzar, se disponen a proseguir con la elaboración de la mermelada. Ponen las semillas en una bolsita de lienzo, cuidando que todo el líquido caiga en la olla.

-Mirá papá, están como gelatinosas.

-Sí, es por la pectina.

Eloísa cierra la bolsa, la pone junto a las tirillas y el jugo. Pone la olla en la hornalla y pregunta;

– ¿A fuego fuerte papi?

-Sí, a fuego fuerte. Desde que comience a burbujear debe hervir destapada una hora, luego ponés el azúcar, la tapás y dejás que hierva con llama pelusita hasta que dé el punto. Voy a dormir un rato, despertarme en una hora.

Las voces de los niños jugando en el patio despiertan al anciano.

– ¿Loi?

-Sí, pa.

– ¿Cuánto he dormido?

-Y… como dos horas, papá.      

-¡Uy! ¿Y el dulce?, ¿apagaste el fuego?

-Sí, pa. Ya lo terminé y está enfrascado, mirá.

El anciano toma el frasco, lo mira a contraluz y exclama:

– ¡Mierda!, ¡qué linda te salió la mermelada!