Por el chacho matthews

A los fantasmas de la casa de Tafí Viejo

La vida no había sido para nada generosa ni neutral al distribuir inteligencias en Palo Seco, un olvidado paraje ubicado en el sur del Chaco Salteño donde confluían las fronteras de Salta, Tucumán y Santiago del Estero. Allí le había tocado en suerte nacer al Ataco Suarez quien, aparte de sus magras entendederas, cargaba con la pobreza endémica que anidaba en ese caserío ignorado por todos los dioses de la tierra. Como los demás hombres del lugar, para sobrevivir, Ataco malvendía la fuerza de sus brazos a la Agropecuaria Olmos S.A, levantando la cosecha de algodón que la empresa cultivaba en la zona y luego exportaba a Liverpool por el puerto San Martín de Rosario.

Llegada la época de la recolección, a los braceros se los hacinaba en dormitorios armados en contenedores en desuso en las afueras de La Coalición, un caserío que contaba con una estación de ferrocarril, una diminuta capilla donde también funcionaba la comisaría y una hilera de casuchas de madera diseminadas a lo largo de una cuadra. En tiempo de cosecha, llegaban dos trenes de carga por semana, en las otras (a veces) uno por mes. Salomón Abraham, un turco mercachifle de Nueva Esperanza, se instalaba en el paraje con una camioneta abarrotada de arroz, fideos, cigarrillos, bebidas, tabaco, coca, naipes y todo aquello que pudiera venderles a los braceros. En un cuaderno de tapas negras anotaba los fiados que cobraba cada quince días directamente en las oficinas de la empresa. En cierta ocasión, Salomón llevó para vender unos billetes de lotería. Ataco, luego de escuchar las explicaciones del semita sobre para qué servían esos papelitos de colores, quiso probar fortuna y le compró uno. Con su limitada fantasía imaginaba que si sacaba la grande se compraría zapatillas como las del hijo del turco, un rangler, remeras con dibujos y letras y una campera amarilla igualita a la del dueño de la empresa. También haría una gran fiesta para que todos festejaran e invitaría a la Adelaida, esa chinita de Antillas que tanto lo despreciaba. Con esas ilusiones de indigente andaba cuando alcanzó a escuchar los gritos desaforados de Salomón «¡Ataco! ¡Ataco! ¡Acertaste!» Cuando el comerciante llegó donde se encontraba el afortunado, asesando le dijo: «Ataco, sos rico, te sacaste la grande». El bracero comenzó a correr por entre el algodonal gritando «¡Soy rico! ¡soy rico!» y siguió corriendo y gritando desaforado hasta que entre cuatro lo sujetaron y lograron calmarlo.

En la camioneta de Salomón fueron a Tucumán a cobrar el premio. Pasada una semana regresaron. Todo el pobrerío salió a recibirlo y a regocijarse con esa experiencia inédita para ellos. En su propio colectivo vino de Metán la banda cuartetera Luz de Bengala. Los empleados de la productora de eventos, levantaron el escenario e instalaron un grupo electrógeno, el equipo de sonido y las luces. De los camiones de la empresa de catering descargaron la carne, lechones, chivos, pollos, como así también verduras, quesos y fiambres. También cajas de vino, ginebra, fernet, fardos de bebida cola y soda. El gerente de la Olmo S.A., presionado por el cura, autorizó el uso de los baños químicos con la condición de que los devolvieran limpios. Toda esa parafernalia, desplegada sin pudor alguno, contrastaba con la pobreza extrema de los braceros y los pobladores de la Coalición.

La fiesta duró tres semanas. Promediando la tercera, la gente, influenciada por los punteros políticos, quiso tener un alcalde. Con un tronco de pasto cubano seco hicieron la vara de regidor. Hábilmente el cura se apropió de la iniciativa y puso a la venta el cargo a beneficio del patrono del pueblo. Ataco compró la vara.

Acabada la celebración todo volvió a ser como era antes, los citadinos levantaron campamento y el pueblo quedó con su pobreza endémica, basura diseminada por doquier y un olor nauseabundo a comida podrida que invadió el lugar.

Pasada la euforia de los primeros días, al flamante funcionario le comenzaron a surgir los problemas. Siguiendo el consejo del gringo encargado del galpón de acopio, Ataco se dispuso a reducir la planta de personal del municipio. En esos trámites andaba cuando el jefe de la estación le advirtió que el único empleado municipal era él. Al darse cuenta de las consecuencias de la medida vetó sin más trámites la ordenanza.

Un día, en el tren, llegó una encomienda remitida desde Buenos Aires por la Dirección Nacional de Modernización del Estado. Estaba dirigida a la Municipalidad de la Ciudad de La Coalición. Con cuidado y desconfianza, Ataco desarmó el paquete. En su interior encontró un artefacto de chapa con unas ventanitas redondas con vidrios de colores y unas viseras como las de las gorras que repartían los políticos en las elecciones. El aparato estaba pintado con franjas al sesgo negras y amarillas, como la camiseta de Talleres de Metán.  De inmediato el alcalde le preguntó al jefe de la estación para qué servía el artefacto.

-¿Qué es esto? -inquirió Ataco

-Un semáforo -contestó el ferroviario.

-Sema… ¿qué?

Pacientemente el jefe le explicó de qué se trataba y para qué servía el extraño utensilio.

-Pero, no le va a servir, le dijo el jefe.

-¿Por qué?, preguntó Ataco

-Por tres razones: primero porque en el pueblo no hay esquinas. Segunda, porque no tenemos luz eléctrica y tercera: porque en el pueblo no hay autos.

-Entonces lo pondremos frente a la Capilla -decidió Ataco

¿Y para qué? -preguntó el jefe.

-Para que el día de la procesión lo vean todos.

Ataco quedó muy entusiasmado con el regalo que había recibido. Con esa innovación La Coalición comenzaría a ser como Rosario de la Frontera, o Metán quizá, pero pensó que con uno no alcanzaba y deseaba poner otro en la policía. De inmediato lo consultó con el comisario quien le sugirió que fabricara uno copiando al que había recibido. 

Con unos recipientes de plástico que encontró en el basurero donde se depositaban los envases vacíos de agroquímicos, Ataco construyó una réplica del semáforo recibido. Cuando el símil estuvo terminado, colocó estratégicamente a los dos al frente de la capilla. Los días feriados y en las fiestas de guardar pondría, en el interior de ambos adminículos, velas e imágenes del santo patrono del pueblo.

Terminada la construcción del artefacto, Ataco decidió informar a los vecinos sobre los adelantos incorporados por la comuna. Para tales propósitos organizó un acto público. Parado sobre un pallet, el alcalde arengó a los pobladores y braceros diciendo: «En este solene ato de naguración de la re sefomárica, nuestro pueblo a dentrado ráfagamente nel progreso, ¡Ataco cumple, Evita significa!».

Concluida la cosecha los braceros regresaron a sus lugares de origen y los pobladores de La Coalición a su vacío destino.

En las oficinas de Puerto Madero los executives de la Agropecuaria Olmos S.A., ante el colapso de la actividad algodonera, analizan los índices de recupero de un plan de negocio de soja. A su vez, Ataco Suarez en Palo Seco, sentado sobre un tocón de algarrobo rememora con nostalgia los semáforos de La Coalición, al tiempo que mira a unos niños desnutridos que juegan al futbol con una pelota de trapo sobre un terreno yermo.