Por el chacho matthews

A Oreste Santochi y Ana María Figueroa. In memorian

Un hombre anciano vaga por los puestos del mercado San Miguel. Habla solo. «El Sarcófago, la Quica fue la de la idea», musita. «Quería ponerlo en funcionamiento, o quizá sacarle la carga, pero allí estaba como un efrit, enquistada en el acero del aparato».

Una voz interior emerge como brotada del pasado: «El alemán lo hizo comprar. Además, llevó a la Quica y al Rengo a Alemania para que aprendieran. Murió en el barco, cuando regresaba con el aparato. Quizás en ese momento colocaron el maleficio», dijo la voz.

No, no. Se lo pusieron acá. Lo vi en la foto. El de la casa de fotografía creyó que estaba velada. «Jefe, no le salieron», vociferó. Pero allí estaba ella, roja, hermosa, esbelta, en medio del fotograma.

Elaboré un informe y solicité fondos, pero no me los dieron. Anduve un tiempo sin rumbo hasta que Santos regresó del exilio y reasumió la dirección. Me hizo llamar.

«Quiero saber qué carajo hace usted en ese laboratorio. Le doy una semana para que me informe, si veo que está perdiendo el tiempo, transformo ese laboratorio en aulas y usted se dedica a sus tareas docentes», amenazó.

Al día siguiente muy temprano le tiré la carpeta sobre el escritorio. «Acá tiene, no me hace falta una semana porque llevo meses trabajando y harto de que me pidan informes y más informes y ni siquiera pongan una moneda. El Equipo anda. Mire las líneas que obtuve con un láser».

 Santos hojeó el informe, observó las fotos y vio la línea. «Está bien, me haré cargo del laboratorio. Vamos a trabajar juntos. Usted no les resulta muy simpático que digamos».

Con informe en mano revisamos una y mil veces las distintas partes. Hicimos ensayos y nada. No aparecía. Después de un tiempo Santos dijo: «¿Quiere que le diga una cosa?: yo también tengo la presunción de que funciona. Discúlpeme que haya dudado, pero me llenaron la cabeza. Busque gente para que nos ayude». Pensé: “Un par de gurkas”.

«Además averigüe quién nos puede reparar las bombas. Yo me encargo de conseguir fondos».

Dos alumnos se sumaron al proyecto. Envié las bombas a Buenos Aires A los dos meses regresaron a Tucumán y pensé: “espero que no se hayan aporteñao”.

Limpiamos a fondo cuidando de no contaminar, armamos y comenzamos con las pruebas. Santos propuso trabajar durante el receso, acepté la propuesta.   

Ana se sumó a la iniciativa. «Quedé muy mal anímicamente cuando, luego de regresar de Alemania, la Quica me propuso trabajar con el artefacto. Intentamos casi un año sin obtener resultado. Un día, sin explicación alguna, decidió abandonar el proyecto. “Para evitar daños irreparables”, justificó en aquel entonces. Retomar la tarea le vendría muy bien a mi espíritu», comentó Ana»

Los gurkas aceptaron entusiasmados la idea.

Comenzamos el lunes 5 de enero del ’87, éramos cinco humanos tras una quimera. Proseguimos con pruebas, desarmado, limpieza, rearmado, ensayos y frustraciones. Planteo de hipótesis, negación experimental de la hipótesis, nueva alternativa, bisoña esperanza, nuevo ensayo, reiterada frustración. Durante un mes y medio, de lunes a viernes, convivimos doce horas diarias en el laboratorio.

El jueves trece de febrero, por la mañana, Santos, muy serio y algo decepcionado, dijo:

«Hagamos un último intento, el lunes debemos reintegrarnos a nuestras tareas docentes y a mí me espera la carga de la dirección del Instituto».

«Además, sólo nos queda una placa», acoté.

«Ana agregó: para colmo vencida».    

«Sí, todo eso. Propongo que desarmemos, limpiemos a fondo, pongamos aceite nuevo y dejemos todo listo para arrancar con el bombeo mañana a primera hora», propuso Santos. Aceptamos la propuesta. No nos quedaba otra.

El viernes, a eso de las nueve. Comenzamos con el bombeo, Ana había traído su virgencita, la pegó con cinta de embalaje sobre el Sarcófago y preparó el mate. Con Santos alucinamos sobre capacitación teórica, trabajos de doctorado y aplicaciones. Los gurkas repasaban cuántica. La aguja del manómetro bajaba. El bombeo, para alcanzar la presión de trabajo, duraba unas tres horas, pero en esa oportunidad decidimos bombear un rato más.

«Por qué no vas preparando las cosas para el revelado de la placa», me propuso Ana.

«Sí, necesito distenderme un poco», le contesté.

«Ya está en la presión de trabajo, yo diría que comamos algo y después hagamos la descarga», sugirió Santos.

«¿Y si le damos mayor exposición?, total, si la línea sale sobreexpuesta, no interesa, lo que queremos demostrar es que el equipo funciona», insinué.

«De acuerdo. Total, perdido por perdido…, pero ¿qué tal si comemos?», propuso Santos.

“Los Sandwichs están listos”, dijo Ana.

Comimos en silencio y seguimos sentados, como si algo nos retuviera.

«Bueno, a trabajar», dijo Santos.

Iniciamos la descarga. Las paredes del laboratorio tornaron a un violeta azulado, la virgencita de Ana emitía destellos.

«¡Bueno!, corten la descarga», ordenó Santos mirando el cronómetro.

Despresuricé la cámara, saqué la placa y entré al cuarto de revelado. Cuando salí, todos miraban con cara de: ¿y?

Se está secando, pero, ¿qué tal si tomamos unos mates?, dije.

Todos adhirieron. El clima estaba denso.

Después de un rato, Ana dijo: «ya debe estar seca».

«Sí, voy a traerla», contesté.

Cuando salí del cuarto oscuro con la placa en las manos, todos me siguieron como en una procesión. La apoyé sobre el vidrio esmerilado del atril y comencé a observarla.

«¿Ve algo?», interrogó Santos.

«Nada todavía», respondí.

Dio media vuelta y dijo: «voy al baño, ya vuelvo».

«Está nervioso. Con esto juega una carta pesada, un arcano mayor con carga emocional fuerte», le comenté a Ana.

Con una lupa recorrí la placa. Desplazaba la lente muy despacio. Los granos de plata desfilaban difusos, como fantasmas. En cierto momento me pareció ver algo extraño, volví atrás y, con sumo cuidado, busqué el foco…

 

«¡Acá está!» grité.

«¡Sí!, acá está la Í’juna gran puta»

Y allí estaba ella, negra, esbelta y nítida.

Le pasé la lupa a Ana indicándole donde enfocar.

«¡Sí!, ahí está. Te felicito».

«Nos felicitemos todos», acoté.

«Sí, pero yo sé de tus penurias porque nadie te creía».

Mientras los alumnos observaban la línea, Ana prendió la radio, dábamos saltos, nos abrazábamos, bailábamos. Los alumnos aplaudían.

Cuando entró Santos, nos miró como si viera a una caterva de locos.

«¿Qué les pasa a ustedes?», preguntó.

«Funciona, profe, funciona», afirmó uno de los gurkas.

«¿A ver?».

Luego de observar por un rato, con el rostro distendido se acercó y me dijo:

«Usted tenía razón, funciona».