Por Juan Carlos Di Lullo

Los jugadores pisan sus propias sombras, porque el sol del mediodía cae vertical sobre el césped del Estadio Azteca de México. A 52 metros de la valla rival, el número 10 de la selección argentina recibe la pelota y gira en un espacio de dimensiones inverosímiles para dejar desairados a los británicos Hoodle y Reid. Emprende la carrera que lo va a llevar a la gloria; Sansom deja un pie atrás para interceptarlo, pero Diego ya está lanzado en velocidad y lo esquiva sin inconvenientes. Fenwick sabe que no podrá detenerlo y amaga un manotazo en el borde del área, pero no llega a rozarlo. Shilton trata de cubrir todo el arco con su cuerpo y sus brazos, pero la pelota pasa a centímetros de sus dedos mientras el tobillo de Maradona recibe el golpe tremendo que le propina Butcher. Burruchaga, que acompañó la jugada desde el inicio corriendo por el centro del campo, es el jugador argentino que desde más cerca contempla el final de la obra de arte. La pelota toca suavemente la red, diez segundos y seis décimas después de que el “barrilete cósmico” la recibiera en su propio campo. Se ha convertido el mejor gol de la historia de los mundiales. Diego Armando Maradona se recibe de ídolo.

Me resulta imposible calcular cuántas veces he visto la repetición de esa jugada mágica, que hipnotiza, acompañada por el relato emocionado de Víctor Hugo Morales; lo que puedo decir es que, invariable e inevitablemente, la emoción genera una respuesta física por parte de mi cuerpo. Sin embargo, debo ser de los pocos argentinos que no pudo verla en vivo y en directo aquel domingo 22 de junio de 1986. Yo integraba en aquellos tiempos un grupo independiente de teatro y teníamos en cartel una obra para niños. En el invierno tucumano, los domingos eran los días “fuertes”, aquellos en los que la concurrencia de los pequeños estaba asegurada. Cometimos el error (tremendo) de suponer que habría algunos padres o madres poco futboleros para los que la salida al teatro podía ser un programa tentador como alternativa. Nada de eso ocurrió, pero como la función estaba anunciada a las cuatro de la tarde, estábamos dispuestos y esperando tanto en el escenario como en la sala, cuando el reloj marcó las 16:09, el instante preciso en el que Diego pintaba su obra maestra a miles de kilómetros de distancia. Como la lógica indicaba, nadie, absolutamente nadie se acercó al teatro. Poco después, ya con la función suspendida, nos unimos a los festejos callejeros y ahí comenzamos a enterarnos de que Diego había convertido los dos goles del triunfo argentino y que uno de ellos había sido memorable. Un triunfo justamente sobre los ingleses; parecía que Maradona había cargado sobre sus espaldas la misión de revertir, con una enorme alegría popular, la tristeza y la decepción vividas por todo el pueblo argentino hacía apenas cuatro años y unos días, en las heladas tierras de Malvinas.

Este episodio siempre me generó una sensación de alguna manera parecida a la que describe Ray Bradbury en el cuento “Todo el verano en un día”; una niña sufre una tremenda broma por parte de sus condiscípulos: ellos la encierran en un armario y la niña se pierde de disfrutar una de las rarísimas apariciones del sol en el cielo del planeta Venus, al que el autor imagina siempre cubierto por nubes espesas y oscuras, que producen una lluvia permanente a lo largo de los años. Siento que yo también me perdí de disfrutar un momento luminoso en la historia del fútbol argentino y vibrar con él junto a todos mis compatriotas.

Por eso sentí como un verdadero desquite personal la experiencia vivida el martes pasado, en oportunidad del festejo del aniversario de aquella jornada inolvidable organizado por AFA. Esta vez me tocó estar en Almagro, en Buenos Aires, y pude, ahora sí, unir mi voz a la de miles de argentinos que celebraron los 35 años de aquel golazo, gritándolo como si fuera en ese momento que la pelota entraba en la valla inglesa, en medio de una algarabía de bocinazos y de aplausos.

Si hubiera estado todavía entre nosotros, Diego habría accedido seguramente a innumerables reportajes para recordar (con anécdotas y ocurrencias nuevas) el aniversario de la concreción de aquella hazaña. Por primera vez no está, pero el recuerdo de su magia incomparable sirvió para volver a escuchar ese relato inspirado y ver esas imágenes electrizantes, todos unidos conteniendo el aliento durante diez segundos y seis décimas, para estallar en un solo grito emocionado y vibrante. Exactamente como hace 35 años.