Por Lic. Félix González Bonorino

¿Se acuerda del Estanciero? Todos los que tenemos algunos añitos encima nos hemos enfrentado a ese curso acelerado de capitalismo salvaje. Versión telúrica del Monopoly, el juego de salón más vendido hasta cierta época, (supongo que hoy han sido todos destronados por la polifacética Play), el Estanciero consistía en que, partiendo de una situación de igualdad, donde todos teníamos la misma cantidad de billetes, íbamos avanzando a través de “dadazos” alrededor del hexágono de la República Argentina, donde íbamos recorriendo las provincias a medida que nos beneficiaba la suerte.

No todas las provincias, como en la actualidad sus tierras, tenían el mismo valor. Me acuerdo que la primera y más barata era Formosa que, si no me equivoco, costaba $1000 cada tercio, menos uno, que se ve que tenía mejor tierra, porque costaba $1200. La última, y más cara del recorrido: Buenos Aires. Si alguien quiere ver en esto un meta-mensaje de centro periferia, corre por su profusa imaginación.

Había provincias que compuestas por 2 partes y otras por tres 3, norte, centro y sur, (¡y la norte siempre era la más cara! ¡Otra vez!), dependiendo, un poco de su poderío, y otro de la estética del juego. Y ya entonces aprendíamos que no todas las tierras son iguales. Un pedazo nos costaba más de esos billetitos que nos esmerábamos en ordenar y el viento en desordenar que otras y, por supuesto, las leyes del mercado así lo indican, si costaba más tenía que dar más ganancias. Y así sucedía cuando tenías la desgracia de caer en la tierra de otro, había que pagar. Eso sí, lo que te comprabas era tuyo y podías invertir en tu tierra. Así comprábamos chacras hasta llegar a la preciada Estancia. Cada una de estas instancias te permitía cobrarle más al que pasara por tu tierra. Evidentemente la solidaridad del hombre de campo estaba ausente en el juego.

Si acumulabas toda una provincia, por ejemplo, los 3 tercios de Salta, tu cuota, en caso de que los dados maldijeran a tus contrincantes y cayeran de visita en Salta la Linda, se multiplicaba algunas veces. Así aprendimos que el monopolio provincial era el objetivo.

La Nación se iba privatizando “imaginariamente”, y a fuerza de billetitos y suerte nos entregábamos a una batalla de unos contra otros. Si justo te agarraba después de que hubieras invertido y estabas con pocos billetes en la mano, seguro que te aceptaba como parte de pago medio Tucumán para completar mi monopolio provincial o un tercio de Córdoba donde vos estabas tan fuerte.

Al final alguien había destruido a todo el resto, los había dejado “pato” uno a uno y se hacía claro que el único vencedor era el que había acumulado todas las tierras.

Había un librito blanco con el gaucho en la tapa que era el reglamento, una especie de Constitución ad-hoc que todos habíamos aprendido casi de memoria, y dos grupos de “cartas” Suerte y Destino, indicando que, en definitiva lo que hiciéramos estaba marcado por esas dos palabras y dos daditos. Y por supuesto estaba el intangible BANCO, que no jugaba, pero manejaba los billetes.

Como dije, era un curso acelerado de capitalismo. Pero a algunas cosas se cuidaron de enseñarlas y las tuvimos que aprender como pudimos. La primera y más obvia, es que no todos comienzan con la misma cantidad de billetitos. Que algunos logran que los bancos no sean neutros como en el juego. Que las cartas, Suerte y Destino, están marcadas o las barajan siempre los mismos y, por último, parece que los dados estaban cargados.

En definitiva, el juego nos enseñó mal y perdimos todos. Ahora miramos alrededor para ver quién es el ganador y no lo encontramos. ¿Será el gauchito de la caja? ¡Naaah!

Suerte a todos con los dados.