Por el chacho matthews

Al Kito Gerber, in memoriam

Por la ventana de la vieja casona se filtran los primeros rayos de sol. En el interior de la habitación, Gabriel Apaza trata de hilvanar con palabras los recuerdos que ha ido recuperando en la noche. No quiere que los mate el olvido, se esfuerza en traerlos del pasado depositándolos en un papel que ha puesto sobre la mesa. Escarba el blanco buscando la palabra. El tiempo, inmóvil, silencia el tantán de la gotera. Los sucesos no ocurren, tan sólo son recuerdos. Gabriel los atesora en frases que construye con la memoria. Reinventa la realidad con palabras. Con agua y tierra constituye trigo, agrega fuego y lo transforma en pan. Escribe aire y crea pájaros, cifra ira y lanza misiles. El arado traza en la tierra la palabra trabajo, el sudor en la frente del campesino: trigo y sal. Al sur del Ecuador escribe usurpación y es hambre. Mujeres famélicas paren barrigas hinchadas. En el Oriente, los niños tiñen la arena con su sangre. Lenguas de fuego calcinan selvas y desiertos, dragones mesiánicos arrasan Las mil y una noches, en Bagdad.

El tantán de la gotera taladra, perfora, se agiganta. Las estrías del roble huelen a deterioro, la mesa es un trasto viejo. El tiempo transcurre. Batracios ponzoñosos devoran sus sueños, las frases se desquician, el sustantivo se degrada y muta a epíteto. Gabriel Apaza desciende a los infiernos. Trata de aferrarse a su historia, pero está sin manos. Busca el pasado inaugural, pero solo es un ser efímero. Regresa a la cantera, corrige, corta, suprime, elimina, reescribe, pero todo es en vano. La impotencia lo vence. Deja la pluma y estruja los papeles. Abatido y frustrado se desploma. En el silencio insomne de sus noches, ensaya estrategias para perforar el blanco que lo aprisiona, pero, con persistente frecuencia, es vencido.

Al tercer día, resucita y se transforma en un dios todo poderoso creador del universo de las letras y las palabras. La mesa recupera su estirpe. El tantán de la gotera ha enmudecido y la historia asoma frágil, temerosa, por entre los intersticios de su angustia. Crece, la palpa, la huele, juega con ella. Ahora, sus manos son gaviotas que pican en un mar fecundo de palabras. La historia se mece sobre olas suaves, un viento entero hincha su memoria y la nave pone proa hacia un pasado tierno donde habita el niño. Detrás de la coraza adulta, descubre un mundo de reminiscencias. La barca navega con rumbo a dominios mediterráneos donde el tiempo yace inmóvil. La memoria busca a un dios. Recorre un mar sidéreo preguntando a todos por Yhvh y en una ciudad extraña encuentra a un hombre como él. En la mirada y en la risa franca se reconocen. Sumando lo de cada uno, con los elementos de las dos historias, pergeñan un nuevo cosmos reinstalando la fantasía y el afecto. Sueñan con cuentos de leche tibia, pan tierno y queso fresco puestos sobre un mantel blanco que engalana la mesa y los cobija. El diálogo huele a añoranza. De a poco, reconstruyen la palabra que los une y agiganta. Agregan los ingredientes a la olla. Un aroma a trabajo y a tierra recién labrada los envuelve. El vino añejado en los recuerdos, desbroza el camino, lo hace llano. Hay todo un universo para refundar, pero Gabriel va percibiendo en el relato un cuajo ácido que traza un surco cruel en las entrañas de su amigo, mastines mafiosos le trituran las vísceras y brujos mercenarios lo ofrendan al altar de la perversión, su nave parte hacia un mundo difícil de comprender. El hombre que escribe se queda en éste, con su dolorosa impotencia.

La mesa ha quedado vacía. En el cesto: hojas estrujadas. Las lágrimas han diluido las palabras. La pluma, tirada en un rincón, es testigo de la realidad estéril y Gabriel desciende por un laberinto frío al Hades, derrotado una vez más.

Los sueños han cesado, la vela está marchita. El dolor taladra, perfora, el tantán de la canilla se agiganta y destruye la barca. El hombre que escribe queda varado y dolorido por los días de los días hasta que una brisa suave abre la ventana trayendo de nuevo las palabras, el brazo de Gabriel se despereza, y recupera la historia, cortando y corrigiendo la agiganta. Las gaviotas pican de nuevo en el océano de palabras. No importa que los venzan una y otra vez, sus barcas vuelven a cruzarse en un mundo mágico e intangible donde las palabras juegan a refundar el cosmos, por los siglos de los siglos, como en los viejos tiempos, con sus sueños y sus ansias.

La luz del farol de la calle entra tímida a la habitación y se posa oblicua sobre la escena. En la mirada de Gabriel Apaza se percibe un brillo sereno. El tantán de la gotera se ha callado, sobre la mesa quedan la pluma, algunas hojas que cuentan una historia y, en el papelero, muchas estrujadas.