Por el chacho matthews

A ciencia cierta no se sabe quién escribió el libro cuyas hojas se encontraron colgadas de un gancho de alambre en la letrina pública del barrio Solidaridad de la ciudad de Calchaqui. Lo que sí se sabe, a través de los chismes de las comadres del barrio, es que los folios se habían colocado allí con el propósito de que los depositantes limpien sus partes púdicas luego de proceder a evacuar sus bandullos y que fue un indigente manco quien, al sacar una hoja de la gavilla, se dio cuenta de que era parte de una historia. Después de higienizarse, el tullido guardó en su morral el fajo y unas hojas sueltas que encontró diseminadas por el suelo. Cuando terminó de reunir el material, regresó a su casa en el paraje de La Isla. En la acequia comunitaria lavó cuidadosamente los folios embarrados y los puso a secar colgándolos de los sarmientos de la parra. Le apasionaba leer, pero los libros estaban lejos del alcance de su extrema pobreza. Cuando las hojas se secaron, el manco ordenó los folios de acuerdo a su parecer y, con su puño y letra, garrapateó algunos párrafos y páginas que suponía que faltaban. Con  pedazos de cartón hizo las tapas que forró con unos cueros de caraguay pegándolos con goma brea. Concluida la tarea comenzó a descifrar el relato. Con su único dedo índice iba siguiendo cada palabra silabeándola en voz alta, luego la repetía varias veces hasta que la memorizaba y así hasta completar la línea, luego el párrafo, la página y todas las hojas hasta terminar con el capítulo. Los domingos, cuando los feligreses salían de misa, el manco parado sobre un tocón de la capilla recitaba lo que había memorizado durante la semana.

Muchos domingos después su vecina, Lucrecia Condorcanqui, le pidió prestado el libro. No se sabe muy bien si tenía interés en leerlo o fue para liberarse de la monserga dominguera del tullido. Pasadas algunas semanas, la mujer le facilitó la obra a su comadre. De esa forma el libro fue pasando de mano en mano por el paraje, después por la ciudad y, finalmente, se diseminó por el país. En muchos lugares se hicieron copias sucesivas y la Compañía de Jesús se encargó de duplicar y distribuir ejemplares por todo el mundo. En las múltiples clonaciones se cambiaron fechas y lugares. En algunas ediciones adelantaban el tiempo, en otras lo contraían. Espacio y tiempo se enmarañaron de tal manera que una localidad que en ciertas ocasiones aparecía en el África, después (o antes, según la edición) lo hacía en Sumer o en el Machu Pichu. Un caso extraordinario fue el del ejemplar en el que Uruk emergía en forma simultánea en el Soho de Londres y en las Islas Malvinas, en cuya plaza ondeaba la Wiphala. Los filósofos bantúes de la Guinea Ecuatorial sostenían que, desde sus comienzos, el libro se autoescribió.  Las letras brotaban en fila como si una mano invisible las dibujara. Las grafías se acoplaban y formaban las palabras. Éstas, a su vez, constituían frases congregadas en un relato coherente que tomaba sentido de acuerdo a la ideología, religión y dogma de la gente que habitaba en los lugares por donde circulaba el libro. De esa manera, comenzaron a mezclarse las historias, los lugares, los tiempos y la obra llegó a tener múltiples tramas que se entrecruzaban. En cada sitio por donde circulaba, el argumento surgía de acuerdo a las creencias del lector que podía así disfrutar de la historia que le había tocado en suerte. A partir de allí, la narración se hizo relativa y produjo cambios en el conocimiento de la humanidad. A consecuencia de ello, los físicos positivistas modificaron sus valoraciones respecto al método científico y los filósofos abandonaron sus especulaciones metafísicas porque perdieron el objetivo y, completamente desorientados, no sabían si el principio de todas las cosas debían buscarlo atrás del Big Bang o más allá del difuso borde de los confines del Universo y si lo que buscaban era el principio o el final. Los miembros de la Academia de Mileto afirmaban enfáticamente: «Ambas cosas, porque son las mismas. El Universo es una esfera que se expande, con centro en infinitos puntos y el límite en todas partes». 

Con el correr del tiempo, el conjunto de ideas contenidas en la obra contribuyó a la teoría del conocimiento estableciendo un sistema de referencia cartesiano anclado en los arquetipos. Un erudito lingüista francés, que estudió un ejemplar, realizó una primera eiségesis que publicó en los anales de la revista Linguistique Générale de París, donde llegaba a la conclusión de que la obra era sumeria. Consultado sobre esta interpretación, un exégeta ortodoxo dictaminó que al libro lo había redactado el inconsciente colectivo de la humanidad. Por su parte, un destacado filólogo de la Sorbona sugirió que el espécimen, en su origen, habría integrado el volumen de Las Mil y Una Noches, hasta que Saladino lo desgajó del cuerpo principal para ponerlo a salvo de la voracidad de los Caballeros del Temple.

Fue Juan de la Cosa quien lo transportó hasta las Indias Occidentales. Lo había adquirido en el puerto de Biblos a unos marineros fenicios y lo perdió en una partida de naipes en un tugurio clandestino que funcionaba en la sentina de una carabela fondeada en una isla del mar de las Antillas. Desde allí fue dando vueltas por distintos lugares del Nuevo Mundo, hasta que alguien se lo dejó olvidado en la diligencia que realizaba el viaje desde la ciudad de la Santísima Trinidad hasta la lejana Calchaqui y fue el auriga del carruaje quien lo encontró y, ante la premura del momento, lo ensartó en un gancho de alambre que encontró colgado en la pared de la letrina pública.

Cuando el manco se enteró de que su vecina le había enajenado su único libro y que éste se había diluido en las múltiples manos anónimas de los libros prestados, entró en un estado de profunda tristeza y comenzó a duelar su tesoro perdido. Como alma en pena vagaba por todos los parajes del sudeste de Calchaqui buscando su libro. Los esotéricos anónimos de San Agustín daban fe de que, cuando declinaba el Sol, el manco bajaba de la Quebrada de la Horqueta blandiendo un machete a modo de espada y con la mirada apuntando al cielo.

Una mañana de domingo apareció en La Isla. Vino caminando desde el Norte. Cuando llegó a la capilla se subió al tocón y, luego de sacudirse el polvo, comenzó a arengar a los feligreses que se habían reunido a conmemorar las fiestas patronales. Finalizada la monserga partió con rumbo incierto. Los historiadores de la Escuela de Sumalao aseguran que a partir de ese día no se supo más nada de él, ni del destino de su extraño libro.

Algunos ancianos memoriosos del paraje de La Isla afirman que en el Museo de los Recuerdos Perdidos existe un facsímil mimiográfico del original, que fue hallado entre las pertenencias de la difunta Lucrecia Condorcanqui.