Por el chacho matthews

Nota del autor: en el relato figura Cusco en lugar de Cuzco, dado que esta última forma es ofensiva para los cusqueños

Un sol oblicuo y manso ha comenzado a alumbrar los techos de las chozas del lof Pelo Leufü. Por entre los manzanos silvestres un grupo de mujeres va en búsqueda del agua que corre saltarina entre las piedras de un cauce diáfano. Un hilo de humo azul se eleva desde un fuego que trata de encenderse. Los niños, sentados en círculo, van separándose de los sueños de la noche e inventan los juegos nuevos de la mañana. En el interior de las chozas los ancianos duermen despreocupados. Sin que nada lo anuncie, la tierra comienza a temblar y el aire vibra con furia enloquecida. El eco seco de cascos galopando destruye el silencio al tiempo que las lanzas y espadas penetran en las carnes desprevenidas y ajenas de mujeres, niños y viejos. El fuego devora la paja del techo de las chozas. Luego de apropiarse de vidas y alimentos, los atacantes reinician su marcha. Apenas han recorrido un corto trecho cuando divisan a los hombres del lof que regresan presurosos, los esperan con los arcabuces preparados. Cuando se ponen a tiro disparan, los mapuches caen, unos pocos huyen perseguidos por los españoles que, con certera saña, los aniquilan. La tierra ha quedado sembrada de despojos autóctonos, los europeos degüellan los cadáveres, cuelgan las cabezas en las ramas de los manzanos, descuartizan los cuerpos tiesos y queman los restos con artera crueldad. Luego de la matanza, marchan en busca del oro del Concanicagua.

Mientras observa un carruaje que se acerca lentamente, al jefe de los españoles lo invade una extraña sensación de soledad y angustia. El humo de la paja de las chozas incendiadas todavía le raspa la garganta. Una carreta de gran porte a la que se le ha adosado un dosel y cortinas se detiene frente a él. Sin que se le pregunte, el auriga anuncia en castellano:

«El que está en el interior del coche es Curiñanca, rey de todos los mapuches y viaja al Cusco en compañía de la Reina Perpetua de la Isla de los Silencios». Dicho esto, el cochero baja del pescante y descorre una cortina. En el interior, se ve a un anciano sentado en una silla mudéjar, lo acompaña una mujer pelirroja que mira como observando al vacío. Curiñanca saluda con un respetuoso gesto. El europeo responde con una seña y, sin desearlo ni poder controlar la situación, invita al nativo a descender. Una rara sensación lo invade. Justamente él, el invicto e invulnerable capitán español, vencedor de tantas batallas, ahora de cortesías con un indio al que debería someter con la espada y la cruz. El rey acepta la invitación del hombre blanco y ordena al auriga que descargue los elementos para armar una tienda. Éste obedece y monta un palio con corambre de guanaco bajo el cual despliega una mesa y dos sillas. Coloca un mantel, un botellón y dos vasos que en su fondo muestran la imagen de Cristo crucificado. Cuando todo está presentado, el cochero ayuda al monarca a descender, lo guía hasta la mesa y le indica que puede sentarse. El español se desploma en la otra silla. La mujer sigue mirando al vacío.

El auriga llena los vasos. Le entrega uno a Curiñanca, quien lo recibe, lo alza ofrendándolo a Ngünechen y dice en perfecto castellano:

«¡A su salud, caballero!»

«¡Hasta verte Cristo mío!», contesta el europeo, vaciando de un trago el vaso que tiene en su mano.

Después de que han bebido, el hombre blanco se dirige al indio:

«Su alteza, con el debido respeto, ¿podría decirme en dónde y cómo aprendió nuestra lengua?» El monarca responde:

«Ella nos la enseñó».

«¿Y hacia dónde se dirigen?», averigua el castellano.

«Vamos al Cusco en busca del remedio para el mal que la aqueja».

El hombre blanco que ha quedado mirando a la mujer con curiosidad, pregunta:

«¿Qué mal?»

«Sufre del mal de la tristeza» dice el mapuche.

«¿Y cómo es ese mal?» pregunta el español.

«Lo primero que uno siente es un irrefrenable deseo de estar solo, es el mal de la soledad», contesta Curiñanca.

El castellano mira nuevamente a la mujer que sigue impertérrita con la mirada clavada en el vacío.

«Ella es mi mujer» dice el autóctono. «Vino con unos españoles que llegaron por el Mar de la Muerte. La traían cautiva, acusada de brujería y su destino final era la cárcel del Callao. Se fugó cuando la tripulación bajó a tierra en busca de agua dulce y alimentos. Un día llegó a la tribu, hambrienta, flaca, con la piel pegada a los huesos y lastimada por las espinas. Pese a mis cuidados, le llevó dos lunas reestablecerse. Durante ese tiempo, vivimos amancebados, luego nos casamos. Vamos a la Ciudad del Inca para ver si allí pueden curarle el mal».

«¿Qué mal?» pregunta, el europeo.

«El que le conté, el mal de la tristeza. Cuando se llega al estado de soledad pura se sienten los primeros síntomas de la tristeza y uno se queda como mirando a la nada. Con el tiempo, el atacado se va internando en un estado de melancolía acongojada, hasta que queda triste para siempre y se muere de pena».

«Con el mayor de los respetos, majestad. ¿Por qué ninguno de los suyos lo acompaña?»

«Temen contagiarse».

«¿Y cómo se contagia uno?»

«Al respirar el humo que despide un yuyo andino. A ella le atacó el mal cuando se nos quemó la choza».

El español queda callado, mustio, en la soledad de su silencio. Se siente cansado, envejecido.

«Usted ¿adónde se dirige?» pregunta Curiñanca.

«Al Concanicagua» contesta el español.

«¿Va en busca de oro?»

El castellano, sorprendido, lo mira y pregunta:

«¿Cómo lo sabe?»

«Usted no es el primero, hace un tiempo vino un hombre sin orejas, buscaba una ciudad que le llamaba El Dorado. Murió ahogado al intentar cruzar el Bio Bio crecido. Ahórrese el viaje, esta tierra no tiene oro ni plata. Además, mi gente los espera para cobrarse la matanza del Río de la Luz.

Al escuchar la noticia, los pocos hombres que acompañan al invasor lo abandonan y vagan en círculo, como desorientados, sin rumbo. Pronto serán pasto de la venganza.

El castellano se siente viejo y agotado, con unas infinitas ganas de estar solo, mira fijo a la nada. Al rato sacude la cabeza y le pregunta al rey:                   

«Majestad, ¿me podría llevar?»

Llegado al Cusco el manchego vaga errático, mirando sin ver. Es detenido y puesto a disposición del Gobernador y Capitán de Justicia. Lo juzgan por los delitos cometidos en esa ciudad.

En una celda de la fortaleza del Cusco, el extenuado y vencido capitán español, se arrodilla para recibir la absolución del cura. Poco después entra el verdugo, sienta al reo en el banco del garrote vil y aplica al cuello el fatal tornillo que gira rápidamente introduciéndose en la humanidad del castellano. Y así, con sus ojos desorbitados, puestos en el más allá, muere el invasor en la triste oscuridad de un calabozo.