Por el chacho matthews

P’al viejo Lobo, artesano de narraciones mágicas y al pueblo de Tilcara que lo cobijó en su seno.

Como todas las mañanas, a eso de las diez, Lobo Lozano llegó a su puesto de artesano instalado bajo una araucaria de la plaza de Tilcara. Sobre la mesa de trabajo puso las herramientas, los cueros y una bolsita con restos de pan recogidos durante la cena. De los molles descendieron unos gorriones, Lobo les esparció algunas migas sobre el piso. Luego colocó unos trocitos sobre la mesa, se sentó y dio un fuerte chiflido. De la araucaria bajó un mirlo que se posó sobre la mesa y comenzó a caminar en círculos alrededor de la porción, picoteó el pan y se dejó acariciar por Lobo. Cuando las migas se terminaron, el mirlo y los gorriones regresaron a sus árboles y en eso apareció Dionisio Yujra.

-Hola Lobito -dijo y se sentó a la par del artesano.

-Hola, tenés cara de desvelao -dijo, el artesano.

-Es que vengo del velorio de Petronilo Vega, en Juella.

-Tas aveloriao, entonces. Dicen que se murió de olvido.

-Sí, venía del bautismo del nieto de Bernardo Tarifa, muy machao, y se olvidó del pozo que habían cavado al frente de su casa. Parece que el alma no se quería despegar porque como a eso de la tres la tierra se sacudió como una zaranda, el cajón se dio vuelta y el muertito quedó en el suelo, boca abajo

-Cuando se mueve como zaranda es la falla de Pocoyo, cuando ondula es de otra parte -sentenció Lobo- A mí también me sacudió y casi me tira de la cama. Las empanadas que había comido me daban vuelta por la panza y no me podía dormir, en eso vino el sacudón, después se quedó calmo, tan sólo se escuchaba el rumor del Wasamayo. Entonces se me dio por salir al patio, el cielo estaba muy azul y las estrellas relumbrantes. En ese preciso instante, mientras miraba las estrellas, clarito escuché el clac del Solsticio del Verano. Dionisio lo miró asombrado. Como tantas veces, Lobo lo sorprendía con una historia que, sin duda, repercutiría en la vida del pueblo.

-Esperá ya vuelvo -dijo, cruzó la calle y entró en la Intendencia. De allí vino en compañía del Diaguita Pérez.

-Che, Lobito: ¿cómo es eso del sonido que escuchaste anoche? -preguntó el Intendente.

-Que anoche escuché clarito el clac del Solsticio del Verano, serían como la tres y pico…

– ¿Y cuántos vinos te habías tomao?

-No, sodita nomás.

-Te pregunto porque podríamos convocar al pueblo aquí, en la plaza, para que todos puedan escuchar el sonido del próximo Solsticio del Invierno.

Un mes antes del evento, una comisión de comuneros de todos los parajes de la Municipalidad Indígena de Tilcara le solicitó al Intendente que armara tribunas y que asegurara la provisión de cigarrillos y coca para todos los presentes.

Llegado el 21 de junio, el pueblo se reunió en la plaza. A partir de las dos de la tarde se prohibió el tránsito de vehículos y el uso de cualquier artefacto ruidoso. Piquetes de la Corriente Clasista Combativa cortaron la ruta a la altura de Sumay Pacha y en el puente de Juella. Los turistas miraban con asombro la abigarrada y silenciosa multitud, intrigados preguntaban sobre los motivos de la congregación. Mayor fue la sorpresa cuando, luego del clac, solo percibido por los lugareños, éstos irrumpieron con aplausos y una fuerte aclamación, luego se abrazaron expresando buenos augurios y deseáronse felicidades. La banda de sikuris más grande del mundo estrenó el huayno Viva el Solsticio Hiemal e inauguró un nuevo festejo con música y baile que duró hasta el ocaso del día siguiente.

Durante la fiesta, en sesión extraordinaria, el Consejo Deliberante instauró oficialmente las celebraciones de los solsticios: del veinte al veintidós de junio para el Hiemal y del veinte al veintidós de diciembre para el Vernal. En solidaridad con el pueblo vecino, en asamblea plenaria realizada con las primeras luces de la mañana, los habitantes de Tilcara decidieron ceder los derechos sobre las fiestas de los equinoccios a la localidad de Maimara. Lobo pidió la palabra y aclaro que el sonido de los equinoccios era diferente al de los solsticios. Tan solo se los percibía por un leve clic.

A partir de ese día, los pobladores más curiosos e inquietos comenzaron a indagar sobre otros sonidos y premisas estelares. Así, Santos Pérez, observando la Cruz del Sur, lograba percibir las señales de la Pachamama que establecían las condiciones óptimas para la siembra. En el Perchel, Desiderio Cardozo, apantallando sus orejas, escuchaba muy atento cuando el silbo del Lucero del Alba determinaba el momento más favorable para el apareamiento de las chivas.

De esta manera, el pueblo fue descubriendo las señales del firmamento apropiadas para resolver el problema de la vida y cada tilcareño pudo predecir y planificar sus actividades. Ante esta realidad, la Municipalidad Indígena de Tilcara abolió el uso de almanaques y relojes y, en el mismo acto, prohibió en todo el ejido municipal el ingreso de esos elementos antinaturales que alteraban el buen vivir.