Por el chacho matthews

Pa’l Pueblo de Tilcara que cobijó a ese artesano de narraciones mágicas que fue el viejo Lobo. 

Nueve lunas después del Solsticio del Invierno, el viejo Lobo llegó a su púlpito de preste cósmico pasado el mediodía. Venía tranqueando lento desde la calle de la Sorpresa. Una multitud preocupada por su ausencia se había congregado en torno a su puesto de artesano, cuando le preguntaron sobre los motivos de su tardanza, miró a todos con fastidio y exclamó: «¡Bah, che!, ¿que uno no puede tener un encuentro con los ángeles?». Después de acomodar sus avíos, agregó: «Anoche después de la cena, me senté en el patio a fumar un cigarrito. En eso estaba cuando percibí un sutil aroma a vino. Entonces, vi unos ángeles de alas moradas revoloteando en la parra. Algunos sostenían un cáliz de plata potosina. Otros tomaban los racimos con sus alas y ordeñaban un zumo espeso de aroma dulzón que, al caer en el calículo, se transformaba en vino. Después de observarlos un rato, entre varios querubines soliviaron mi silla y me transportaron a una sala llena de barricas custodiadas por ninfas etéreas que danzaban revoleando awayos de luz. De ahí vengo»

Al escuchar el relato, Mario Arias, conocido por los lugareños como El Diablero (por sus tratos con el Diablo del Carnaval, según decían) interpretó la señal astral y propuso elaborar el primer vino de la Quebrada de Humahuaca. De inmediato se aprobó la moción. Cada habitante contribuyó con algún utensilio que pudiera servir para la elaboración. Emeregildo Domingo, un viejo enólogo oriundo de Cafayate, contribuiría con sus valiosos conocimientos atesorados a lo largo de muchos años. La Municipalidad aportó la madera y los cueros con lo que se construyeron los lagares.

La recolección comenzó de madrugada. Desde distintos lugares, en improvisadas gamelas, llegaba el preciado fruto hasta el puente del río Grande. Fuentones, palanganas, baldes, todo recipiente era útil. Sobre un carro tirado por mulas albinas, montaron una vieja bañera que algunos decían había pertenecido al Marqués de Yavi.

En la improvisada cisterna transportaban las uvas hasta la plaza. Los granos, durante el trayecto, misteriosamente tomaban el tamaño y la forma de huevos morados. «Eso es obra de los querubines», dijo Lobo. Los racimos se almacenaban a la sombra de la recova de la Municipalidad. De allí se distribuían en los círculos donde se desgranaban a mano.

La pisada comenzó cerca del mediodía al ritmo de la música interpretada por La banda de sikuris más grande del mundo. Hombres, mujeres y niños esperaban pacientemente su turno para chancar los purpúreos frutos. Los lagares, como grandes ubres, dejaban correr el jugo que luego era conducido por canaletas de cuero fabricadas para la ocasión y se volcaba en unas tinajas de barro cocido donadas por Haro Galli, quien había suspendido temporalmente el modelado de hombres y mujeres en posiciones del Kama-sutra.

El Diablero, feliz y teñido de cárdeno, era el encargado de distribuir el orujo de los lagares a los cántaros correspondientes. Terminada la tarea y con el mosto soñando su destino de vino, bailaron y cantaron canciones de esperanza. Debido al jolgorio de esa noche, entre el veinte y veintiuno de marzo, solo Lobo alcanzó a escuchar el clic del Equinoccio del Otoño.

Emeregildo Domingo y el pueblo velaron la crianza. Durante ese tiempo, Lobo contaba que, por las noches, veía a los querubines de alas moradas rondar por las barricas de roble que el meticuloso enólogo había traído de Cafayate y, en ocasiones, se lo podía ver hablándoles. En otras, preocupado, auscultándolos con su oreja pegada al roble. Cuando los toneles se afiebraban los refrigeraba con agua fresca del Wasamayo que el pueblo había almacenado para esos menesteres. Luego los arropaba con puyos de llama.

Transcurridas seis lunas, mediante un bando municipal se informó que, atendiendo a las indicaciones técnicas del enólogo encargado de la crianza y guarda del vino de la comunidad, se había dictado una ordenanza mediante la cual se decidía que al anochecer del día de la Primavera, se abrirían las barricas y se procedería a la degustación y posterior distribución del producto comunitario.

Llegada la fecha prevista y a consecuencia del gran empeño puesto por Emeregildo en las pruebas del producto, la Municipalidad tuvo que posponer el acto para el día siguiente, a fin de que el enólogo pudiera librarse de la resaca.

Con las últimas luces de la tarde, comenzó a llegar la gente. Corría una breve brisa. La Wipalla y la bandera argentina flameaban como acariciándose. Cuando el cerro Cono ocultó el Sol, el cura bendijo las barricas y, de inmediato, el Diaguita Pérez como intendente y por decisión unánime del pueblo rompió el primer espiche. El vino comenzó a despertar de su sueño y a liberar los duendes de su aroma. Una fragancia a yacón maduro con un dejo a semilla de molle y final de cuero, se expandió por toda la plaza.

El designado para realizar la primera cata fue El Diablero. En una mesa montada sobre un entarimado, Lobo puso el cáliz de cristal aportado por el cura para la ocasión y escanció el vino. El catador lo hizo girar, aspiró y frunció el ceño de la memoria, luego miró la luz teñida de rubí que salía de la copa, la llevó a sus labios y la preciada poción fluyó por sus papilas alertas. La fue paseando por cada zona de su boca, al final la tragó incorporándola a cada molécula de su cuerpo y del alma.

El silencio en el pueblo era total, tan sólo se escuchaba el redoblar de las colas de los perros que golpeaban el entarimado. El Diablero se tomó su tiempo, quedó como pensativo un rato. Los perros detuvieron el vaivén de sus colas. El silencio era absoluto. El catador dejó la copa sobre la mesa y, ceremonioso, dijo: «Está muy bueno».

La ovación del pueblo se multiplicó desde la Cuesta de Bárcena hasta la Quebrada de Tres Cruces, saltaron los espiches y entre los ¡Viva Emeregildo!, el primer vino de la Quebrada de Humahuaca comenzó a correr por las arenosas gargantas de los protagonistas de ese milagro. La banda de sikuris más grande del mundo estrenó el carnavalito “Venga a Tilcara a lubricarse el alma” y el baile se instauró de inmediato. A las seis y cincuenta y dos de la madrugada, antes de desplomarse en un banco de la plaza, Lobo alcanzó a decir: «Clarito escuché el clic del Equinoccio de Primavera».